¿Tregua por amor al libre comercio, o pausa estratégica?
Por Luis Rodríguez Salcedo
Estados Unidos y China han decidido soltar el gatillo comercial por 90 días, bajando sus pesados aranceles mutuos (del 145% al 30% por parte de EE.UU., y del 125% al 10% por parte de China). El anuncio llega tras una cumbre en Suiza, marcada más por la necesidad que por el amor. La tregua comienza el 14 de mayo y apunta a evitar una recesión global y una ruptura total del comercio entre los dos gigantes.
Este acuerdo es una mezcla de show mediático, presión estratégica y cálculo electoral, al más puro estilo Trump. Primero, impuso tarifas tan desproporcionadas que parecían diseñadas más para negociar desde una posición de fuerza que para proteger a los agricultores de Iowa. Segundo, cuando los mercados comenzaron a sudar frío y los puertos se quedaron sin barcos chinos, la «táctica del caos» surtió efecto: China volvió a la mesa, preocupada por sus fábricas paradas y el desempleo en aumento.
Trump logró dos cosas que le encantan: aparentar dureza frente a Pekín mientras crea un escenario donde él aparece como el pacificador del caos que él mismo causó. De paso, mete presión adicional por el fentanilo, como quien lanza una piedra más en el plato de negociaciones, sabiendo que puede cambiarla por otra concesión más adelante.
China, pragmática, bajó el tono, sabiendo que no está en posición de perder al cliente más grande del mundo. Pero no hay que engañarse: en Beijing toman nota y están acelerando planes para depender menos del mercado estadounidense.
En resumen, esto no es una tregua por amor al libre comercio. Es una pausa estratégica donde ambos bandos reagrupan sus fichas, pero especialmente útil para Trump, que puede vender el acuerdo como una victoria temporal y mostrar que, bajo su mando, el comercio internacional es una mezcla de reality show y tablero de ajedrez.

