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MAMBISES HOMOSEXUALES

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POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA ANTILLANA
MAMBISES HOMOSEXUALES
(Nunca he criticado la conducta sexual de nadie: lo que acontece entre adultos, en la discreta penumbra de sus cuerpos, solo el ombligo tiene derecho a saberlo… aunque la Historia, siempre tan pudorosa en público, guste de espiar por el ojo de la cerradura.)
Existen, sin duda, características intrínsecas e indiscutibles en la construcción del imaginario mambí; sin embargo —y he aquí la grieta por donde se cuela la verdad como una brisa incómoda—
Algunas fuentes, escasas pero reveladoras, insinúan la presencia de variantes sexuales y genéricas ajenas al arquetipo viril, marmóreo y convenientemente heterosexual del héroe de machete en alto.
Porque sí: los “mambises” eran todos los guerreros cubanos alzados contra España, negros y blancos, sudorosos y descalzos, pero la estampa que ha sobrevivido en el altar del ego nacional es la de un varón sin fisuras, heterosexual blanco por decreto patriótico y testosterona historiográfica.
“Nadie puede ir a la guerra y cruzarse de brazos, porque hace el papel de maricón”, sentencia con áspera contundencia el negro Esteban Montejo (1860–1973), como si la valentía necesitara certificación notarial de la hombría.
Montejo, antiguo cimarrón, sobreviviente de la esclavitud y habitante de los montes hasta la abolición de 1886, encarna esa voz primitiva que la Historia recoge con devoción… pero sin cuestionarla demasiado, no vaya a ser que se derrumbe el altar.
Vivió entre comunidades de fugitivos que resistían la opresión, preservando tradiciones y religiosidades como la santería, en una existencia donde la libertad se conquistaba a filo de supervivencia.
Décadas más tarde, en 1963, el etnólogo Miguel Barnet tuvo la lúcida ocurrencia —o el atrevimiento— de escuchar a Montejo durante tres años, dando lugar a Biografía de un cimarrón (1966), texto imprescindible para comprender la esclavitud, la fuga y la resistencia en Cuba.
Un libro que ilumina muchas sombras… aunque, curiosamente, no todas. Porque incluso en la confesión más descarnada, hay silencios que no son olvido, sino censura heredada.
Así queda delineado, con tinta gruesa, el comportamiento esperado del varón en la guerra: la masculinidad como sinónimo de valor, las virtudes guerreras como extensión obligatoria de la heterosexualidad.
El mambí debía ser valiente, sí, pero también —y sobre todo— debía ser inequívocamente hombre, según el catecismo no escrito de la época. Como si el coraje dependiera de la orientación sexual y no del temple del alma.
Sin embargo —y aquí comienza la parte que la Historia prefiere no narrar en voz alta— en aquellos batallones de hombres semidesnudos, curtidos por el hambre, la fiebre y la pólvora, también habitaron otras identidades, otras sensibilidades, otras formas de deseo.
No eran espectros ni anomalías: eran hombres, simplemente, aunque no encajaran en el molde que la posteridad decidió consagrar.
Los diarios de campaña, tan prolijos para describir heridas, estrategias y heroísmos, guardan un silencio casi absoluto sobre cualquier manifestación de homosexualidad.
Un silencio tan perfecto que resulta sospechoso.
Como si no existiera… o, más bien, como si existiera demasiado y hubiera que enterrarlo bajo capas de honor y olvido.
Y no, no fue este un fenómeno exclusivo de las guerras de independencia cubanas.
Ocurrió, con la misma elegancia hipócrita, en todos los conflictos por la libertad de América.
Desde las campañas libertadoras de la América del Sur hasta la Guerra Restauradora Dominicana (1863–1865), los historiadores han preferido narrar batallas antes que intimidades, machetes antes que cuerpos, victorias antes que verdades incómodas. Porque, al parecer, la patria se defiende mejor cuando sus héroes son convenientemente unidimensionales.
La intrahistoria —esa disciplina casi irreverente que se atreve a levantar los manteles— tiene a bien desempolvar estos asuntos, no por morbo, sino por justicia.
Porque lo que se esconde no desaparece: apenas se disfraza de silencio. Y la Historia, tan digna en su fachada, sigue guardando bajo la mesa ese polvo incómodo del que todos sospechan… pero que muy pocos se atreven a nombrar.
Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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