Por Ramon Espinola
POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA DOMINICANA
LA POBLADA DE 1984

Dedicatoria
A la juventud contemporánea, esa materia prima —harina sin levadura cívica— que hoy se amasa entre colmadones, bocinas estridentes y tugurios donde el alcohol, siempre pedagógico, adormece el hipotálamo y sustituye el pensamiento por una placentera ignorancia.
(Un recuento para recordar —aunque moleste— que la lucha por un país más justo, libre y digno no se libró con “likes”, sino con sangre, hambre y balas.)
Se aproxima, como quien no quiere la cosa —porque la memoria colectiva suele ser frágil cuando conviene—, el aniversario número cuarenta y dos de aquello que el profesor Juan Bosch bautizó con sobriedad casi académica como la poblada de abril.
Nombre elegante para una tragedia que, de haber ocurrido en otros territorios más dados a la épica mediática, habría sido llamada sin rodeos: insurrección popular reprimida a sangre y fuego.
La mitad de la actual población dominicana no había nacido en aquellos días ardientes del 23, 24 y 25 de abril de 1984.
La otra mitad —la que debería recordar— parece haber hecho un pacto tácito con el olvido. Y, para completar la ironía demográfica, una porción considerable de quienes hoy habitan el país ni siquiera estaban entonces en suelo dominicano, extranjeros que hoy opinan con la seguridad de quienes confunden historia con comentario de sobremesa.
Aquellos hechos ocurrieron bajo el gobierno de Salvador Jorge Blanco, en el seno del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), en medio de una tormenta perfecta: precios de alimentos por las nubes, corrupción rampante —esa tradición nacional que nunca pasa de moda—, devaluación galopante del peso y, como guinda tecnocrática, un acuerdo “salvador” como el nombre del gobernante con el Fondo Monetario Internacional (FMI).
Porque nada tranquiliza más a un pueblo hambriento que un préstamo condicionado.
El preludio: cuando la economía se convierte en castigo del pueblo depauperado.
Ya en 1981, la crisis presupuestaria obligaba al gobierno a “ajustarse el cinturón”, metáfora curiosa cuando quien dicta el ajuste no suele ser quien pasa hambre.
El encarecimiento del petróleo elevó el costo de la vida, y el acuerdo Stanby firmado en 1983 con el FMI —una facilidad ampliada por más de 404 millones de dólares— fue presentado como tabla de salvación. Pero, para joderse.
En realidad, fue una tabla… pero de esas que se colocan sobre el pecho del paciente antes de iniciar la reanimación económica a golpes.
Las medidas eran previsibles en su crueldad técnica:
impuestos al consumo (ITBIS),
eliminación de subsidios,
liberalización cambiaria.
Traducido al idioma del ciudadano común: todo más caro, salarios más pequeños y esperanzas más escasas. Todo para joder a los pobres, y lo hacia el llamado partido de los pobres. Cuánta burla.
No tardaron en aparecer las primeras grietas:
médicos, maestras y enfermeras —ese sector que solo es “heroico” cuando conviene— comenzaron huelgas que desembocaron en lo inevitable: la explosión social.
La doctrina del shock: cuando el laboratorio se convierte en calle
Las protestas de abril de 1984 no surgieron en el vacío. Eran, en buena medida, la aplicación tropical de teorías económicas asociadas a la llamada Escuela de Chicago, encabezada por Milton Friedman, donde se sostenía —con elegante frialdad académica— que las crisis son oportunidades ideales para imponer reformas impopulares.
Una idea brillante… siempre que el dolor lo sufran otros.
El estallido: el pueblo irrumpe donde no fue invitado
El 23 de abril, los barrios marginados de Santo Domingo y del interior hicieron lo que rara vez se les permite: hablar sin pedir permiso.
Capotillo, Simón Bolívar, Cristo Rey, Gualey, Villa Juana… nombres que rara vez figuran en los discursos oficiales, pero que ese día se convirtieron en epicentro de la historia.
Las protestas se expandieron como incendio en cañaveral seco: Santiago, San Francisco de Macorís, La Vega, Barahona, San Cristóbal…
Para el mediodía, el país entero parecía recordar —con cierta incomodidad— que existía un pueblo.
Un pueblo que no había leído tratados económicos, pero entendía perfectamente el lenguaje del hambre.
La respuesta del poder: orden, balas y eufemismos.
El gobierno, sorprendido —porque el poder siempre se sorprende cuando los de abajo dejan de obedecer—, reaccionó con el recurso más antiguo del Estado: la fuerza.
Se sustituyó la incapacidad policial por la eficacia militar.
Y cuando los militares entran en escena, el diálogo suele retirarse discretamente.
Figuras como José Francisco Peña Gómez aparecen en versiones que oscilan entre la advertencia y la legitimación del uso de la fuerza.
Mientras tanto, mandos militares como Ramiro Matos González (el asesino de Manolo Tavarez) justificaban la represión en nombre del orden público, ese concepto elástico que sirve tanto para proteger a la nación como para aplastar a sus ciudadanos.
El resultado fue predecible: más muertos, más heridos, más silencio impuesto.
Censura: cuando la verdad también es considerada subversiva
Las emisoras fueron silenciadas.
La información, regulada.
La realidad, administrada.
Bajo el argumento de preservar el “orden”, se aplicó la censura. Porque nada altera más el orden que la verdad dicha en voz alta.
La propaganda: el arte de insultar la inteligencia
Y mientras los muertos aún no terminaban de contarse, la maquinaria propagandística ofrecía su obra maestra:
—“¿Tiene el gobierno la culpa de que las cosas estén cómo están?”
Una pregunta retórica digna de estudio… no por su profundidad, sino por su desfachatez.
Las ilustraciones mostraban amas de casa, obreros y jóvenes proclamando su confianza en el gobierno.
Una confianza tan real como el bienestar que se les prometía.
Era, en esencia, el intento de convencer al hambriento de que su hambre era imaginaria.
El saldo: cifras que no logran contar el dolor
Las cifras oficiales hablaron de poco más de cien muertos.
Las versiones independientes elevaron el número a más de doscientos.
La verdad, como siempre, quedó atrapada entre estadísticas y fosas.
Miles de detenidos, hospitales colapsados, barrios marcados por la sangre…
y un país que aprendió —o debió aprender— que el precio de la “estabilidad” puede ser demasiado alto.
Consecuencias: la memoria selectiva del poder
El gobierno del PRD quedó herido políticamente, perdiendo las elecciones de 1986.
El propio Jorge Blanco terminaría enfrentando la justicia. Pasando por la cárcel, aunque a Peña Gómez que fue parte del entramado de muerte al ir al Palacio y decirle con su voz rancia y potente:
“Pero Salvador, te vas a dejar tumbar, carajo tira la guardia a la calle”. Nada le pasó.
Una ironía tardía, pero insuficiente.
Porque ningún juicio devuelve la vida, ni ninguna sentencia repara la historia.
EPÍLOGO: LA AMNESIA COMO POLÍTICA DE ESTADO
Y aquí estamos, décadas después, contemplando el mismo escenario con actores renovados y guiones reciclados.
Los jóvenes —muchos— ignoran.
Los viejos —muchos— olvidan.
Y los políticos —casi todos— repiten.
La historia de abril de 1984 no es solo un episodio del pasado:
Es un espejo incómodo que la sociedad dominicana prefiere no mirar, no sea que descubra que el problema nunca fue únicamente económico… sino profundamente moral.
Porque un país que acepta el hambre como política, la represión como solución
Y la propaganda como verdad, no necesita enemigos externos.
Se basta, con admirable eficiencia, para destruirse a sí mismo.
Lo interesante es que el mismo partido, con gentes más o menos iguales aunque el escenario es más o menos el mismo, son los que gobiernan y el pueblo, como dice el mismo pueblo: cagándose en miserias de todo tipo y no lo siente.

