-Por Emilia Pereyra-
Desde finales de siglo pasado, la política latinoamericana ha visto surgir liderazgos que se presentan como anomalías del sistema.
Son figuras que prometen reventar las viejas estructuras y refundar la nación. Aunque provienen de espectros ideológicos opuestos, comparten un patrón idéntico para consolidar su hegemonía.
El primer rasgo es la demolición de las formas y el teatro de la cercanía. El líder «atípico» entiende la investidura tradicional como un obstáculo entre él y las masas.
Casos como el de Nayib Bukele en El Salvador, que gobierna mediante transmisiones de X o usando gorra invertida en escenarios formales; Javier Milei en Argentina, que empuña una motosierra en actos públicos o los maratónicos programas de televisión instaurados por Hugo Chávez, con Aló Presidente, demuestran cómo la puesta en escena y la comunicación directa sustituyen los canales formales y la rendición de cuentas.
A esto se suma el atajo plebiscitario contra los contrapesos. Con el argumento de que el parlamento o los tribunales son trabas impuestas por élites corruptas, estos mandatarios recurren a consultas y reformas extraordinarias para eludir el control republicano. Se observó en la disolución del Congreso impulsada por Alberto Fujimori en Perú en 1992, en los procesos constituyentes originarios promovidos por Hugo Chávez (1999) y Rafael Correa en Ecuador (2007-2008) para subordinar a los poderes legislativos tradicionales, o en la irrupción militar en la Asamblea Legislativa salvadoreña en febrero de 2020 para presionar la aprobación de fondos de seguridad.
La polarización que fomentan estos caudillos opera como combustible permanente. Para sostenerse en el tiempo, el relato necesita enemigos existenciales. En la narrativa oficial no existen adversarios democráticos. Existe «la casta vil y chupasangre». En paralelo, el hostigamiento a la prensa crítica y la descalificación de los organismos de control clausuran el debate público y transforman la gestión estatal en una trinchera de lealtades absolutas.
El fenómeno no es nuevo ni ajeno a nuestra historia compartida. Ha cambiado el disfraz. El caudillismo atípico suele ser la reedición contemporánea del viejo personalismo autoritario, adaptado a los códigos de la era de la inmediatez y los algoritmos.
@EmiliaPereyra

