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LA DEFENSA ESTADOUNIDENSE REGRESA AL HEMISFERIO

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La Nueva Orientación de la Defensa Estadounidense: ¿Un Regreso al Hemisferio Occidental o una Retirada Estratégica?

Por  Luis Rodríguez Salcedo, para TeclaLibre Digital

En un mundo cada vez más multipolar, donde potencias como China y Rusia desafían el orden establecido, Estados Unidos parece estar replanteando su postura global. La reciente filtración de un borrador de la Estrategia Nacional de Defensa (NDS) del Pentágono, elaborado bajo la dirección del subsecretario de Defensa para Políticas, Elbridge Colby, marca un giro significativo: priorizar la protección del territorio nacional y el Hemisferio Occidental por encima de la contención de amenazas lejanas como Pekín o Moscú.

Esta orientación, que evoca el espíritu de la Doctrina Monroe del siglo XIX, sugiere un enfoque en la estabilidad regional de las Américas, con énfasis en la seguridad fronteriza, la cooperación militar con aliados latinoamericanos y la vigilancia de amenazas internas como el narcotráfico y la migración irregular.

Este cambio no surge de la nada. Durante la administración anterior de Trump en 2018, la estrategia de defensa se centraba en la «competencia entre grandes potencias», con China como el principal adversario. Sin embargo, el borrador actual invierte esta lógica, proponiendo que las misiones domésticas y regionales —como el despliegue de tropas en la frontera sur, operaciones antinarcóticos en el Caribe y el uso de activos militares para apoyar a la policía en ciudades como Los Ángeles— tomen precedencia.

Fuentes consultadas indican que este repliegue busca evitar el sobreestiramiento de recursos, preservando la fuerza para defender el «núcleo» estadounidense: su territorio y su esfera de influencia inmediata.

En las Américas, esta estrategia podría traducirse en un aumento de la cooperación militar. Por ejemplo, en agosto de 2025, líderes de defensa estadounidenses y sudamericanos se reunieron en Argentina para discutir amenazas regionales, mientras que se anunciaron ejercicios conjuntos con el Comando Sur de EE.UU. en la Patagonia, enfocados en contraterrorismo y logística.

Además, el despliegue de buques de guerra estadounidenses hacia Venezuela en el Caribe responde a tensiones geopolíticas, como las disputas electorales en ese país, y busca contrarrestar influencias externas como las de China y Rusia en la región.

La inversión en capacidades de defensa regional también se evidencia en programas como la cooperación de seguridad con Colombia, que incluye diálogos con la OTAN y asistencia en interoperabilidad militar. El Comando Sur de EE.UU., en su declaración de postura para 2025, enfatiza la construcción de un «Hemisferio Occidental más seguro y fuerte» para garantizar la seguridad nacional estadounidense. Esto incluye vigilancia de actividades consideradas amenazas, como la presencia rusa o china en países como Venezuela o Nicaragua, y una mayor militarización de la frontera con México para combatir carteles y flujos migratorios.

Sin embargo, el alcance de esta orientación depende de las amenazas percibidas. En un contexto donde China ha expandido su influencia económica en América Latina —a través de inversiones en infraestructura y acuerdos comerciales— y Rusia mantiene alianzas militares selectivas, EE.UU. podría intensificar sus operaciones para «mantener fuera» a estos actores. Críticos argumentan que esto revive una doctrina intervencionista, potencialmente erosionando la soberanía de naciones latinoamericanas, mientras que defensores lo ven como una consolidación pragmática ante un mundo multipolar.

¿Retirada o una Fortalecimiento Inteligente?
Desde una perspectiva geopolítica, este giro podría interpretarse como una retirada estratégica. Analistas como Velina Tchakarova señalan que implica menos recursos para Europa y Asia, obligando a aliados de la OTAN a asumir más responsabilidades en conflictos como el de Ucrania, y cuestionando compromisos como AUKUS en el Indo-Pacífico.

En redes sociales, opiniones varían: algunos celebran el «fin de la hegemonía global» estadounidense, viéndolo como una oportunidad para que China y Rusia dominen sus esferas, mientras que otros lo aplauden como un «Monroe Doctrine en plena vigencia», priorizando la seguridad interna sobre aventuras externas.

En mi opinión, esta orientación es un reconocimiento realista de las limitaciones estadounidenses en un orden global fragmentado. Lejos de ser una debilidad, fortalece a EE.UU. al enfocarse en amenazas cercanas —como el narcotráfico que mata a decenas de miles anualmente o la inestabilidad en Venezuela que genera olas migratorias— en lugar de dispersar fuerzas en teatros lejanos.

Para América Latina, representa tanto un riesgo de mayor injerencia como una oportunidad de alianzas más equitativas, siempre que se negocien con autonomía. La evolución geopolítica, con tensiones crecientes en el Caribe y la frontera sur, determinará si esta estrategia contrarresta desafíos o acelera un repliegue global.

En última instancia, en un hemisferio interconectado, la seguridad de EE.UU. depende de la estabilidad regional. Ignorar esto sería un error; abrazarlo, con respeto mutuo, podría redefinir las relaciones interamericanas para el siglo XXI.

rodriguezsluism9@gmail.com              https://teclalibremultimedios.com/category/portada/

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