-Trump, Putin y el “guiño” estratégico: ¿romper el eje Moscú–Pekín para golpear a China?-
El expresidente de EE.UU. busca un acercamiento táctico con Rusia mientras redobla la presión económica contra Pekín. La cumbre del 15 de agosto en Alaska podría ser más que una negociación sobre Ucrania, una maniobra geopolítica para desactivar la alianza sino-rusa y concentrar fuego contra el verdadero rival de Washington.
Por Redacción TeclaLibre
¿Existe el “guiño” a Moscú? Sí. La reunión Trump–Putin en Alaska, prevista para este viernes, no solo pretende discutir la guerra en Ucrania sino explorar “opciones” de cese, con ideas como canjes territoriales que ya levantan rechazo en Kiev y en las capitales europeas. Más que un pacto duradero, parece un acercamiento táctico para “probar” una salida rápida.
En paralelo, la Casa Blanca de Trump 2.0 ha colocado a China como rival sistémico. Ha decretado un arancel general del 10% a las importaciones, amenaza con nuevos paquetes punitivos y mantiene una retórica de “acuerdo duro” que encarece el comercio con Pekín. En este contexto, un deshielo relativo con Rusia restaría oxígeno a la entente sino-rusa.
Think tanks -centros de pensamiento- estadounidenses comparan la jugada con la diplomacia de Nixon en la Guerra Fría, que usó a China para presionar a la URSS. Pero el contexto actual es muy distinto: hoy Moscú depende de Pekín en lo económico, energético y tecnológico, y comparte con él intereses anti-occidentales. Traducido: Rusia podría “jugar” con Washington para mejorar su posición, sin romper realmente con China.
Washington busca, poner Ucrania en pausa: congelar líneas de combate, reducir gasto y enfocar recursos en el Indo-Pacífico, trasladando más responsabilidad a Europa y la OTAN. Triangulación geopolítica: minimizar la coordinación Rusia–China en energía, armamento y diplomacia. Y estabilidad en commodities: menor volatilidad energética si baja la intensidad bélica en Europa del Este, con beneficios macro y electorales.
Moscú quiere, cese con premio: legitimar avances territoriales recientes antes de la cumbre. Alivio de sanciones y acceso a mercados/tecnología por grietas occidentales, y usar el coqueteo con EE.UU. para mejorar términos con China en gas y comercio.
China, que ve la jugada como un intento de “desacoplar” la alianza sino-rusa, responde endureciendo su postura comercial y reforzando su narrativa contra el “chantaje” estadounidense, pero mantendrá el apoyo a Moscú mientras le reporte beneficios estratégicos.
Kiev y varios líderes europeos rechazan de plano cualquier concesión territorial, temiendo un “Minsk 3” que premie la agresión y debilite la arquitectura de seguridad continental. El último paquete para Ucrania ya apunta a que los europeos asuman la mayor parte de la carga.
Los aranceles anti-China consolidan el mensaje de “enemigo principal” pero tensan relaciones con aliados asiáticos y pueden encarecer insumos para la industria estadounidense. Si el acercamiento a Moscú fracasa, EE.UU. podría enfrentarse al peor de los escenarios: un frente europeo debilitado y una guerra arancelaria abierta con China.
Señales a vigilar:
Lenguaje final de la declaración de Alaska: ¿líneas concretas o solo principios?; Ritmo de la ofensiva rusa antes y después de la cumbre; Ajustes en sanciones o licencias sectoriales; Contramedidas chinas y gestos hacia Moscú; Compromisos de la OTAN y grado de “europeización” del apoyo a Kiev.
Conclusión TeclaLibre: Trump parece testar un deshielo instrumental con Moscú para concentrar la artillería geoeconómica contra China. Pero la física del eje sino-ruso, con dependencias forjadas desde 2022, hace muy costoso romperlo. Lo más probable: Moscú amaga para mejorar su posición; Pekín observa sin romper; Europa y Ucrania presionan; y Washington mide si el dividendo anti-China compensa los costos políticos y de seguridad. El “guiño” existe; la “conquista”, hoy, no cierra.
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