11 de Septiembre: De las Torres Gemelas a las torres de Babel geopolíticas
El humo sigue, solo cambió de dirección
Hace 24 años, el cielo de Nueva York se llenó de cenizas y escombros. Hoy, el planeta entero parece vivir bajo ese mismo humo: denso, confuso y con demasiados pilotos creyéndose dueños del timón.
El atentado del 11 de septiembre de 2001 no solo derribó edificios: inauguró una era de guerras preventivas, “patriot acts” con olor a Gran Hermano y la idea de que la seguridad valía más que la libertad. La receta se exportó como hamburguesa en combo: Afganistán, Irak, Guantánamo… y un largo etcétera que todavía pasa factura.
2025: la franquicia interminable
Hoy, mientras algunos siguen colocando flores en la Zona Cero, el mundo ofrece su propio catálogo de incendios:
Ucrania: un tablero donde los tanques parecen fichas de ajedrez y los discursos huelen más a pólvora que a diplomacia.
Polonia: jugando a la bisagra entre OTAN y Moscú, pero con los nervios al borde de la guerra total.
Rusia: Putin sonríe con cara de póker, mientras Occidente sube las sanciones y baja el optimismo.
Venezuela: Maduro y Diosdado, que aprendieron bien la lección post-11S: cuando te acusan de todo, es mejor adelantarse y acusar primero.
Estados Unidos: Trump de regreso, con Charlie Kirk de corista ideológico, jurando que esta vez la “libertad” se defiende a cañonazos si hace falta.
Ironías que queman
El 11 de septiembre se usó para justificar guerras “contra el mal”. Dos décadas después, los mismos actores —y algunos aprendices de brujo— hablan de “defender la democracia” mientras se reparten sanciones, flotas navales y tarifas arancelarias como si fueran caramelos en Halloween.
El terrorismo cambió de pasaporte: ya no necesita aviones secuestrados; basta con algoritmos, bloqueos financieros y propaganda digital. Si en 2001 el enemigo era invisible, en 2025 es ubicuo: está en TikTok, en las urnas, en los bancos y en las fronteras.
Recordar el 11S es mirar una herida abierta. Pero también es preguntarse cuánto de aquella “guerra contra el terror” no terminó siendo una guerra contra nosotros mismos: derechos limitados, discursos envenenados, sociedades polarizadas.
Hoy, el aniversario suena menos a homenaje solemne y más a alarma mundial: no sabemos si temerle más a los drones, a los presidentes mesiánicos o a los banqueros centrales.
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