Ada Balcácer: cuando el arte aprende a pintar con el alma
La madrugada de este jueves 25 de diciembre de 2025, en la ciudad de Miami, se apagó una de las luces más hondas y persistentes del arte dominicano. Ada Balcácer, maestra del color, de la luz y de la resistencia silenciosa, partió a los 95 años dejando detrás una obra que no se mira: se siente.
Nacida en Santo Domingo el 16 de junio de 1930, Ada Balcácer creció entre campo, silencio y naturaleza. Su sueño inicial no era el arte, sino la medicina. Pero la vida —esa gran escultora de destinos— la obligó a girar el rumbo de forma brutal: un accidente de equitación, una herida que no sanó, la gangrena, la amputación de un brazo. Donde otros habrían visto el final, ella encontró un principio.
La historia del arte latinoamericano la recordará como una de las dos figuras mancas más emblemáticas, junto al muralista mexicano José Clemente Orozco. Pero reducir a Ada a la tragedia sería injusto: su grandeza no fue vencer la ausencia de un brazo, sino convertir esa ausencia en lenguaje.
Como Clara Ledesma, Balcácer se formó durante cuatro años en la Escuela Nacional de Artes Visuales de Santo Domingo, en un momento histórico donde el país recibía a maestros europeos marcados por la guerra y el exilio. Entre sus formadores estuvieron el español Josep Gausachs y figuras esenciales del arte dominicano como Celeste Woss y Gil, Manolo Pascual, Gilberto Hernández Ortega y Luichy Martínez Richiez.
Allí aprendió disciplina, composición, rigor… pero también algo más profundo: el arte como refugio frente al autoritarismo, la censura y el miedo.
En 1951 emigró a Estados Unidos. Vivió doce años en Nueva York y estudió en la Art Students League, absorbiendo corrientes, técnicas y libertades. Cuando regresó a República Dominicana, lo hizo con una voz propia, madura, distinta.
Fue profesora de Grabado en la Escuela de Bellas Artes y docente de Dibujo en la Facultad de Arquitectura de la UASD, sembrando generaciones. Participó en la Primera Bienal Hispanoamericana de Arte en Madrid, llevando el pulso dominicano más allá del Caribe.
En los convulsos años sesenta, cuando el país hervía política y socialmente, Ada eligió la abstracción. No como evasión, sino como estrategia poética. El color decía lo que la palabra no podía. La forma insinuaba lo que el discurso censurado callaba.
En 1972 fue parte del movimiento “Nueva Imagen”, donde su pintura adquirió una vibración espiritual: colores cálidos, composiciones rituales, superficies que parecían respirar. Su obra no gritaba; susurraba verdades.
En 2011, el Centro Cultural Eduardo León Jimenes le dedicó la gran retrospectiva “Alas y raíces”, celebrando seis décadas de creación. El título no pudo ser más justo: Ada voló lejos, pero nunca soltó la tierra.
Además, usó sus conocimientos de marketing para algo poco contado pero profundamente coherente con su ética: ayudar a mujeres artesanas a vender y valorar su trabajo, dignificando el arte popular como economía y como identidad.
La noticia de su fallecimiento fue confirmada por Joel Gonell, presidente del Colegio Dominicano de Artistas Plásticos (CODAP), y recorrió el país como un suspiro largo, de esos que solo provoca la partida de quienes ya eran parte del alma colectiva.
Ada Balcácer no pintó cuadros: creó espacios espirituales. Su obra celebra la luz, la fe, la textura del ser humano y la resiliencia sin estridencias. Hoy el mundo cultural pierde una presencia física, pero gana una certeza: su legado es indeleble.
Porque hay artistas que mueren.
Y hay otras, como Ada, que se quedan viviendo en el color.
–Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre–
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