InicioESTADOS UNIDOSEl precio de la viralidad en las grandes giras: cómo son determinadas...

El precio de la viralidad en las grandes giras: cómo son determinadas por las redes sociales y su efecto en las expectativas de los fans | Entretenimiento en Estados Unidos

-

El pasado 3 de junio, Bad Bunny acabó su cuarta noche de residencia europea del Debí Tirar Más Fotos World Tour en Madrid, pero existía cierta tensión entre algunos de los asistentes. “Hoy no ha sacado ningún artista invitado”, comentaban varios usuarios en redes sociales.

Hasta el momento, en todas las fechas en España había salido un artista sorpresa. No fue el caso de esa noche. Además, en sus primeras fechas en Europa también ha recibido críticas por el formato de la Casita (una estructura que replica una casa tradicional puertorriqueña), por ser considerada elitista y cosificar a las asistentes, ya que hasta ahora el equipo del artista seleccionaba en su mayoría a mujeres, además de, en general, a personas famosas e influencers, sin tener en cuenta el factor de inclusividad en su elección.

De todos estos elementos que tanta conversación han traído en redes, se pone de evidencia una cuestión Las críticas no se corresponden, en realidad, con el concepto más intrínseco de un concierto (que viene a ser básicamente ir a un lugar y ver al artista cantar, la calidad vocal, la puesta en escena, el setlist), sino a un elemento que ha ido ganando cada vez más centralidad, especialmente en las grandes giras mainstream de la industria musical: la viralidad.

La estrategia de la diferenciación

Del confesionario de los famosos de Rosalía, el Apple Dance de Charli XCX, la posición en Juno de Sabrina Carpenter, a la canción exclusiva de Taylor Swift en ‘The Eras Tour’, algo que otros artistas como Bad Bunny, Katy Perry o Lady Gaga han replicado a su manera en sus más recientes tours. Se trata de elementos que tratan de elevar las giras, de diferenciar unas fechas de otras, pero que el mayor impacto que tienen es, sobre todo, su trascendencia al público global.

Y es que si haces el mismo show en todas tus fechas una y otra vez, la primera fecha habrá miles de videos comentándolo. Pero si en cada concierto hay un formato adaptado y reconocible para redes sociales y un extra (desde una acción específica como un dance break o una referencia a una era artística anterior, a una simple pero apreciada interacción con el público), ya no solo tendrás a las 15.000 personas de una arena o a las 60.000 de un estadio pendientes, sino a los millones de fans en plataformas preguntándose: ¿qué canción nueva habrá cantado, qué artista habrá salido hoy o qué persona aleatoria del público hará que el show gane cientos de miles de likes por post?

Se trata de una estrategia reiterada, especialmente en las grandes producciones, que mantiene a una audiencia conectada y al interés en una gira constantemente renovada. Y no solo eso: además de ofrecer una frescura cíclica, el público adquiere un nuevo producto, o al menos, un nuevo packaging: la sensación de haber vivido una experiencia única, ya sea porque en cada espectáculo obtiene un cambio en el setlist, una canción que el artista no había cantado hasta ahora y puede ser que no la haya cantado en siete años, o una aparición que el público de la ciudad o fecha anterior no presenció.

En realidad, parece un win-win. Si no se tiene en cuenta la escalabilidad del precio de las entradas, pareciera que los artistas están brindando una mayor generosidad a su público, intentando brindarles una experiencia optimizada. Y es que es una realidad: las grandes giras, sobre todo de artistas femeninas y después de la pandemia con la fiebre de los eventos en directo, han elevado la apuesta: grandes no, grandísimas escenografías, álbumes conceptuales que requieren sus macroproducciones conceptuales, decenas de cambios de outfits de diseñador y momentos específicos del show donde el discurso del artista o las interacciones con el público forman parte de una coreografía en un ajustado timing.

Un nuevo formato de conciertos que ya no solo aspira a ser consumido en directo, sino que trata también de ganarse la aprobación de un escenario global y online. Algo que parece zanjar la pregunta de si cada vez los conciertos están más orientados a su consumo en redes sociales.

En el Motomami Tour, Rosalía y su equipo fueron pioneros en utilizar esta realidad a su favor. La presentación del disco se hizo en un histórico TikTok Live, donde la artista brindaba una primera mirada a su trabajo de estudio con una performance coreografiada para el formato 16:9 vertical. Un enfoque que siguió después en la ejecución de su gira: las grandes pantallas que habitualmente coronan la parte posterior del escenario parecían sacadas de un FaceTime con la artista.

Rosalía en el Motomami tour, en Ciudad de México, en noviembre de 2022.

El precio de la viralidad

Bad Bunny decidiendo no sacar a ningún artista en su cuarta noche de la residencia europea en Madrid ocasionó la misma sensación de confusión que Karol G acabando su Mañana Será Más Bonito Tour sin ninguna sorpresa, cuando en noches anteriores se habían presentado ante el público estrellas como Bad Gyal, Ryan Castro, Cris MJ o Amaia Montero. El público reclama algo que en realidad no va con la entrada: algo más que el artista saliendo a cantar sus canciones.

Ni hablar tiene del despropósito cibernético que ocasionaría que Bad Bunny dejara de hacer el formato de la canción exclusiva de repente, que Shakira no llevara a cabo su tradicional caminata oficial (‘Caminando con la Loba’), que Rosalía no hiciera su confesionario cuando se reincorpore al LUX Tour en Estados Unidos, que Katy Perry no le diera una canción al público para elegir de forma interactiva, que Lady Gaga no hubiera elegido una canción especial para la ciudad en la que toca al acabar su show o que Beyoncé no hubiera salido en un carro volador en su show del Cowboy Carter Tour (a pesar de que en uno de ellos, el coche empezó a inclinarse de tal manera que supuso un riesgo para la cantante).

A esto se suma la elevada exigencia con relación a todo aquello que no es la música: el vestuario, las acrobacias, los efectos especiales, el cuerpo de baile… elementos que se han exigido y que existen, sobre todo, en los espectáculos de las artistas femeninas, más como un requerimiento forzado que como un requisito para mostrar su valía sobre el escenario.

Y es que quizá ese sea uno de los principales riesgos de someter los espectáculos en directo a la dinámica de funcionamiento de las redes: que las críticas, el hate y la sensación de falsa cercanía y, por tanto, la mayor exigencia y la necesidad de cada vez mayores y más grandes estímulos cruzan la pantalla y contribuyen a desplazar, más si cabe, el papel de la música y la conexión del artista con su público.

Related articles

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Stay Connected

0SeguidoresSeguir
3,912SeguidoresSeguir
22,800SuscriptoresSuscribirte

Latest posts