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Desde el margen del tablero

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Por Felix A. Jimenez de Lora

Desde el margen del tablero

Hay épocas en las que el mundo parece perder toda proporción. Los conflictos dejan de ser simples enfrentamientos entre intereses opuestos y se convierten en escenarios donde las pasiones, los resentimientos y las lealtades automáticas sustituyen al juicio. En medio de ese clima, reaparece con fuerza una vieja fórmula que muchos repiten con ligereza: «el enemigo de mi enemigo es mi amigo».

Confieso que observo esta formula con creciente inquietud. No tanto por su antigüedad, sino por la facilidad con que sigue siendo aceptada sin examen, como si resumiera una sabiduría política incontestable. Y, sin embargo, casi siempre encierra una peligrosa renuncia al pensamiento. Quien la adopta demasiado rápido suele dejar de preguntarse quién es en realidad ese supuesto amigo, cuáles son sus métodos, qué valores encarna y qué precio puede traer consigo su victoria.

Es precisamente desde esa inquietud que prefiero situarme en el margen del tablero. No escribo para defender a uno u otro contendiente, ni para ofrecer aplausos ideológicos a quienes hoy concentran la simpatía o el rechazo de tantos. Escribo desde la posición, acaso más incómoda pero también más necesaria, del observador que intenta entender sin someterse a la euforia del momento. No se trata de indiferencia. Se trata, más bien, de una forma de prudencia intelectual y moral.

Desde ese lugar, lo que más llama la atención no es solo la violencia de los hechos, sino la alegría con que algunos reaccionan ante la aparente humillación de aquel a quien consideran su enemigo. No importa que no haya derrota definitiva, ni que el episodio sea apenas un movimiento transitorio en una partida mayor. Basta con la sensación de ver herido al adversario para que surjan celebraciones, entusiasmos y justificaciones que revelan hasta qué punto la pasión puede imponerse sobre la reflexión.

Yo mismo observo con severo criticismo las acciones del poder imperial que durante tanto tiempo ha proyectado su sombra sobre extensas regiones del mundo. Pero esa mirada crítica no me obliga a absolver, por contraste, las barbaridades de la teocracia iraní ni los excesos del sionismo israelí. La honestidad del observador consiste justamente en no permitir que el rechazo a un actor lo vuelva ciego frente a los abusos del otro. De lo contrario, ya no se piensa: simplemente se reemplaza una parcialidad por otra.

El problema de nuestro tiempo no es solo la existencia de conflictos atroces, sino la creciente incapacidad para contemplarlos sin caer inmediatamente en trincheras emocionales. Todo parece exigir adhesiones inmediatas, entusiasmos instantáneos y condenas automáticas. Se nos empuja a elegir bando antes de comprender el alcance de lo que ocurre. Y así, la complejidad desaparece bajo el peso de consignas que reducen dramas humanos y geopolíticos de enorme profundidad a una disputa simplificada entre buenos absolutos y malos absolutos.

Lo verdaderamente grave es que quienes celebran con tanta ligereza el éxito de uno u otro combatiente suelen olvidar —si es que alguna vez lo consideraron de verdad— las consecuencias de aquello que festejan. Ninguna humillación internacional, ninguna escalada militar, ninguna victoria aparente queda encerrada en sí misma. Todo conflicto deja ondas expansivas: políticas, económicas, morales, culturales. A la larga, todos terminamos viviendo bajo sus efectos, aunque nos hayamos creído espectadores lejanos.

Y, sin embargo, espectadores es precisamente lo que somos en gran medida. No decidimos las estrategias de las potencias, no movemos las piezas mayores, no definimos las doctrinas que alimentan estos choques. Pero tampoco permanecemos intactos. Somos espectadores, sí, aunque también víctimas indirectas de una época que parece haber normalizado el fanatismo, el simplismo y la incapacidad de mirar al ser humano sin convertirlo antes en bandera.

Por eso prefiero observar desde el costado. No para evadir el drama, sino para no dejarme absorber por él hasta perder el juicio. No para proclamar neutralidades vacías, sino para defender el derecho —y quizás el deber— de mirar con distancia crítica una realidad que otros solo saben consumir como espectáculo o interpretar como dogma.

Tal vez esa sea una de las pocas tareas honestas que todavía le quedan al observador: intentar encontrar sentido en la locura sin rendirse a ella. Mirar de frente el desorden del mundo y, aun así, negarse a confundir comprensión con adhesión, lucidez con entusiasmo, o conciencia con aplauso.

Porque si algo nos está revelando este tiempo feroz, no es únicamente quién combate contra quién, sino algo quizá más perturbador: la facilidad con que el ser humano, cuando se deja dominar por sus pasiones, puede convertir la tragedia en celebración y la ceguera en convicción.

Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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