InicioCEREPOESIALA REFORMA Y EL DERROCAMIENTO DE BOYER

LA REFORMA Y EL DERROCAMIENTO DE BOYER

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POR EL TRILLO DE LA HISTORIA
Por Ramon Espinola  /
Este recuento histórico debería servir de ejemplo a los políticos de hoy. Pero qué va, pareciera que a ellos no les interesa la patria, solo sus bolsillos
A comienzos de 1843, cuando el sur de Haití ardía todavía bajo el humo reciente de algunos combates decisivos, el movimiento conocido como La Reforma logró lo que durante años pareció imposible: aplastar la resistencia del régimen de Jean-Pierre Boyer, ese largo cansancio político que había gobernado la isla más por inercia que por convicción.
El triunfo reformista no inauguró una era nueva; apenas cambió los rostros del poder, no su armazón.
En Port-au-Prince se instaló un gobierno provisional encabezado por el jefe militar de la Reforma, Charles Hérard, representante visible de una coalición variopinta: militares descontentos, liberales cansados y oportunistas atentos al reparto posterior. El nuevo gobierno, aunque nacido de la rebelión, se vio obligado —como suele ocurrir— a respetar casi intacta la maquinaria política y militar del régimen derrocado. Las revoluciones, ya se sabe, suelen cambiar el discurso antes que los engranajes.
Los movimientos separatistas
La noticia de la caída de Boyer llegó a la parte Este de la isla la tarde del 24 de marzo de 1843, y como toda sacudida histórica, activó de inmediato fuerzas dormidas.
Cada sector comenzó a moverse con la rapidez que permiten los intereses de clase cuando presienten una grieta en el muro del poder. Unos pensaron en cargos, otros en privilegios, algunos en banderas nuevas para causas antiguas.
Pero los jóvenes de La Trinitaria no esperaron a que el cálculo sustituyera al impulso.
Guiados por Juan Pablo Duarte, y acompañados por los antiboyeristas haitianos Adolfo Nouel y Artidor Gontieux, marcharon esa misma tarde hacia la fortaleza de la ciudad con la audacia propia de quienes aún creen que la historia se puede tomar por asalto.
No llegaron lejos. En la plaza de la Catedral fueron detenidos por tropas haitianas. Hubo un breve intercambio de palabras —ese instante en que la razón todavía intenta sobrevivir— y luego el lenguaje definitivo de las armas. El resultado fue escueto y trágico: dos muertos y cinco heridos, suficiente para recordar que las revoluciones rara vez conceden segundas advertencias.
Obligados a abandonar la plaza, los trinitarios se refugiaron en San Cristóbal, desde donde presionaron al comandante de armas para que manifestara su adhesión a la Reforma. No estaban solos. Azua, Baní y Santiago ofrecieron su respaldo, confirmando que el descontento no era local ni improvisado, sino un mal repartido por toda la geografía oriental.
En Santo Domingo se instaló entonces una Junta Popular, encargada de ejercer funciones de gobierno provisional. En ella participaron Duarte y otros patriotas que habían combatido junto a los liberales haitianos contra Boyer, creyendo —o queriendo creer— que la caída del tirano abriría la puerta a una libertad más amplia.
Pero aquella alianza tenía fecha de caducidad. Duarte lo sabía.
La unión entre liberales criollos y haitianos era útil, no eterna; circunstancial, no doctrinaria.
Consciente de ello, Juan Pablo Duarte, comenzó a aprovechar la coyuntura para establecer contactos con jóvenes del interior del país, sembrando una idea que no pedía reformas ni concesiones: la independencia plena de la parte oriental de la isla. La creación de una patria libre, totalmente libre de coyuntas o protectorados.
Estas gestiones no pasaron inadvertidas. Los liberales haitianos, lejos de estar dispuestos a perder el control del Este, reaccionaron con rapidez. Empezaron a maniobrar, ahora aliados con sectores criollos, para impedir que los ideales del fundador de la Trinitaria se materializaran.
El viejo juego del poder volvía a desplegarse: cuando el imperio no puede imponerse solo, recluta intermediarios locales.
En ese clima surgieron diversos movimientos políticos, aunque casi ninguno con intenciones verdaderamente independentistas. El más fuerte después de los trinitarios estaba integrado por hombres maduros, antiguos colaboradores del régimen haitiano, expertos en administración y dóciles ante el pragmatismo. Su proyecto no era la libertad, sino la protección de Francia, ofrecida a cambio de privilegios económicos y políticos. La soberanía, para ellos, era una mercancía negociable.
Los líderes de este grupo fueron el acaudalado propietario azuano Buenaventura Báez y el burócrata ilustrado Manuel Joaquín Delmonte. Frente a ellos, el grupo encabezado por Duarte resultó incómodo y peligroso: fue el único que no habló de separación tutelada ni de salvaciones extranjeras, sino de independencia pura, sin padrinos, sin condiciones y sin facturas por pagar.
Y esa, como siempre en la historia, fue la opción más difícil… y la más necesaria.
EPÍLOGO
El pánico a la libertad sin tutores de los oligarcas de ayer es el mismo que tienen los de hoy
En el fondo, lo que más aterrorizó a muchos en 1843 no fue la violencia ni el desorden, ni siquiera la posibilidad de una guerra abierta.
Lo verdaderamente inquietante era la independencia sin apellidos, la libertad desnuda, sin banderas extranjeras que la legitimaran ni potencias “amigas” que la bendijeran desde lejos. Porque la independencia auténtica exige algo que siempre ha sido escaso: responsabilidad propia. En esos momentos el único de voz propia era Duarte.
Para no pocos actores de la época, cambiar de amo parecía una opción sensata; prescindir de ellos, una temeridad.
Boyer podía caer, Haití podía fragmentarse, Francia podía regresar con modales diplomáticos y cuentas por cobrar, pero la idea de un país gobernándose a sí mismo, sin tutela ni intermediarios, provocaba un vértigo casi metafísico.
La libertad absoluta no prometía cargos seguros ni fortunas blindadas; ofrecía, en cambio, incertidumbre, esfuerzo y un incómodo examen de conciencia colectiva.
Por eso la independencia fue vista por muchos como un exceso juvenil, una imprudencia romántica, una osadía impropia de hombres “sensatos”. Los prudentes —siempre tan abundantes en la historia— preferían el orden conocido, aun cuando ese orden viniera con cadenas discretas y un manual de obediencia.
La patria, pensaban, podía esperar; los privilegios, no.
Duarte y los suyos encarnaron entonces una herejía política: la creencia de que un pueblo podía ser dueño de su destino sin aval externo, sin padrinos ilustrados ni metrópolis benévolas. Esa fe, más peligrosa que cualquier ejército, fue combatida con conspiraciones, dilaciones y discursos respetables, porque nada desacredita mejor a la libertad que llamarla inmadura.
A Duarte y sus seguidores, los reaccionarios del protectorado empezaron a llamar con el sarcástico mote de: “Los pipiolos de la loca independencia”.
Y así, entre el miedo y el cálculo, la independencia real quedó como una palabra pronunciada en voz baja, temida por quienes habían aprendido a sobrevivir bajo sombra ajena. No era la opresión lo que se defendía, sino la costumbre; no el yugo, sino la comodidad de llevarlo puesto.
Tal vez por eso esta historia no pertenece solo a 1843. Cada generación repite el mismo dilema con nuevos nombres y viejas excusas: ser libre de verdad o seguir alquilando la soberanía a plazos. La respuesta, ayer como hoy, nunca ha sido sencilla. Pero el miedo, ese sí, siempre ha sido perfectamente reconocible.
En conclusión debemos de resumir:
Que este no es un relato antiguo. Es un patrón. Cada vez que una nación se acerca demasiado a la independencia verdadera, aparece el coro del miedo: el que aconseja tutela, el que recomienda paciencia, el que vende dignidad a plazos. Porque la soberanía completa sigue siendo, para muchos, un lujo innecesario.
Al final, la pregunta nunca ha cambiado: ¿queremos un país libre o un país cómodo?
La historia demuestra que casi siempre se elige lo segundo… y luego se redactan discursos solemnes para justificarlo.
Asi, lamentablemente, el país no fue derrotado por imperios, sino por sus propios custodios, expertos en llamar prudencia a la cobardía y realismo al entreguismo y a la renuncia a una patria libre como la quisieron Duarte y sus seguidores trinitarios.”
“La independencia verdadera no fracasó: fue deliberadamente evitada por quienes descubrieron que la libertad exige más valor que la servidumbre bien administrada.”
“La independencia no se perdió por falta de héroes, sino por exceso de administradores del miedo: hombres que prefirieron negociar la patria antes que arriesgarse a gobernarla.”
“Este país no fue derrotado por imperios, sino por sus propios custodios, expertos en llamar prudencia a la cobardía y realismo a la renuncia.”
Todo esto indica que las clases dominantes nunca han tenido fe en la patria y en su autodeterminación.
Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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