Teclalibre Multimedios /
Roy C. Boland /
The University of Sydney, Australia /
En más de una ocasión Mario Vargas Llosa, novelista y no poeta, se ha referido a la
poesía como el género literario supremo, el más antiguo que existe, donde la lengua se
transforma en algo rico y esplendoroso. En Ideario poético, una antología de la obra del
salvadoreño Félix Protasio (Tato) Osegueda (1932-2017), es aparente que su poesía aspira a
la excelencia en cuanto a su lengua, forma, temas e ideas. El libro está bellamente compilado y editado, en una rara combinación de amor y rigor, por su hija, Loly Osegueda Giné.
Tato Osegueda fue, de profesión, un exitoso arquitecto, pero fue a la vez un poeta de vocación.
Sus poemas, escritos entre 1949 y 1992, pertenecen ahora a la historia literaria de El
Salvador, un país que Marcelino Menéndez Pelayo denominó un pequeño territorio de poetas.
El libro contiene un Prólogo por Loly Osegueda Giné, en el que explica los criterios
empleados para la organización de los poemas por temas distribuidos en siete capítulos,
seguido de una Biografía de Tato, un hombre carismático, intrépido y amoroso.
En las páginas biográficas se incluye, además, valiosa información sobre el teniente coronel Félix de Jesús Osegueda, padre de Tato, quien jugó un importante papel, no sólo en la vida del hijo, sino también en el escenario político de El Salvador en las décadas de los 1930 y 1940.

Desde sus primeros poemas, escritos cuando apenas salía de la adolescencia
(1949-52), hasta el último poema con fecha confirmada (1992), Tato Osegueda muestra un
don para la palabra—siempre concisa, esmerada, sugerente; y según la exigencia de los
temas evocados, la palabra puede ser romántica, lírica, sensual o introvertida, y viene
enriquecida con resonancias familiares, históricas, mitológicas, políticas o metafísicas. Sus
versos vienen condimentados con imágenes llamativas o dramáticas, a veces truculentas,
como en esta denuncia de los crímenes perpetrados entre 1931 y 1944 por “el Tirano”
salvadoreño, cuyo nombre el poeta no se digna a mencionar, y su cómplice, el dictador Osmín Aguirre y Salinas:
Mas fue poca la boca de los muertos
para contar la infamia censurada.
Subió hasta el ápice como un esqueleto
la negra historia del Aguirre Salinas,
buitre afilado en las matanzas
del treinta y dos amargo en nuestra historia. (“La vida”, 1944)
Las imágenes, surgidas del recuerdo y la imaginación, suelen provenir de la naturaleza
(el mar, el sol, la noche, la nieve, peñascos, estrellas, piedras, cocos, jícamas, madreselvas, caracoles, algas, peces, amapolas), y también de algunos de los pueblos y ciudades en que ha vivido Tato (Río de Janeiro, con sus playas y palmeras; Guatemala, con su melancolía falsa; Usulután, la ciudad de su padre con sus paredes blancas, cocos y algodón; Jucuapa, el pueblo de su madre con muros destruidos y lágrimas de tristeza después de un devastador terremoto; y San Salvador, la pequeña capital, con sus techos rojos, sus pseudo-rascacielos y miseria en los pueblos circundantes). En algún momento descuella alguna imagen surrealista: Un caballo galopa sobre peces,
Destrozando la luna de la tierra (“España”).
George Eliot, la gran novelista inglesa que también escribió poesía y crítica literaria,
mantuvo que la buena literatura debe dar la impresión de estar pintando cuadros. En los
poemas de Tato Osegueda, las imágenes pintan objetos, escenas o personajes, transmitiendo
al lector sensaciones, emociones e ideas, como en estos versos sobre la llamada “Jornada de Ahuachapán”, cuando un contingente de obreros, campesinos y estudiantes universitarios y de secundaria, se unieron a una insurrección armada contra la dictadura reinante en El
Salvador en diciembre de 1944:
Así murió de acero y de metrallas
Francisco Chávez, con el pecho abierto
a un ideal saturado de presagios.
Cayó Herbert Lindo, el niño contra
el hato y el redil, contra la piara (“La muerte”, 1944-1945).

En este poema las imágenes cobran valor simbólico: los caídos son mártires y
patriotas, mientras que sus adversarios son bestias y asesinos.
El episodio es particularmente emotivo para el poeta, ya que el comandante del levantamiento fallido en Ahuachapán fue su padre, el Coronel Félix de Jesús Osegueda, un militar que anhelaba la libertad, democracia y modernidad para su país. En “La vida”
(1944), el hijo retrata así al padre:
Corrió sobre las tumbas aún frescas
conmoviéndose de sangre adolescente.
Recordó al amigo muerto por ideales
trabajados hombro a hombro en las escuelas…
Pensó, lloró y quiso hacer de tanta
sangre un cimiento de entereza
Estos mismos ideales impregnan otros poemas políticos de Tato. “Guatemala” (1954)
es una oda a la heroica gesta del presidente Jacobo Arbenz por transformar su país en un
modelo de democracia, educación y justicia social que inspiraría al resto de Latino América.
Tristemente, una nefasta conspiración “hecha en USA” entre los militares, la oligarquía y la
Iglesia saboteó el gran proyecto guatemalteco, pero el poeta anima a sus hermanos “color de cobre y plumas” a no perder la esperanza:
Ya viene, y habrá entonces, cuando triunfe la vida,
nuevos cantos, América.
La luz será de risas y de estrellas.
La mayoría de los poemas en la antología están escritos en verso libre, pero dentro de
este esquema se experimenta con una variedad de métrica y versificación. El poeta maneja
con soltura un repertorio de técnicas, entre las que destacan la enumeración, las preguntas
retóricas, la personificación y el apóstrofe.
Una de sus técnicas favoritas es la anáfora, la
repetición de una o más palabras al principio de versos sucesivos, como en “Ese niño” (1985), que está dedicado a uno de sus hijos, el fruto del amor entre el padre y la madre:
Es él que prolonga mi ternura en tu cuerpo.
Es él que te dice que no me dejes ir.
Es él que ha borrado la voz innecesaria.
Es él que con su palabra te alejó del silencio.
En algunas páginas, el poeta en su juventud experimenta componiendo sonetos con versos
que suenan a boleros cantados por Lucho Gatica, como en el siguiente ejemplo:
Afuera es el invierno quien besa la ventana,
y en ese intenso frío naufragó mi tristeza.
Yo quisiera grabar mi dolor en el frío,
fuera de mi pensar, y no desear guardarlo.

(“Frío de saberla a lo lejos”, 13 de mayo de 1952).
La poesía de Tato Osegueda confirma la tesis de que para ser un buen escritor hay que
ser también un buen lector.
Es aparente que, desde joven, Tato estaba familiarizado con la
literatura moderna, y especialmente con la poesía. En su obra se escuchan sobre todo ecos
de tres grandes figuras: Pablo Neruda, Jean-Paul Sartre y Gustavo Aldolfo Bécquer.
En dos series tituladas Cantos al Origen y Cantos a la Historia, compuestas de poemas
escritos entre 1951 y 1992, Tato emula la voz épica del gran Neruda en su Canto General
para pintar un friso o mural geográfico, histórico, cultural y político de Latinoamérica a través
del tiempo. Los poemas empiezan con imágenes de la prehistoria (“la geografía corporal de la piedra”, “la selva era mojada de aguas verdes”), pasan por la majestuosa naturaleza (“el Ande hiló su altura”, “el Chimbarazo, corazón de nervio”, “el águila se posa en sus altas cavernas” ), y llegan a las razas, lenguas, leyendas y culturas americanas (“la fuerza del chibcha”, “los corazones incas”, “el guaraní también posee tu lenguaje dulce”, “las piramidales arquitecturas muertas”, “Popocatepetl”).
La llegada de los españoles, bárbaros y codiciosos, significó, “huesos”, “sangre”, “congojas”, “arpías del odio” y “gárgolas del llanto”, además de “extraños demonios” que “no traían a Cristo”.
Por otra parte, un aspecto positivo es que al mezclarse con las razas indígenas, los españoles produjeron una nueva raza: “esta estirpe de piel morena y blanca” que ahora puebla el Nuevo Mundo. E importantemente, el mestizaje le dio al poeta Tato la bella lengua que habla, y en la que escribe sus versos para grabar la memoria que legará a sus hijos e hijas “para que se afirmen en su sangre, que es la mía”.
Tras la Conquista y las guerras de independencia surgen héroes como Zapata, Martí
(José y Farabundo) y Jacobo Arbenz para luchar por la liberación del yugo colonial, pero
Latinoamérica no se puede apartar de la “guerra, sangre y paz ninguna” que arrasa el mundo.
El poeta amplía su visión hasta España, China, Rusia, Corea y Alemania, y lamenta las
persecuciones y masacres, denuncia las maldades de dictadores y usureros, y llora por las
víctimas de “la bala estallada” y el “proyectil de hierro» como Federico García Lorca y las
anónimas “madres ultrajadas”.
La imagen pintada es deprimente y lúgubre, como en este
cuadro de explotadores, hipócritas y asesinos:
Es la sangre, es la vida que en campos se tiende,
es el hombre que mata con suavidad de hombre,
es el honorable cura que predicaba amor de hermano,
es el judío perseguido y libertado por el oro,
es el escribiente desde su escritorio,
es el banquero y el fabricante que siguen su tarea
de un constante mantener de lucros en las manos
y los otros, los otros, los sin más culpa que ellos mismos,
dos amos que dirigen la guerra desde lejos.
(“Guerra y sangre, y paz ninguna”, 1951)
Al igual que Neruda en célebres poemas antiimperialistas como “Standard Oil Co.» y
“La United Fruit Co.”, Tato Osegueda dirige algunas de sus críticas más duras contra los
Estados Unidos por su cínica política de agresión y rapacidad en Latinoamérica.
Ya en el tercer poema de la antología, “La muerte” (1944-1945), que denuncia la “obsidiánica saña de
los cuarteleros” contra los jóvenes patriotas en Ahuachapán, se sugiere la implicación de “los diplomáticos venidos del norte”, a la vez un recuerdo y un presagio de las conspiraciones “hechas en USA” a lo largo del siglo veinte. En “Hombre del Mundo” (1991), ya no se sugiere, sino que se explicita la violencia de los norteamericanos en las repúblicas del Sur: “todos los corazones destruidos por los fusiles norteamericanos”. A renglón seguido, pensando probablemente en la guerra civil en El Salvador (1980-1992), el poeta culpa a la Casa Blanca abiertamente por la sangre derramada:
Varios hombres vibrarán en el aire con balas mortales, serán el arma justa para los que beben la sangre de sus hermanos en los vinos de los banquetes dados en la Casa Blanca.
Es patente la ira e indignación en estos versos, pero el control técnico y la calidad estética
impiden que caigan en la trampa de la propaganda o la consigna política.
Hay un poema político de Tato que merece una mención especial: “Oda a la hoz y el
martillo”. Para apreciar y comprender esta celebración de Rusia —en realidad la Unión
Soviética— durante la feroz dictadura de Stalin, hay que fijarse en la fecha de composición al pie del poema: “Segunda mitad de los años 50”.
Durante estos años el comunismo, el marxismo y el socialismo —términos que solían emplearse sin precisión, más bien sinónimamente— constituían la ideología de rigueur entre la izquierda en el mundo occidental, la cual tenía considerable peso entre la juventud progresista en Latinoamérica, donde el comunismo de Neruda tenía mucha resonancia. Todavía más influencia tenía Jean Paul Sartre, el mandarín intelectual de la época, cuyos pronunciamientos solían tener la fuerza de una verdad bíblica. Por lo tanto, cuando Sartre pronunció su célebre dictum: “Todo anticomunista es un perro”, muchísimos jóvenes aceptaron la palabra del maestro. Sartre se dio cuenta de que bajo Stalin se estaban cometiendo crímenes y abusos en Rusia que se debían criticar y tratar de corregir, pero no había más remedio que aceptar el comunismo, ya que parecía ofrecer la única respuesta a los problemas políticos, sociales, económico y humanos del mundo de su época. Es en este contexto que se debe leer “Oda a la hoz y el martillo” del joven Tato Osegueda, que concluye el poema con la esperanza de que: el empuje del marxismo salte libre y sin cadenas; que a mi patria envilecida se le saque del oprobio de la bota imperialista.
Es aparente, además, que el concepto del “compromiso” pregonado por Sartre
condiciona el pensamiento político de Tato Osegueda. En términos generales, “el
compromiso” quería decir que una persona debería asumir la época que vivía, eso es, tomar conciencia de los problemas sociales y políticos existentes, dentro y fuera de su entorno, y hacer lo que estuviera a su alcance para mejorar la humanidad. En el caso de un escritor, la forma más práctica para expresar este “compromiso” era su “pluma” pues, según Sartre, la palabra era un arma. En “La hoz y el martillo”, Tato elabora la metáfora de Sartre:
Y el maestro está enseñando ante un público enemigo lo que vale su doctrina.
Abre el libro de su rifle, disparando la palabra de su bala defensiva.
Otra dimensión de Pablo Neruda está presente en algunos poemas de Tato Osegueda:
el erotismo de Veinte canciones de amor y una canción desesperada (1924).
Mario Vargas Llosa recuerda que un aura de transgresión, prohibición y pecados rodeaba este libro a mediados de los 1940, cuando él era niño y su mamá escondía su copia en su mesita denoche.
Neruda fue un pionero del erotismo en la poesía moderna en Latinoamérica, y a lo
largo de la antología, especialmente en la sección titulada Romances —una serie de poemas de amor inspirados por varias novias— el joven Tato continúa la tradición con memorias francas, imágenes gráficas y experiencias sensuales, pero siempre expresadas dentro de un marco poético.
En “Los caminos del tedio”, escrito cuando tenía diecinueve años, recuerda “el
alma ardiente de una prima mía” y los “besos ocultos” a la mirada de su abuela, que
sospechaba de él. En el mismo poema, recuerda un encuentro con una joven en una playa
solitaria donde “estalló en espuma mi anhelo contenido”.
Como en los poemas de Neruda, en los de Tato es el amante que posee el cuerpo de
la amada, pero el amor transforma a la mujer en un ser divino, como en “Serás mía”:
Mi potencia amorosa no tendrá otro escape que tu cuerpo de diosa nacarada.
Serás, tú, Yolanda, el futuro de mi vida…Carnal, espiritual, pero también tan romántica es esta experiencia, que tras nombrar a
la amada, el poeta deja constancia del lugar, fecha y hora exacta de su apoteosis amoroso:
México, 15 de mayo de 1951; 11 horas, 10 minutos de la noche.
Finalmente, no se puede hacer un comentario de la poesía amorosa de Tato Osegueda
sin hacer mención de Bécquer (1836-1870), el gran poeta romántico de la literatura en
español. Sin duda alguna, Tato conocía a fondo los poemas de Bécquer, a tal grado, que no
es una exageración afirmar que muchos de sus poemas de amor son unas variaciones del
famoso cuarteto de Bécquer:
Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso…yo no sé
que te diera por un beso (1868).
Como lo indican los títulos, el beso es un motivo sobresaliente en los poemas de Tato:
“Beso”, “¿Qué se siente en un beso?”, “He querido estar triste con tus besos”, “A una novia
que no he besado”, “En el tiempo de un beso”. Dondequiera que se abra la antología, sea en poemas de la juventud o en los de la madurez del poeta, aparecen besos o bocas besándose, como en “Los amantes entre el todo y la nada” (1985), donde el beso y la boca acompañan el éxtasis del amor: cerrando tus ojos pardos a mi boca besante,
humedeciendo de amor el lecho en el que tiemblas
entregada y amante
recibiéndome más allá de tus fuerzas,
temblando como una espiga bajo las tormentas
que mi boca provoca en la extensión de tu alma!
El poema concluye con los amantes en feliz unión:
Con tu boca en mi boca,
abrigada a mis brazos,
digo tu nombre y naces,
dispersando en el mundo
tu alegría conmigo.
El repertorio de besos es impresionante: hay besos de deseo, de pasión, de adoración,
de despecho, de odio, de despedida, y hasta hay besos que no se dan, como en el caso de
una novia a la que nunca besó: “es el único rostro sin mis labios…” Sin embargo, por más que enaltezca el beso, hay algo superior en la vida de Tato Osegueda: la poesía que nos regala esta memorable antología. El beso no es sino un bello pretexto para escribir los versos que le dan sentido a su vida.
BIBLIOGRAFÍA
Boland, Roy C. Culture and Customs of El Salvador. Westport, Connecticut, 2001.
—. “A Short History of the Literature of El Salvador.” Antípodas XIII/XIV, 2001/2002, 65-88.
Eliot, George. The Complete Shorter Poetry. Ed. Antoine Gerard van den Broek,
London: Routledge, 2025.
Gallegos Valdés, Luis. Panorama de la literatura salvadoreña. UCA Editores, San Salvador
1981.
Menéndez Pelayo, Marcelino. “La poesía hispano-americana en América Central.”
Letras 50, 2011, pp.125-161.
Vargas Llosa, Mario. “La poesía es el género literario supremo.” El País, 13 de mayo 2011.
ROY C. BOLAND es Catedrático Honorario de Español y Estudios
Latinoamericanos de la Universidad de Sydney en Australia. Sus libros
incluyen Oedipus and the Papa State: A Study of Individual and Social
Psychology in Mario Vargas Llosa’s Novels of Peruvian Reality, (1988),
Culture and Customs of El Salvador, (2001) y Una rara comedia. Visión y
revisión de las novelas de Mario Vargas Llosa” (2003). Es editor general
de Antípodas. Revista de Estudios Hispánicos y Gallegos, y miembro del
Consejo de Honor de la Cátedra Mario Vargas Llosa. En 2009 el Rey de
España le concedió la Cruz de la Orden de Isabel la Católica en
reconocimiento de su contribución al Hispanismo.
Editorial information: 861.44
0844: Osegueda Giné, Loly
Ideario poético de Tato Osegueda /Loly Osegueda Giné
siv 1a. ed.—San Salvador, El Salvador.
Teleimpresos, 2021. 229 pgs: 23 cm.
ISBN 978-99961-2-489-1 <impreso>
1.Poesía salvadoreña. 2. Cuentos salvadoreños. 3. Literatura
salvadoreña. I.Título
BINA/jmh
US COPYRIGHT TXu 2-127-035
11 de noviembre de 2018
Portada: Fotografía aérea cortesía de Keny Cuéllar Dutch de los
pueblos redondos de Rubicación 1,2,3 en el Departamento de
Chalatenango diseñados bajo la dirección del Arquitecto Tato
Osegueda.
Diseño gráfico de portada: Erika García

