🎩 El Sombrero y el Adiós: Una Crónica de la Última Noche de Joaquín Sabina en Madrid
El aire del Movistar Arena de Madrid olía a nostalgia, a humo de tabaco de mentira y a las miles de historias rotas y remendadas que caben en medio siglo de canciones. La noche del 30 de noviembre de 2025 no era un concierto más; era el telón bajando sobre el más grande trovador de Úbeda, el punto final de la gira «Hola y Adiós», que en ese instante se había convertido, sencillamente, en «Adiós».
Sobre el escenario, bajo una luz teatral y melancólica, Joaquín Sabina (76 años y la voz ronca como un callejón a las tres de la mañana) se enfrentaba a las 12.000 almas que lo habían acompañado en su viaje desde aquel primer disco, Inventario, hace ya casi cincuenta años.
Abrió con el verso obligado, el homenaje a su refugio: «Yo me bajo en Atocha». Fue un guiño directo a Madrid, la ciudad que lo exilió de su Jaén natal y lo adoptó, la musa insomne que le enseñó de amores fugaces, de bares oscuros y de la poesía que habita en lo cotidiano.
A lo largo de la noche, cada canción fue un eco de esas décadas. Cuando cantó «Pongamos que hablo de Madrid», no solo sonaba una canción; se escuchaba la crónica de una generación que creció con sus crónicas deslenguadas y su ética del perdedor digno. Eran los años 80, la movida, la transición, y Sabina era la banda sonora de la libertad recién estrenada, con su «Princesa» dedicada a la belleza que se destruye, el reflejo más cruel y verdadero de la desesperanza.
La crónica de Sabina no se escribe solo con grandes éxitos, sino con sus obsesiones: la vida en verso y la muerte en prosa. Cantó a la mujer que se va y la que vuelve, al amor sin paraguas y a la resaca.
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«19 Días y 500 Noches»: Aquí se detuvo el tiempo. La canción más coreada, un himno al desastre amoroso, donde la tristeza se convierte en arte. La banda, con Antonio García de Diego y Pancho Varona—testigos de tantas giras y tantos amaneceres—, sonaba potente, arropando al maestro.
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«Y sin embargo»: El maestro de ceremonias de los fracasos perfectos se desnudó. En cada verso de la canción, resonaba esa dualidad que ha marcado su trayectoria: la necesidad de huir y la urgencia de volver. Cincuenta años viviendo en el alambre, entre el «no te vayas nunca» y el «adiós».
📝 “Este es el último concierto de mi vida y por tanto el más importante. El que en unos años recordaré con más emoción. La gira ‘Hola y Adiós’, ahora se llama ‘solo adiós’.» — Joaquín Sabina, dirigiéndose al público.
El momento de la despedida fue un nudo en la garganta colectivo. Con «Nos sobran los motivos» y «Contigo» como últimos cartuchos, la ovación fue más un clamor de agradecimiento que un aplauso.
Cuando los músicos se retiraron y Sabina se quedó solo bajo el foco, se hizo el silencio. Miró al público, a su público de siempre, a los que lo vieron caerse del escenario y levantarse, a los que lo han acompañado desde la República Dominicana hasta Buenos Aires. Con un gesto lento, se llevó la mano a la cabeza, se quitó el sombrero negro que ha sido su firma, su armadura y su disfraz, y lo sostuvo contra el pecho.
Ese acto simple fue el adiós más profundo. No era un adiós a la composición—su pluma, dicen, sigue activa—, sino a la épica de la carretera, a los aviones, a los hoteles y a las doce mil gargantas que le exigen cada noche ser el flaco indomable.
El poeta se retiraba de los ruedos. Dejó el escenario en silencio, dejando en el aire la promesa de que la vida, a partir de ahora, será menos de prisa. Se fue el cronista de la madrugada, dejando un tesoro incalculable de versos que seguirán sonando en las tabernas de la Gran Vía y en los corazones rotos de todo el mundo hispano.

Ha sido una noche de lágrimas, gratitud y el sabor agridulce de un final perfecto.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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