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La maldición del flamboyán de Nacol Antigua

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Por Simeón Arredondo.

Poeta y escritor dominicano residente en España.

simeonarredondo@gmail.com.

Hace más de dos mil años que el hombre usa relatos ficticios para comunicar. Para comunicar ideas, pensamientos, sentimientos y emociones entre otras cosas. Sin embargo, no es hasta la aparición de “El Satiricón” (s. I d. C.), de Petronio, cuando comienza a mirarse la novela como un género literario con las características que conocemos hoy.

 

El género siguió avanzando en forma y difusión, y ya en el Siglo de oro de la literatura española aparece la emblemática Don Quijote de la Mancha, de Cervantes, y para la segunda mitad del siglo XIX la humanidad sigue conociendo novelas tan intensas y extensas como “Crimen y castigo” de Fiodor Dostoyevski, o “Los miserables” de Víctor Hugo.

 

El siglo XX es testigo del Boom latinoamericano, con “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez, a la cabeza. Este es el fenómeno literario y cultural que presenta al mundo la novela latinoamericana. Ya es innegable que los países de habla hispana del continente americano producen obras narrativas de superior calidad, siendo “Rayuelas”, de Cortázar, uno de los ejemplos más contundentes.

 

Dentro del exitoso recorrido de la narrativa hispanoamericana la novelística dominicana ha estado presente con obras tan representativas como “La sangre”, de Tulio M. Cestero; “Enriquillo”, de Manuel de Jesús Galván; “Over”, de Ramón Marrero Aristy, “La mañosa”, de Juan Bosch; “El Masacre se pasa a pie”, de Freddy Prestol Castillo; “El hombre del acordeón”, de Marcio Veloz Maggiolo, y cientos de textos más.

 

Hoy esa larga lista de obras narrativas que ha aportado la literatura dominicana al universo, se viene a engrosar con el nacimiento de “La maldición del flamboyán”, de la autoría del joven escritor Nacol Antigua. Obra, narrada con un lenguaje claro y llano, pero rico en figuras que nos indican la capacidad imaginativa del autor y la calidad literaria del naciente libro.

 

Aunque no sea histórica, toda novela narra una o varias historias. En el caso que nos ocupa, Antigua decide hacer coincidir la historia principal de la narración con importantes hechos políticos ocurridos en la República Dominicana durante la última década del siglo XX. Así consigue anclar el rico contenido social de la novela dentro del marco de ciertos acontecimientos, que a decir del propio autor “marcaron un cambio de paradigma” en el quehacer político del país.

 

Es así como presenta a los lectores un panorama en el que seis jóvenes, de aparente poca experiencia en asuntos políticos, se embarcan en un entramado que daría al traste con la misteriosa muerte de un influyente político.

 

Pero para sorpresa de los protagonistas, y también de los lectores, el supuesto asesinato, lejos de cerrar un episodio en la vida de ellos, y en el ambiente político y social de la nación, lo que hace es abrir una serie de ventanas que amenazan con generar más confusión entre ellos, y con retorcer el resto de sus días.

 

Es cuando surge la figura de un espíritu de origen taíno, y que está directamente relacionado con varios de los personajes y con sus ancestros.

De esta forma, la novela va tomando giros inesperados que obligan al lector a mantener el interés y la atención en lo siguiente que va a ocurrir, hasta que llega un momento donde el autor exhibe un derroche de aforismos que nos hacen recordar la extraordinaria novela “La insoportable levedad del ser” de Milán Kundera, que ha sido catalogada como una novela ensayo.

 

De repente nos encontramos envueltos en un tinglado del que ya no podemos salir, pero que se disfruta con la apreciación de una serie de realidades-consejos que Antigua nos sirve atados a la historia central de la obra, y donde no se pierden la estética ni las buenas técnicas narrativas.

 

“La maldición del Flamboyán” nos enseña que “la tierra siempre sana” y que a veces, aunque miremos al abismo juntos, puede ser delicioso elegir regresar. Y que cuando las cicatrices no desaparecen se convierten en “recuerdos de supervivencia, de la capacidad del espíritu humano para sanar incluso las heridas más profundas”. Cuando comprendemos eso, encontramos la paz que tanto buscamos en otros escenarios.

 

El universo está rodeado de maldad. Siempre ha existido y existirá el mal. Pero según se establece aquí, “la verdadera victoria no está en derrotar a nuestros enemigos, sino en negarnos a convertirnos en ellos”. A veces, al perder cosas que consideramos muy importantes. Cosas que pensamos que son imprescindibles en nuestras vidas, ocurre que, como resultado de ello, obtenemos o ganamos otras de superior valor.  Es bajo esas circunstancias que Nacol Antigua nos habla de “la capacidad de honrar el pasado sin ser prisioneros de él”.

 

Así como de las espinas nacen las más hermosas y aromáticas rosas, de ciertos escenarios oscuros, suele emanar la luz. Luz que, como el flamboyán en flor, puede “iluminar incluso las sombras más oscuras. Algunas maldiciones pueden romperse, y algunas flores —como el jazmín, como el flamboyán, como el espíritu humano; florecen más precisamente porque han conocido la oscuridad”.

 

Al mismo tiempo nuestro autor nos deja claro que “el equilibrio es frágil, que la oscuridad siempre acecha, pero también que la luz siempre encuentra una manera de brillar”. Y que, “la clave para comprender la verdadera satisfacción en la vida, no está en lo que tienes o acumulas, sino en lo que brindas de forma desinteresada a los demás”. Nos lleva a reflexionar “que hay cosas más importantes que el poder y el dinero”.

 

Con este texto narrativo aprendemos que, el hecho de que usted sea una “heredera corrupta”, no debe ser un obstáculo para convertirse en una “jardinera de esperanzas”, como le ocurrió a una de las jóvenes que protagonizan la obra, que pasa “de prisionera del pasado a arquitecta del futuro”.

 

Existen en el universo cosas que no se crean. Pero que tampoco se destruyen, sino que se transforman. Que siempre están ahí. Es el caso de la energía, o del agua. Y en esta novela Nacol Antigua realiza un interesante símil con ese fenómeno al enseñarnos que, aunque han sido creadas, es decir, han tenido un origen, “algunas historias nunca terminan, solo se transforman. Como las flores que caen para dar paso a nuevas semillas, como las sombras que retroceden ante la luz persistente del amanecer”. En ese punto aprovecha para indicar que “nuestra mayor fuerza no viene de olvidar nuestro dolor, sino de transformarlo en pasión”. Y que “algunas cadenas solo se rompen desde adentro”.

 

El hecho de que este grupo de jóvenes se convirtieran en “adultos que habían aprendido a llevar sus cicatrices con dignidad” nos indica que siempre hay oportunidades para aprender, para crecer, y que nunca debemos desaprovecharlas o dilapidar el tiempo cuando es necesario avanzar.

 

El autor lo remarca cuando dice: “y Credulgia, al mirarlos no vio a los cómplices de un asesinato, sino a los testigos de su transformación, los arquitectos de su redención”.

 

 “El equilibrio se mantiene con nuestras elecciones diarias. cada vez que elegimos compasión sobre venganza, luz sobre oscuridad”. Acota.

 

La novela cobra de momentos, una fuerte carga psicológica. En ese sentido, cabe destacar que los jóvenes protagonistas, al final consiguen la libertad plena cuando llegan a la conclusión de que “la verdadera maldición nunca había sido Maboya o Valenzuela, sino la creencia de que estaban condenados a repetir los errores del pasado”.

 

Nacol Antigua concluye con una poderosa reflexión: “La verdadera bendición estaba en descubrir que cada amanecer traía una nueva oportunidad para elegir, para crecer, para florecer, al igual que el flamboyán, cuyas flores más rojas y vibrantes siempre parecían brotar precisamente de las ramas que habían soportado las podas más severas”.

 

“La historia había terminado. Sus vidas, sin embargo, continuaban. No como una maldición, sino como un testimonio de que, incluso las almas más heridas pueden encontrar la manera de florecer, y que algunas flores, precisamente porque han conocido la oscuridad, brillan con una luz que nunca podría haber nacido de la inocencia alone”.

 

En conclusión, “La maldición del flamboyán”, es un llamado a la meditación en medio de un mundo convulso y convulsionante. Es una invitación a ser mejores seres humanos. Es una novela sencillamente genial. Especialmente interesante, que nadie debe dejar de leer.

 

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