El pasado domingo 23 de marzo de 2025, Ecuador fue testigo de un espectáculo que, más que debate presidencial, pareció una pelea de patio escolar con micrófono. Daniel Noboa, el mandatario en busca de la reelección, y Luisa González, la abanderada del correísmo, se enfrentaron en un ring verbal donde los golpes bajos y las acusaciones fueron los verdaderos protagonistas. Analistas, con esa mezcla de resignación y sarcasmo que ya es marca nacional, coincidieron en que las propuestas brillaron por su ausencia, mientras el crimen, la economía y la corrupción —esos tres jinetes del apocalipsis ecuatoriano— fueron usados más como armas arrojadizas que como problemas a resolver.
Empecemos con el crimen, ese tema que tiene a los ecuatorianos mirando bajo la cama antes de dormir. Noboa, con la serenidad de quien ya tiene el sillón presidencial calentito, presumió de una supuesta reducción del 16% en homicidios en 2024, como si un leve respiro en medio de una masacre fuera motivo de aplauso. Claro, no explicó cómo planea mantener esa tendencia en un país donde las bandas parecen tener más control que el propio gobierno. González, por su parte, sacó la carta de la «mano dura» —tan original— y prometió militarizar puertos y fronteras, como si el problema se resolviera con más uniformes y menos neuronas. ¿Planes concretos? Ni rastros. Solo críticas al Plan Fénix de Noboa, que según ella es un fiasco, pero sin ofrecer una alternativa que no suene a déjà vu correísta.
En el terreno económico, el debate fue un desfile de promesas tan vagas que podrían salir en un horóscopo. Noboa habló de un crecimiento del 4% y tratados comerciales como si fueran la varita mágica que sacará a Ecuador del pozo, mientras acusaba a González de espantar a los mercados con su sombra correísta —»Luisa te desdolariza», repitió, como si fuera un eslogan de campaña pegajoso pero sin sustancia—. González, en respuesta, juró no subir impuestos y repartir créditos baratos, todo financiado con una «inversión pública eficiente» que suena tan real como un unicornio en los Andes. ¿De dónde saldrá la plata? Misterio. Pero eso sí, ambos se acusaron de tener bolsillos familiares llenos de intereses turbios, con Noboa defendiendo a su clan y González esquivando preguntas sobre los fantasmas de la Revolución Ciudadana.
Y luego está la corrupción, el deporte nacional que ningún candidato parece querer erradicar de verdad. Aquí el intercambio fue digno de una telenovela: González señaló a Noboa con casos como «Petronoboa» y contratos dudosos, mientras él contraatacaba con los nombres de Correa y Glas como si fueran el dúo dinámico del despilfarro. «Fanesca de acusaciones», llamó Noboa a las intervenciones de su rival, y no le falta razón: un revoltijo de señalamientos sin pruebas ni soluciones. ¿Propuestas para limpiar el sistema? Apenas un eco lejano entre los gritos de «mentiroso» y «corrupto» que se lanzaron como confeti.
Con ironía, uno podría decir que este debate fue un reflejo perfecto del Ecuador actual: mucho ruido, poca claridad y una violencia —física y verbal— que no da tregua. Noboa y González se dedicaron a pintarse como el menor de dos males, pero ninguno logró convencer de que tiene el mapa para salir del laberinto. Mientras tanto, los ecuatorianos, atrapados entre la esperanza y el escepticismo, se preguntan si el 13 de abril votarán por un salvador o solo por el que grite más fuerte. Suspenso y sarcasmo aparte, el verdadero ganador del domingo fue el desencanto.
LRS