Por : Rafael Portorreal M.
A veces uno se pregunta por qué un presidente miente a su pueblo. O, peor aún, si es que lo rodean personas que lo inducen a mentir, a construir una burbuja de números y porcentajes que se derrumba ante la realidad cotidiana.
El caso reciente del presidente Luis Abinader es un ejemplo de esa desconexión entre el discurso oficial y la vida real del ciudadano común. Con aire triunfal, el mandatario afirmó que la pobreza en la República Dominicana descendió de un 25.8% a un 19%. Una cifra que, de ser cierta, colocaría al país en un salto histórico en materia social. Pero los datos de organismos y medios internacionales presentan una historia distinta.
Según el informe de Borgen Magazine (Pensilvania), el 22.8% de la población dominicana vive en situación de pobreza, y un tercio de los hogares no tiene acceso a una dieta nutritiva. Esta información contradice frontalmente las declaraciones oficiales. ¿A quién debemos creerle? ¿A las estadísticas gubernamentales, tan maleables al interés político, o a la experiencia del pueblo que siente cada día el peso del encarecimiento, el desempleo y la falta de oportunidades reales?
El dominicano de a pie no necesita que le hablen de porcentajes: lo vive. Lo ve en el mercado, en el colmado, en el hospital sin medicinas, en la escuela pública con maestros desmotivados, en los apagones que todavía son parte del paisaje nacional. Hablar de que 400 mil personas han salido de la pobreza cuando los servicios básicos siguen deteriorados y el costo de la vida sube sin freno es, cuando menos, un acto de irresponsabilidad política.
La verdad es que el país enfrenta problemas estructurales graves: un sistema de salud débil, una educación que no despega, una crisis migratoria sin control, y una energía eléctrica que sigue siendo cara e ineficiente. Todo esto se traduce en una realidad donde la pobreza no se mide solo por ingresos, sino por la ausencia de bienestar y de esperanza.
Por eso resulta ofensivo que se maquillen las cifras para vender una ilusión de progreso. Porque cuando se manipula la verdad, se falta al respeto a un pueblo que merece transparencia, no propaganda. La política no puede reducirse a una competencia de quién presenta el gráfico más bonito o el informe más complaciente.
La confianza de una nación no se gana con discursos optimistas, sino con hechos concretos. Y cuando un gobierno convierte la estadística en cortina de humo, termina perdiendo lo más valioso que puede tener un líder: la credibilidad.

