-Rubio, el Caribe y el “narco”: el eslabón incómodo que vuelve-
Por Redaccion de TeclaLibre
-Mientras Washington despliega buques y marines en el Caribe con el argumento de frenar el narcotráfico patrocinado por el régimen de Nicolás Maduro, el jefe de la diplomacia estadounidense, Marco Rubio, carga con un antecedente familiar espinoso: su cuñado Orlando Cicilia, condenado en Miami por un megacaso de cocaína en los 80. El contraste no es delito… pero sí es política. Y en política, los silencios pesan.-
La Administración Trump 2.0 ha llevado a la región una de sus mayores demostraciones navales en décadas, formalmente para interdictar drogas y golpear redes ligadas a Caracas; Venezuela respondió con despliegues propios y retórica de “amenaza a la soberanía”. El foco público: Maduro, el “narco-régimen” y el Cartel de los Soles. El foco menos cómodo: Rubio y cómo se aplica su vara anti-cárteles puertas adentro.
¿Quién es Orlando Cicilia? Origen y rol: Cubano radicado en Miami, señalado como pieza central/“frontman” en una red de cocaína de la era “Cocaine Cowboys”, cuyo jefe era Mario Tabraue. La red usaba incluso una empresa de animales exóticos como tapadera.
Operación Cobra (1987): redada federal que terminó en condenas para Tabraue, Cicilia y otros. Según registros y cobertura basada en reportes de campo de la DEA y testimonios ante gran jurado, Cicilia operaba desde su casa en West Kendall; allí se almacenaban y cortaban kilos de cocaína.
Sentencia y salida: condenado en 1989; 35 años de prisión, de los cuales cumplió casi 12 (liberado alrededor del año 2000). Los fiscales estimaron que su operación movió ≈ US$15 millones en ventas de cocaína; ese dinero nunca fue recuperado.
Cicilia está casado con Bárbara Rubio, hermana mayor de Marco; por tanto, es cuñado del hoy secretario de Estado. Cuando Rubio era adolescente, vivió temporalmente en la casa donde —según expedientes— operaba parte del negocio; él ha dicho que no sabía de actividades ilícitas. El Washington Post revisó reportes de la DEA y testimonios que ubican a Cicilia como figura clave de la red en ese mismo periodo.
Ya como líder emergente en la Cámara de Florida, Rubio envió una carta oficial recomendando a Cicilia para obtener licencia de bienes raíces, sin revelar que era su cuñado ni que vivía entonces con los padres de Rubio. La misiva decía: “Lo recomiendo para licencia sin reservas”. Cicilia obtuvo la licencia.
Notas de la época registran que Cicilia colaboró en tareas inmobiliarias para la campaña de Rubio en 2010 y que dos hijos de Cicilia recibieron pagos por servicios de consultoría y video de comités vinculados a Rubio.
Aquí no hay un “delito por parentesco”. Tener un familiar que delinquió no invalida una carrera pública. Pero cuando ese funcionario levanta la voz contra cárteles, impulsa deportaciones por condenas antiguas y lidera una operación regional “anti-narco”, su historial familiar y decisiones pasadas (como la carta de 2002) quedan bajo lupa. En 2025, Miami New Times recordó ese contraste mientras la política federal endurece el rasero para inmigrantes con viejas condenas de drogas.
Claves TeclaLibre (preguntas que Rubio debería responder) Transparencia: ¿Por qué no revelar el conflicto de interés en 2002? ¿Fue prudente tramitar una recomendación oficial para un pariente con ese prontuario?
Coherencia: Si el mensaje actual es “tolerancia cero” con redes y cómplices, ¿cómo se explica el apoyo político-administrativo a un ex traficante cercano?
Estándares iguales: ¿Qué diferencia hay entre “dar una segunda oportunidad” a un cuñado y negar perdón migratorio a otros con condenas viejas por drogas? (La administración exhibe ese endurecimiento).
Conclusión TeclaLibre: Rubio no es responsable penal de los actos de Cicilia; sí es responsable de la consistencia entre su discurso de “guerra contra el narco” y sus actos cuando tuvo que elegir entre ética pública y lealtad familiar. Al poner destructores frente a Venezuela y politizar el relato del “narco-régimen”, la credibilidad del mensajero importa. Si Rubio quiere que América Latina crea en su cruzada, tendrá que explicar —con documentos y sin evasivas— por qué en 2002 consideró apropiado apoyar la reinserción de su cuñado sin transparentar el vínculo, y cómo ese estándar convive hoy con la mano dura que exige a los demás. La guerra de narrativas se gana con coherencia.
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