EDITORIAL
Carlos Márquez /
En Washington se habla de impeachment, pero los instrumentos musicales del Congreso tocan otra cosa, que no tiene que ver con juicio politico.
Allí, suenan cálculos, miedo a las consecuencias y una sorprendente resignación ante la concentración del poder presidencial.
El intento más reciente para llevar a Donald Trump a un nuevo juicio político fue archivado con 344 votos, incluyendo 128 demócratas que se sumaron a la idea del no juicio político.
El mensaje fue claro. La posibilidad constitucional es cierta, pero la voluntad política no existía en el Capitolio.
En palabras del constitucionalista Michael Gerhardt, si lo denunciado “no es impeachable, entonces nada lo es”. Y es precisamente ahí donde la democracia estadounidense revela su punto débil.
El instrumento o, lo que es lo mismo, la herramienta está ahí, pero quienes deben usarla prefieren no hacerlo.
No por falta de preocupación, sino por la idea matemática de que el Senado –en manos republicanas– jamás aprobaría una condena.
Mientras tanto, analistas con trayectoria internacional advierten del rumbo peligroso de este proceso.
Warren Buffett, desde la lógica económica, ha criticado que Trump utilice el comercio como “arma diplomática”, arriesgando alianzas, estabilidad y crecimiento global.
Jeffrey Sachs va aún más lejos: sostiene que el problema no es solo el presidente, sino un sistema político capturado por el dinero, el lobby y la incapacidad de los contrapesos institucionales para frenar los abusos del Ejecutivo.
Académicos como Amanda Hollis-Brusky y Peter Shane señalan que la llamada “teoría del Ejecutivo unitario” –que otorga al presidente un control casi total sobre la rama ejecutiva– ha terminado por amputar la función de supervisión del Congreso.
En tanto, la politóloga Kim Lane Scheppele lo resume con una advertencia que debería ponerse en mayúsculas; cuando el Parlamento renuncia a contener al presidente, los autoritarismos no nacen con tanques… sino con discursos, decretos y aplausos.
Frente a ese cuadro, el impeachment –aunque no prospere– conserva un valor simbólico enorme.
Teclalibre Multimedios entiende que, por lo menos el intento de Impeachment sirve para recordarle a los estadounidenses que el poder tiene límites o, que debería tenerlo.
Entendemos que, el Congreso no está obligado a destituir; pero sí está moralmente obligado a demostrar que todavía tiene pulso.
A partir de los números y pese al gran impacto y expectativa que ha creado la decisión de dar a conocer los papeles del pedófilo Jeffrey Epstein es probable que Donald Trump cumpla el primer aniversario de su segunda gestión gubernamental, sin que el congreso materialice un nuevo juicio político en su contra.
Sin embargo, Teclalibre cree que el gran trance y trasfondo de la presente y difícil coyuntura política que vive la gran nación estadounidense, no se limita a desentrañar la peligrosidad autoritaria de la naturaleza del mandatario actual, sino del futuro y la proyección del sistema capitalista en sí.
Y como es natural, desentrañar la proyección de la preservación de la institucionalidad democrática y centenaria que ha venido enarbolando.
De ahí que, si el Congreso no actúa, si la sociedad civil se acomoda y si la prensa baja la guardia, entonces el problema central no será un presidente fuerte… sino un Estado débil.
Y en ese caso, Trump pasaría. Pero la fractura institucional se quedaría.
Y ese, en términos históricos, sería el costo más alto que Estados Unidos habría pagado.
@Carlos5Marquez
teclalibremutimedios@gmail.com

