Por Felix A. Jimenez
No era música clásica; era música sacra
(Aclarando lo que algunos dicen)

Cada vez que alguien evoca la antigua Semana Santa dominicana y afirma que en la radio solo se escuchaba “música clásica”, siento el deber —casi litúrgico— de hacer una pequeña, pero necesaria, corrección.
No, no era simplemente música clásica. Era, más propiamente, música sacra.
La distinción no es un capricho de puristas ni una manía de aficionados al pentagrama. Es una diferencia real. La música sacra es la compuesta con fines religiosos, litúrgicos o espirituales. Muchas de esas obras forman parte, naturalmente, del gran repertorio clásico occidental, pero no toda música clásica es sacra. Ni toda música de un gran compositor “clásico” sirve, por definición, para acompañar el recogimiento de la Semana Santa.
Mozart ofrece un buen ejemplo. Nadie pondría en duda su condición de compositor clásico. Pero una cosa es el Mozart del Réquiem o de sus misas, y otra muy distinta el de las óperas bufas, llenas de enredos, picardía y travesura humana. Todo eso será magnífica música clásica, pero difícilmente encajaría con el clima de solemnidad propio del Viernes Santo. Decir “música clásica” a secas, en este caso, es mezclar categorías que conviene mantener separadas. Sería algo así como confundir el incienso con el champán: ambos tienen su ocasión, pero no exactamente la misma.
Y Mozart, desde luego, no está solo. Johann Sebastian Bach, una de las cumbres de la música occidental, compuso obras religiosas tan inmensas como la Pasión según San Mateo y numerosas cantatas sacras. Georg Friedrich Händel dejó al mundo El Mesías, uno de los oratorios más célebres de todos los tiempos. Antonio Vivaldi, a quien muchos recuerdan inmediatamente por Las cuatro estaciones, escribió también el Gloria y el Stabat Mater. Ludwig van Beethoven, figura monumental de la sinfonía, compuso la extraordinaria Missa Solemnis. Palestrina fue uno de los más grandes arquitectos de la polifonía religiosa del Renacimiento, mientras que Bruckner y Liszt también dejaron importantes misas, motetes y otras páginas de profunda inspiración espiritual.
Es decir, lo que las emisoras difundían en aquellos días no era un simple muestrario de “grandes éxitos” de la música culta europea. Se seleccionaban obras que respondían al tono de la fecha: misas, réquiems, pasiones, oratorios, motetes,canto gregoriano, piezas concebidas para la oración, la contemplación o el sentido de lo sagrado.
Por eso, al recordar aquella programación especial de Semana Santa, lo más exacto no es decir que sonaba “música clásica”, sino que predominaba la música sacra, aunque muchas de esas obras provinieran de compositores que hoy figuran en el canon de la música clásica.
La precisión, en este caso, no le quita encanto al recuerdo; al contrario, lo afina. Y bien mirado, también le hace justicia a una época en que la radio parecía saber que no toda música elevada era igual, y que la solemnidad de esos días pedía algo más específico que lo simplemente “clásico”.

