Rechazo masivo, legitimidad rota y una geopolítica vista desde el hambre
Más del 90 % de los venezolanos rechaza a Nicolás Maduro y desconoce su victoria electoral. La crisis ya no se explica solo en clave ideológica: es una experiencia cotidiana de empobrecimiento, usurpación del poder y dependencia externa. Mientras el régimen se sostiene por alianzas geopolíticas, la calle venezolana mira en otra dirección: liderazgo opositor interno, presión internacional y una salida que no llega.
En Venezuela, el debate académico quedó atrás.
La discusión ya no gira en torno a modelos políticos, sino a cómo sobrevivir un día más.
Los datos confirman lo que la calle repite sin matices: 91 % de imagen negativa de Nicolás Maduro. 92 % de los venezolanos convencidos de que Edmundo González ganó las últimas elecciones.
La forma en que se nombra al poder no deja espacio a eufemismos: dictadura, narcorégimen, usurpación. No es retórica militante; es lenguaje social. La legitimidad no se discute: se perdió.
“El salario no alcanza ni para comer; en Venezuela solo subsisten los enchufados”.
La frase, repetida desde Caracas hasta Carabobo, resume mejor que cualquier informe técnico la estructura real del país.
Una minoría conectada al poder —con acceso a divisas, contratos y protección— frente a una mayoría atrapada entre inflación, servicios colapsados y migración forzada. El chavismo gobernante ya no administra un Estado: administra privilegios.
En el discurso oficial, China, Rusia, Irán y Cuba son aliados estratégicos frente al “imperialismo”.
En la experiencia cotidiana del venezolano común, son otra cosa:
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China: acreedor que cobra en petróleo.
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Rusia: sostén militar y diplomático, sin impacto social visible.
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Irán: cooperación opaca para sostener al régimen.
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Cuba: asesoría política e inteligencia interna.
No se les percibe como socios solidarios, sino como actores extractivos. No trajeron prosperidad ni orden: trajeron más dependencia, más deuda y menos soberanía.
Por eso, la frase “Estados Unidos quiere el petróleo venezolano” ya no indigna. Provoca ironía. Para millones, el petróleo ya fue entregado… solo que a otros.
Aquí el análisis tradicional tropieza con la realidad.
La figura de Donald Trump concentra una conversación masiva vinculada a Venezuela, con valoración mayoritariamente favorable y en español. No es una narrativa importada desde Washington: es procesada desde la experiencia venezolana.
Trump no es visto como salvador ideológico, sino como actor externo dispuesto a romper la inercia.
“El único que habló claro”, “el único que presionó de verdad”, “el único que no negoció con el régimen”.
No se trata de afinidad política. Se trata de desesperación estratégica.
En contraste con el descrédito generalizado, María Corina Machado emerge como el liderazgo con mayor legitimidad empírica del país.
Con niveles de imagen positiva cercanos al 80 %, Machado encarna algo escaso en Venezuela: coherencia sostenida. Para muchos, no es un símbolo emocional, sino la última apuesta racional frente a un sistema agotado.
Las narrativas que aún intentan justificar al gobierno de Maduro se concentran en tres frentes:
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El chavismo duro, dependiente del Estado y del aparato ideológico.
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La izquierda internacional, que analiza Venezuela como símbolo, no como país real.
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El pragmatismo geopolítico, que acepta al régimen porque “es lo que hay”.
Ninguna de estas visiones logra conectar con la vivencia cotidiana del venezolano común, que ya no teoriza: padece.
Sí, el petróleo venezolano es estratégico.
Sí, Estados Unidos, China y Rusia compiten por influencia.
Pero el colapso venezolano no fue creado desde afuera. Fue administrado desde adentro.
El petróleo no se usó para desarrollar el país, sino para perpetuar el poder.
Para millones de venezolanos, la pregunta ya no es quién quiere el petróleo, sino quién puede ayudar a desmontar el régimen.
Cuando un pueblo empieza a ver actores extranjeros como posibles liberadores —y no como invasores— no es porque haya sido manipulado, sino porque todo lo demás falló.
Maduro ya no gobierna sobre consensos, sino sobre miedo, alianzas externas y agotamiento social.
La verdadera incógnita no es si su poder es legítimo.
Es cuánto más puede sostenerse sin el país que dice gobernar.
–Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre–
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