Entre la Promesa del Desahogo y la Prueba de Fuego Vial
Santo Domingo. — El corte de cinta siempre es la parte fácil: alfombra roja, vehículos oficiales impecables rodando en cámara lenta y el murmullo de felicitaciones bajo el sol caribeño. Ayer, la Plaza de la Bandera dejó de ser solo el epicentro de las manifestaciones y monumentos para convertirse en la trinchera del nuevo mega-paso subterráneo capitalino.
Pero tras el eco del aplauso oficial y las fotos para la historia, en TeclaLibre le metemos la lupa a lo que dicen los diarios, el avispero que se armó en las redes y el debate encendido en los pódcasts matutinos.
Para entender la dimensión del hormigón, hay que mirar las cifras del proyecto:
RD$ 3,300 millones: El monto invertido, extraído del cofre resultante de la renegociación del contrato con Aerodom.
1.2 kilómetros: La extensión total del tramo, con 760 metros de túnel totalmente soterrado, conectando de forma directa el flujo de la Av. Gregorio Luperón con la Av. 27 de Febrero.
5,000 vehículos/hora: El caudal máximo que el Ministerio de Obras Públicas promete canalizar en horas pico.
La letra pequeña: Prohibido el paso a camiones de doble remolque y cargas combustibles. Un detalle crítico de seguridad vial que la DIGESETT tendrá que hacer cumplir a hierro y fuego.
¿Cómo lo Vendió la Prensa? El ecosistema de medios impresos y digitales reaccionó en tres bandas bien definidas:
Los diarios tradicionales lo ven como el triunfo de la infraestructura. El foco estuvo en el presidente Luis Abinader al volante y el «desbloqueo definitivo» del corredor que conecta la capital con la región Sur.
Programas radiales y pódcasts de opinión practican un optimismo cauteloso. El consenso de las mesas matutinas celebra la ingeniería, pero cuestiona el «efecto embudo»: ¿se resolvió el tapón o solo lo mudaron 500 metros más adelante hacia Isabel Aguiar?.
En el avispero de X (Twitter) e Instagram hay un choque de relatos. Entre memes de choferes celebrando el ahorro de combustible y la fiscalización opositora sobre el costo por metro lineal y los tiempos de ejecución.
La Crónica de la Calle dice que el verdadero examen de una obra pública no se aprueba con tijeras de inauguración, sino con «el estrés del chofer de carro público y el padre que lleva los niños al colegio un lunes por la mañana».
En los pasillos digitales de X y TikTok, la conversación ya no gira sobre la arquitectura de la obra, sino sobre la conducta vial. Santo Domingo tiene la maestría de convertir obras de ingeniería de clase mundial en paquebote cuando se cruza la imprudencia del volante con la falta de fiscalización.
El cuello de botella histórico entre la Luperón y la 27 de Febrero era una tortura diaria. La promesa de ahorrarse de 20 a 30 minutos de tapón suena a gloria para miles de familias. Sin embargo, en los pódcasts de análisis urbano se reitera una advertencia clave: el cemento solo no hace milagros si no se reordena el transporte colectivo sobre la superficie.
El Veredicto TeclaLibre: El túnel de la Plaza de la Bandera es, técnicamente, una solución necesaria a un problema ahogante. Políticamente, es una pieza de trofeo para mostrar capacidad de ejecución con fondos renegociados.
Sin embargo, en esta redacción nos reservamos la medalla de oro. La obra aprueba con honores en diseño e impacto visual, pero la verdadera nota se la pondrá el reloj del ciudadano común cuando choque con la realidad del tránsito diario. Si la velocidad promedio sube y el nudo de la salida al Sur se desata de verdad, la apuesta habrá pagado cada centavo.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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