Por Felix Jimenez
Lo que me enseñaron y luego descubrí que no era cierto
Me tocó nacer en un lugar único y especial, y no me refiero a su belleza natural ni a ninguna interpretación romántica del paisaje. Me refiero a algo mucho más profundo: esa isla tuvo la singular distinción de ser el primer lugar de América donde el hombre europeo llegó y se estableció. Fue allí donde comenzó verdaderamente el encuentro —y el choque— entre dos mundos. Y, en ese caso, Europa estaba representada por hombres provenientes de la península ibérica.
Con el tiempo aprendí que muchos se refieren a ellos simplemente como “los españoles”, aun cuando España, como Estado-nación, todavía no existía. Aquellos hombres provenían de distintos reinos, recién salidos de un largo y violento proceso de reconquista de su propio territorio. Sin embargo, esa simplificación —“los españoles”— suele ir acompañada de relatos cargados de medias verdades, cuando no de distorsiones deliberadas.
Así fue como crecí, aprendiendo una historia en la que esos llamados “españoles” eran presentados como hombres rapaces y sanguinarios que, movidos únicamente por su ambición de oro, exterminaron por completo a la población indígena de la isla hasta no dejar rastro alguno.
Lo mismo ocurrió —y aún ocurre— con millones de niños a lo largo de Hispanoamérica. Sin darnos cuenta, fuimos adoctrinados con una versión de la historia en la que nuestros propios ancestros aparecían como los peores depredadores que jamás hayan pisado la tierra. Esto no es un asunto menor. Genera una profunda crisis existencial, pues equivale a decirnos que debemos odiar y rechazar todo aquello de lo que provenimos, como si nuestra identidad estuviera manchada desde su origen.
Y, sin embargo, la realidad física siempre estuvo ahí, frente a nuestros ojos.
Caminamos por Santo Domingo, nuestra ciudad capital, y nos encontramos con una serie de edificaciones majestuosas que debieron parecer aún más impresionantes en el siglo XVI, cuando fueron construidas. Allí están la primera universidad del Nuevo Mundo, la primera catedral, la primera fortaleza, el primer hospital… y así sucesivamente, hasta completar más de veinte “primeros” en la historia de América.
¿Cómo reconciliar esa evidencia con la imagen de aquellos hombres reducidos a simples monstruos, incapaces de crear, organizar o transmitir cultura?
Curiosamente, esa pregunta casi nunca se plantea. Lo que aparece en los libros de texto suele asumirse como verdad incuestionable. Eso es lo que se nos enseña. Y eso es lo que creemos.
Durante la mayor parte de mi vida, aunque la historia siempre me ha fascinado, fue la historia de otros lugares la que más captó mi interés: Europa, las grandes guerras, los imperios antiguos. Nuestra propia historia supuestamente ya me era conocida desde la infancia, y nunca sentí una verdadera urgencia por revisarla.
Pero parece que, a medida que los hombres envejecen, su interés comienza a volcarse hacia adentro. Empezamos a hacernos preguntas más incómodas: ¿de dónde venimos realmente? ¿quiénes fueron nuestros antepasados? ¿cuánto de lo que somos está construido sobre relatos impuestos por otros?
Con los avances de la ciencia, conocer el propio ADN se ha vuelto algo sencillo y accesible. Varias compañías genealógicas ofrecían estudios por unos pocos dólares, y la tentación fue grande. Compré un kit para confirmar algo que ya intuía: el origen de mis ancestros.
El primer resultado no me sorprendió. Mi composición genética mostraba un 56 % de origen ibérico, un 32 % de África occidental, un 8 % de origen indígena americano y el resto del Mediterráneo oriental —Grecia, Israel y zonas cercanas—. Lo que llamó mi atención fue esa categoría de “indígena americano”, que en ese momento aparecía en un mapa como una zona amplia que incluso incluía Norteamérica. Sabía que eso no podía ser exacto en mi caso, pero no le di mayor importancia.
Cuatro o cinco años después, a medida que más personas se realizaban pruebas de ADN y los datos se volvían más precisos, comenzaron a llegar informes más refinados. Con cierta regularidad recibía correos electrónicos con actualizaciones y correcciones.
Y entonces llegó la verdadera sorpresa.
Esta vez, el informe indicaba con claridad que ese 8 % de ascendencia indígena era taíno.
¿No se suponía que “los españoles” habían exterminado a los taínos? Recuerdo ese momento con absoluta nitidez. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Yo era, en efecto, parte de los habitantes originarios del lugar donde había nacido. Producto del mestizaje entre pueblos taínos, ibéricos y africanos. Mi raza no había sido exterminada; había sido absorbida, transformada y proyectada hacia el futuro.
Ese descubrimiento personal abrió una grieta en todo lo que creía saber.
Fue entonces cuando comencé a encontrar historiadores de distintos países de Hispanoamérica que cuestionaban la versión oficial de la historia enseñada en las escuelas. ¿Una coincidencia? Tal vez no.
Dicen que las cosas llegan cuando uno está preparado para recibirlas. O quizá, desde una perspectiva más práctica, siempre habían estado ahí, pero solo entonces empecé a notarlas.
Ese proceso transformó mi vida. Me llevó a investigar con mayor rigor una historia que supuestamente ya conocía.
Descubrí historiadores, escritores e intelectuales que se atrevieron a desafiar los relatos dominantes. Comencé a asistir a conferencias y debates, y a realizar mi propia búsqueda en libros que nunca habían formado parte de los programas escolares.
Fue entonces cuando empecé a distinguir entre lo que los monarcas concebían desde un Estado que emergía tras la Reconquista de su propio territorio, y lo que muchos hombres de la época deseaban seguir haciendo sin restricciones. Comprendí el propósito de las Leyes de Indias, creadas para gobernar los nuevos territorios, y lo difícil que muchas veces resultó su aplicación en la práctica.
Nada de eso me sorprendió demasiado. Incluso hoy existen leyes que muchos prefieren no cumplir.
Al mismo tiempo, comencé a notar algo que nunca se nos había explicado con claridad: no todos los imperios colonizaron de la misma manera.
Algunos construyeron ciudades, universidades, hospitales y sistemas administrativos, e integraron —con todas sus contradicciones— a las poblaciones locales. Otros practicaron un reemplazo deliberado de población, expulsando o eliminando a los habitantes originales y limitándose a extraer recursos, sin intención alguna de dejar estructuras duraderas.
Era imposible no advertir el contraste entre los territorios de la América Hispana y aquellos colonizados por Inglaterra. Mientras en nuestras tierras se conservaron ciudades antiguas, instituciones, archivos y una continuidad cultural visible, en otros lugares la historia parecía comenzar solo después de la desaparición total del mundo anterior.
Entonces comprendí por qué tantas ciudades de Hispanoamérica han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad. Y también por qué lo mismo no ocurre en territorios colonizados por quienes, paradójicamente, hoy se erigen como jueces morales de nuestra historia.
Comencé a ver los paralelos entre las luchas actuales por la hegemonía global y las de los siglos XVI, XVII y XVIII, cuando España —ya formalmente constituida— era el mayor imperio del mundo y enfrentaba a potencias emergentes que necesitaban desacreditarla para justificar su propio ascenso.
También entendí cómo las palabras pueden vaciarse de su significado original para moldear nuestra forma de pensar. El término “imperio”, por ejemplo, dejó de referirse a una estructura política concreta del pasado y fue sustituido por una forma de dominación mucho más sofisticada: el capitalismo en su fase avanzada, una versión moderna, eficiente y silenciosa de la depredación de los pueblos.
Así comprendí cómo toda Hispanoamérica pasó a ser víctima de esos nuevos imperios, y cómo el éxito de sus políticas de dominación ha dependido, en gran medida, de mantenernos fragmentados, divididos y enfrentados entre nosotros, aplicando una versión perfeccionada del viejo principio de “divide y vencerás”.
Finalmente, pude ver con mayor claridad cómo el pensamiento político de los líderes de esos fragmentos de una antigua unidad también ha contribuido a la incapacidad de reconocer los elementos que nos impiden actuar con verdadera solidaridad. Y cómo esa falta de cohesión nos debilita en un mundo cada vez más complejo, donde solo quienes poseen unidad, conciencia histórica y claridad cultural logran influir de manera real en el curso de los acontecimientos.
Ese fue, quizá, el descubrimiento más incómodo de todos.
Y también el más necesario.


