Por Ana Mirtha Vargas /
Al entrar en el tiempo sagrado de la Cuaresma, emprendemos un viaje de introspección que nos recuerda la fragilidad de nuestra existencia y nuestra eterna conexión con lo divino.
Las palabras del Miércoles de Ceniza, «Polvo eres y en polvo te convertirás», evocan el ciclo eterno de la vida, recordándonos que, aunque nuestro cuerpo es temporal, nuestro espíritu es eterno y está ligado al amor divino.
La Cuaresma, derivada del latín *quadragesima*, simboliza un periodo de cuarenta días de preparación espiritual, reflejando el misterio de Jesús en el desierto. La Pascua de Resurrección no es solo una celebración, sino una oportunidad para renacer en nuestra fe.
Este periodo es una invitación a mirar más allá de las festividades.
Es tiempo de recogimiento, fe, esperanza y generosidad, unos con otros. Convertir estos cuarenta días en un verdadero renacimiento espiritual implica practicar el misticismo y reconocer a Cristo en cada uno de nosotros y en cada ser que encontramos.
Dios es amor, como nos recuerda la primera carta de Juan. Este amor se manifiesta en todo lo que nos rodea.
Durante este camino cuaresmal, recordemos que no estamos solos. Cada paso es una oportunidad para experimentar la presencia de la Dios y recordar que somos parte de un linaje divino, llevando su luz y amor a todos los rincones del Ser.

