Poir Ramon Espinola
EDUCANDO POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA
VIRIATO FIALLO
Médico, científico y político de conciencia incómoda. Defensor de la soberanía patria en 1916.
Pocos dominicanos han concedido a Viriato Alberto Fiallo Rodríguez el sitial científico que, como galeno e investigador, debió ocupar con justicia en la memoria nacional.
El delito silencioso que cometió fue pensar por cuenta propia en una época donde pensar sin permiso era considerado subversión.
Trujillo intentó arruinar su carrera científica; no logró, sin embargo, borrar su estatura moral ni su valentía cívica.
Viriato Fiallo nació en Azua de Compostela el 28 de octubre de 1895, en medio de una nación sacudida por crisis económicas y por la pesada herencia de la dictadura de Ulises Heureaux, mejor conocido como Lilís. Mientras tanto, el Caribe lanzaba sus últimos gritos de libertad frente al imperio español, solo para caer, con puntualidad histórica casi administrativa, bajo la órbita de los Estados Unidos, que convirtió el Mar Caribe en ese lago estratégico donde, desde el siglo XV, las potencias extranjeras han aprendido a nadar con sorprendente soltura.
Su infancia y juventud transcurrieron en un escenario convulso: la Guerra Hispanoamericana, la recomposición geopolítica del Caribe, la asfixiante deuda externa dominicana que desembocó en el Acuerdo de 1907 —donde la nación cedió el control de sus aduanas a la potencia del Norte—, la Ocupación Militar estadounidense de 1916 a 1924, la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión de 1929, que desplomó mercados y esperanzas por igual. Fue en medio de ese huracán histórico donde se formó una generación de médicos dominicanos obligados a estudiar ciencia mientras el mundo parecía empeñado en practicar autodestrucción sistemática.
En 1915 obtuvo el título de Bachiller en Ciencias Físicas y Naturales en la Escuela Normal Superior de Santo Domingo.
Ese mismo año ingresó a la carrera de Medicina, graduándose en 1922 como Licenciado en Medicina y Cirugía.
Paradójicamente —o tal vez simbólicamente— recibió su exequátur profesional bajo un Estado controlado por autoridades militares norteamericanas, lo que demuestra que en la historia dominicana hasta los títulos profesionales han tenido que pasar por filtros geopolíticos e imperialistas. Vaya vaina histórica.
En 1923 fundó la revista científica Tribuna Médica, espacio donde se discutían los principales avances médicos de la época. Allí publicó algunos de los primeros trabajos científicos dominicanos en el área de la cardiología, disciplina que en aquel momento apenas comenzaba a consolidarse en el país.
El doctor Fiallo se destacó como uno de los primeros investigadores dominicanos en estudiar sistemáticamente dos de los grandes flagelos sanitarios del inicio del siglo XX: la tuberculosis y el paludismo. Sus investigaciones sobre esta última enfermedad le valieron reconocimiento internacional.
En 1926 escribió el trabajo “La tuberculosis y el paludismo en la República Dominicana”, investigación que le otorgó el Premio de Honor y la Medalla Finlay en el Congreso Médico de 1933, galardón inspirado en el célebre epidemiólogo cubano Carlos Finlay, descubridor del papel del mosquito en la transmisión de la fiebre amarilla.
En 1935 presentó otros trabajos científicos de gran valor: “El Pian en la República Dominicana”, “La Uncinariasis en la República Dominicana” y “El Aborto Provocado”, evidenciando una mirada médica integral que no temía abordar problemas sociales disfrazados de enfermedades biológicas.
Pero la historia dominicana tiene una costumbre casi ceremonial: castigar a sus mejores ciudadanos cuando estos se niegan a rendir culto al poder. Con la llegada de Rafael Leónidas Trujillo al poder en 1930, Viriato Fiallo fue uno de los primeros en oponerse abiertamente al régimen. Pagó el precio habitual: prisión, persecución, humillaciones públicas y la cancelación de su exequátur.
Durante tres décadas vivió bajo vigilancia constante, en un país donde la delación era política de Estado y el silencio, mecanismo de supervivencia.
Fue uno de los pocos dominicanos que conocían detalles del complot que culminó con el ajusticiamiento del dictador en 1961. Formó parte del grupo vinculado a la Embajada de los Estados Unidos, junto a otros médicos distinguidos como los doctores Brossa y Vaquero, recordándonos que en la política caribeña, incluso los actos de liberación suelen escribirse en múltiples idiomas diplomáticos.
Tras la caída del régimen, Fiallo asumió la presidencia de la Unión Cívica Nacional (UCN), organización creada para erradicar el trujillismo. Sin embargo, como suele ocurrir en las transiciones históricas, los ideales colectivos pronto fueron disputados por ambiciones individuales. Sectores conservadores y élites tradicionales transformaron la UCN en partido político, llevando a Fiallo como candidato presidencial en las elecciones del 20 de diciembre de 1962.
Su contrincante fue Juan Bosch, quien resultó electo. Poco después, sectores conservadores —respaldados por la jerarquía de la Iglesia Católica, militares corruptos y grupos oligárquicos— aprovecharon el clima paranoico de la Guerra Fría para acusar a Bosch de comunista. La Revolución Cubana servía de fantasma conveniente, y el Pentágono, como era costumbre en la región, no tardó en mostrar interés activo, culminando en el Golpe de Estado del 25 de septiembre de 1963.
Como hecho curioso debemos citar que durante la primera ocupación norteamericana 1916-1924 se opuso a esta y estuvo detenido, en 1960 ya cooperaba con los Estados Unidos en el ajusticiamiento de Trujillo. A partir de la muerte del dictador se convirtió en un alfil de la política norteamericana hasta el extremo de participar en el derrocamiento del gobierno de Juan Bosch en septiembre de 1963.
Viriato Fiallo falleció en 1983, tras una vida dedicada a la salud del pueblo dominicano y a la defensa de sus libertades políticas. Su legado nos recuerda una verdad incómoda: las dictaduras pueden encarcelar cuerpos, pero rara vez logran domesticar conciencias científicas.
Políticamente perteneció a la derecha recalcitrante.


