Crónica de un país que aprendió a repartir sin hacer ruido
Si el país había pasado 31 años aprendiendo a obedecer al dueño absoluto, la llegada de Balaguer no trajo un cambio de filosofía, sino un cambio de estilo. De la brutalidad del “Jefe” se pasó a la sutileza del “Doctor”, que sabía que gobernar no era solo mandar: era administrar silencios, ordenar complicidades y mantener contentos a los que de verdad movían las piezas.
Cuando Balaguer regresó al poder en 1966, el Estado dominicano era un almacén a medio abrir. Había empresas por todas partes, edificios sin papeles, tierras sin linderos y un puñado de instituciones tratando de demostrar que podían manejar un patrimonio que ni siquiera sabían medir. CORDE era un gigante torpe, heredero de un imperio que no pidió, y el CEA apenas podía recordar cuántas tareas tenía, dónde estaban, y quién las ocupaba realmente. En el fondo, todo el mundo intuía que el país era un rompecabezas armado al revés.
Balaguer, sin embargo, entendía perfectamente ese desorden. No necesitaba inventarios porque había vivido los años de Trujillo desde la primera fila. Sabía qué fábrica producía de verdad y cuál solo existía para justificar nombramientos; sabía qué ingenio era rentable y cuál estaba sostenido por pura nostalgia estatal; sabía dónde había azúcar, y dónde solo quedaban las cenizas del viejo poder. Con esa información silenciosa, comenzó a tejer la etapa más delicada del reparto del patrimonio público.
No repartió con estridencia, sino con elegancia. No entregó propiedades, entregó influencias. No dio títulos, dio oportunidades. El reparto elegante es así: nunca se anuncia, nunca se firma en voz alta, nunca deja huellas profundas, pero al final todos saben quién salió ganando. Un ingenio administrado por un “hombre de confianza” dejaba de ser propiedad estatal sin dejar de serlo oficialmente. Una finca “en préstamo” pasaba a manos de un aliado que, con el tiempo, se convertía en dueño moral del terreno. Una fábrica medio muerta era revivida por alguien que, en el proceso, se quedaba con el corazón de la empresa.
Balaguer gobernaba con un lápiz fino. Trazaba líneas donde antes había machetes. Su estilo no era el del reparto violento, sino el de la redistribución paciente. Si Trujillo había gobernado como un dueño, Balaguer gobernaba como un contador que sabe qué columna conviene inflar y cuál conviene borrar. Y mientras el país discutía puentes, carreteras y discursos, en el subsuelo del poder se reorganizaba la economía dominicana.
En esos años nacieron empresarios que aparecieron sin escándalo, casi sin biografía previa. Surgieron fortunas que nunca pasaron por loterías, subsidios ni herencias. Simplemente brotaron. Había hombres que llegaban a la capital en un guagua y, décadas después, tenían mansiones, fábricas y empresas que alguna vez fueron parte de aquel museo económico del trujillato. No hubo magia: hubo orden, discreción y conveniencia.
El país comenzó a funcionar bajo una lógica tácita: lo estatal podía ser administrado por otros, siempre y cuando esos “otros” garantizaran estabilidad. Había ingenios que operaban más como fortalezas políticas que como industrias azucareras. Había tierras del CEA que servían más para tejer alianzas que para sembrar caña o criar ganado. Había fábricas que seguían abiertas porque cerrarlas habría sido peor que mantenerlas respirando artificialmente.
La verdadera gracia del reparto elegante es que nadie podía señalarlo. No había decretos incendiarios ni privatizaciones estruendosas. No había ventas públicas ni discursos grandilocuentes. Lo que había era un país que, poco a poco, dejaba de ser empresario y se convertía en patrocinador de empresarios. Y todo con una calma digna de cirugía mayor.
Para cuando Balaguer dejó el poder en 1978, el inventario estatal ya no era un inventario: era un recuerdo. Lo que en los años 60 había llegado al Estado como un botín gigantesco —a veces inmanejable, a veces incómodo— se había ido diluyendo en manos privadas a través de un proceso que nunca se llamó privatización… porque no necesitó llamarse así.
El país entraba en una nueva era: la de las “propiedades que antes eran del Estado”, frase que se repetía con nostalgia, con desconcierto o con resignación. Balaguer no robó nada: simplemente permitió que el país se reorganizara. Y en esa reorganización, muchos encontraron su lugar… y otros perdieron el suyo.
El reparto había sido tan elegante que pocos lo notaron. Pero sus efectos se sienten hasta hoy.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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