Por Ramon Espinola
EDUCANDO
Por el trillo de la intrahistoria
IRÁN: TIERRA DEL IMPERIO PERSA Y HOY DE LOS AYATOLÁS

(Los ayatolás creen en la guerra contra los impíos; lo curioso es que, cuando llegaron al poder, destruyeron, torturaron y asesinaron precisamente a comunistas y progresistas. Hoy, sin embargo, son esos mismos “progres” quienes salen a defender a sus antiguos verdugos. ¿Será masoquismo ideológico o simplemente un odio tan visceral hacia Estados Unidos que les hace perder la brújula moral?)
El pueblo persa —antiguo, complejo y lleno de paradojas— existe desde tiempos que se pierden en la bruma de la historia.
No es una nación improvisada ni una cultura nacida ayer.
Sus raíces se hunden profundamente en el suelo de la meseta iraní, donde los pueblos indoeuropeos, conocidos como arios, se asentaron entre el 2000 y el 1500 antes de nuestra era. De aquella fusión de tribus, lenguas y creencias surgiría con el tiempo la civilización persa, una de las más influyentes del mundo antiguo.
Los persas —o farsis— se establecieron en la vasta región comprendida entre los ríos Éufrates y Tigris, donde desarrollaron su lengua, su cultura y una tradición política que nada tenía que ver con el mundo árabe que siglos después dominaría la región.
Persia fue imperio cuando Europa aún balbuceaba su historia: Ciro el Grande, Darío y Jerjes gobernaron territorios inmensos cuando en Occidente apenas se levantaban ciudades.
Pero la historia, caprichosa y cruel, suele disfrutar derribando aquello que durante siglos pareció inmutable.
Y así llegamos al siglo XX.
La caída del Sha: el fin de un trono milenario
El 16 de enero de 1979 ocurrió un episodio que cambiaría para siempre el destino de Irán.
Aquel día, el sha Mohammad Reza Pahlavi —monarca absoluto y heredero de una tradición imperial de más de dos mil quinientos años— abandonó Teherán a bordo de su Boeing 727, conocido con cierta grandilocuencia como “el halcón del sha”.
Oficialmente, el soberano anunció que se marchaba a tomar “unas largas vacaciones”.
Nadie lo creyó.
Mientras el avión despegaba, millones de iraníes inundaban las calles celebrando la huida del hombre que hasta el día anterior era llamado con solemnidad casi celestial “Centro del Universo y Sombra del Todopoderoso”.
Bastaron unas pocas horas para que aquellas estatuas que glorificaban su figura fueran derribadas por las mismas manos que antes habían aplaudido su reinado. (Muy parecida a la historia nuestra del dictador Trujillo)
Tal es la voluble naturaleza de las multitudes.
El régimen del sha había sido autoritario, modernizador y profundamente aliado de Occidente.
Para muchos iraníes representaba corrupción, represión y sumisión a los intereses de Washington. Pero, como suele ocurrir en las revoluciones, la ira popular derribó un edificio sin saber con demasiada claridad qué se construiría en su lugar.
Y en ese vacío emergió una figura que hasta entonces observaba la escena desde el exilio.
La llegada del ayatolá
Desde un pequeño pueblo francés llamado Neauphle-le-Château, a las afueras de París, un clérigo septuagenario llamado Ruhollah Jomeini observaba cómo la revolución que él había inspirado desde la distancia se apoderaba de su país.
Cuando regresó a Irán el 1 de febrero de 1979, millones de personas salieron a las calles para recibirlo como si fuese un profeta descendiendo del cielo.
Muchos creyeron ver en él al salvador de la nación.
La historia, sin embargo, tenía preparada otra cosa.
¿Qué es un ayatolá?
El término ayatolá proviene del persa ayatollah, que significa literalmente “señal de Dios”.
Dentro del islam chiita —la corriente mayoritaria en Irán— es uno de los rangos religiosos más altos y se otorga a clérigos considerados expertos en jurisprudencia islámica, teología y filosofía religiosa.
Aquí conviene detenerse un momento.
El islam está dividido en dos grandes corrientes: sunitas y chiitas.
Los primeros sostienen que el líder de la comunidad musulmana debe ser elegido por consenso entre los creyentes.
Los segundos defienden que el liderazgo pertenece por derecho divino a los descendientes directos del profeta Mahoma.
Esta diferencia, aparentemente teológica, ha alimentado conflictos políticos y guerras durante más de mil años.
El chiismo tiene su núcleo principal en Irán e Irak, y en la República Islámica iraní el poder religioso no es meramente espiritual: controla también el Estado, el ejército y buena parte de la vida cotidiana.
Allí, la religión no se limita a orientar las almas; también administra tribunales, prisiones y, llegado el caso, pelotones de fusilamiento.
De la esperanza al miedo.
En enero de 1979 muchos iraníes —incluidos liberales, nacionalistas, mujeres, estudiantes y hasta comunistas— veían a Jomeini como un símbolo de resistencia contra la tiranía del sha.
Sus discursos, grabados en humildes cintas de casete, circulaban clandestinamente por todo el país como si fueran mensajes de liberación.
Entre quienes lo recibieron con entusiasmo había incluso militantes de izquierda que habían pasado años en prisión.
Uno de ellos recordaría más tarde:
“Entre la multitud vi a viejos activistas comunistas dando la bienvenida al ayatolá”.
A los asesores de Jomeini aquello les provocaba cierta sonrisa.
A Jomeini, no.
El clérigo tenía muy claro el lugar que ocuparían aquellos “impíos” en el nuevo Irán.
Desde principios de los años setenta había formulado su doctrina política conocida como Velayat-e Faqih —el gobierno del jurista islámico— según la cual el poder debía quedar en manos de los clérigos chiitas, supuestos guardianes de la moral y la verdad. Sosteniendo que tanto el capitalismo como el comunismo eran inventos impíos de Satan.
La revolución que había derribado al sha había sido plural.
El régimen que la reemplazaría sería todo lo contrario.
Todo el poder para los ayatolás
El último primer ministro del sha, Shahpur Bakhtiar, intentó mantener una transición moderada.
Pero la popularidad de Jomeini era arrolladora.
Cuando el ejército anunció que se mantendría neutral, el destino del gobierno estaba sellado.
Once días después del regreso del ayatolá, Bakhtiar abandonó el país y se exilió en Francia. Años más tarde sería asesinado allí por agentes del régimen iraní, porque los ayatolas matan a los impíos.
La revolución comenzaba a devorar a sus propios hijos.
El gobierno provisional encabezado por Mehdí Bazargan, un liberal moderado, apenas duró unos meses. El poder real ya no estaba en manos del gabinete sino en las calles, dominadas por los comités revolucionarios y la recién creada Guardia Revolucionaria Islámica.
Las primeras medidas no tardaron en llegar:
- uso obligatorio del velo para las mujeres
- persecución de opositores
- censura ideológica
- tribunales revolucionarios
- ejecuciones sumarias
Y todo ello en nombre de Dios, naturalmente.
Enemigos por todas partes.
En 1977, el presidente estadounidense Jimmy Carter había brindado con el sha afirmando que Irán era “una isla de estabilidad”. Pobre Jimmy.
La historia demostró que aquella frase envejeció peor que la leche olvidada al sol.
Tras la revolución, Estados Unidos pasó de aliado estratégico a enemigo declarado.
La crisis alcanzó su punto culminante cuando estudiantes islamistas tomaron la embajada estadounidense en Teherán y mantuvieron a más de cincuenta diplomáticos como rehenes durante 444 días.
El gobierno moderado dimitió.
Los radicales tomaron el control total.
El nuevo régimen justificó su represión interna en la lucha contra enemigos externos e internos: imperialistas, comunistas, liberales, ateos, feministas… la lista era larga y el paredón bastante amplio.
Durante la primera década de la República Islámica, se estima que decenas de miles de disidentes fueron ejecutados o desaparecieron.
De la amplia coalición que había hecho posible la revolución, solo quedaron los clérigos y sus fieles.
Los demás fueron:
- asesinados
- exiliados
- encarcelados
- o simplemente silenciados
El sistema creado por Jomeini —con el Líder Supremo y el Consejo de Guardianes— sigue teniendo hoy la capacidad de vetar candidatos, anular leyes y controlar el aparato militar y represivo del Estado.
Casi medio siglo después de la revolución, muchas de las promesas de libertad y justicia hechas en 1979 siguen esperando cumplimiento.
Y probablemente seguirán esperando.
Las curiosidades del fanatismo político
Es cierto que Estados Unidos, como toda gran potencia, ha cometido innumerables violaciones del derecho internacional. La historia de la política exterior norteamericana no está precisamente escrita con tinta angelical.
Pero de ahí a justificar o defender a un régimen teocrático que financia milicias, reprime a su propio pueblo y exporta violencia por medio mundo hay un trecho bastante largo.
Y, sin embargo, ahí están ciertos sectores de la izquierda occidental —los llamados “progress”— defendiendo con entusiasmo a los mismos ayatolás que encarcelaron, torturaron y ejecutaron a miles de militantes de izquierda iraníes.
Uno podría preguntarse, con cierta malicia:
¿Será masoquismo ideológico?
¿O será simplemente que su odio hacia Estados Unidos les nubla el juicio?
Difícil saberlo.
Lo único seguro es que la historia está llena de ironías.
Quizás por eso la frase atribuida a Mao Zedong resuena con particular sarcasmo en este contexto:
“La religión es el opio de los pueblos.”
Aunque, viendo ciertos comportamientos políticos contemporáneos, tal vez habría que añadir algo más:
A veces el opio no es la religión…
sino la ideología.

