CRÓNICA DE UN CHOQUE ANUNCIADO: EL TEATRO DE TRUMP, EL CONTRAGOLPE DE PEZESHKIAN Y EL DIÁLOGO DE SORDOS EN LA ONU
Por Luis Rodríguez Salcedo / Redacción de TeclaLibre
El imponente hemiciclo de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York no es ajeno al teatro diplomático, pero esta semana la cartelera ofreció un drama de esos que hacen temblar el sismógrafo de la geopolítica. En menos de veinticuatro horas, el mármol verde de la tribuna principal sirvió de escenario para un choque frontal de dos mundos, dos narrativas y dos potencias que se miran con el dedo en el gatillo.
El primer acto lo protagonizó Donald Trump. Con su habitual retórica de martillo y escuadra, el mandatario estadounidense utilizó su turno al bate para arrinconar a Teherán, colgándole la etiqueta de «terrorista» y exigiendo un cordón sanitario global contra la república islámica. Fue un discurso diseñado para su base, para Israel y para dejar claro que, en su visión del tablero, no hay matices: o se está con Washington, o se es el enemigo.
Pero si Trump repartió fuego, Masoud Pezeshkian no subió al estrado al día siguiente a pedir agua. El presidente iraní, calculador y afilado, llegó con la clara intención de voltear la narrativa. Y lo hizo apelando a la vieja pero efectiva táctica de arrebatarle el papel de víctima a su verdugo.
«Ayer, el presidente de Estados Unidos afirmó que Irán es terrorista. Nosotros somos víctimas del terrorismo», sentenció Pezeshkian. Las palabras flotaron pesadas en la inmensa sala. Pero el iraní sabía que en la era de la imagen, las palabras no bastan. Con una crudeza calculada, exhibió fotografías del devastador bombardeo a una escuela en Minab, un saldo trágico de unos 120 niños muertos. «Ven a estos niños; estos niños perecieron bajo bombas con armas utilizadas por Estados Unidos e Israel», disparó, apuntando directo a la moralidad del discurso occidental.
De repente, el «Estado terrorista» se presentaba ante el mundo como un actor en «legítima defensa». La jugada de Pezeshkian —al mejor estilo del ajedrez persa— buscaba desarmar la acusación estadounidense de tajo: «Nosotros no hemos hecho más que defendernos. No somos terroristas».
Mientras el líder iraní advertía sobre el peligro de un orden mundial donde «el poder militar reemplace a la legitimidad y la guerra reemplace a la diplomacia», en las butacas estadounidenses se escenificaba el desprecio. El único delegado de Washington presente en la sala se levantó y abandonó el recinto. Un portazo silencioso. Una coreografía diplomática que gritaba lo que ya todos sabían: a Estados Unidos no le interesa escuchar la versión de Teherán.
Pero Pezeshkian no le hablaba a la silla vacía de Washington. Su mirada y su discurso estaban puestos en el Sur Global y, sobre todo, en sus vecinos árabes. Al hablar de un Estrecho de Ormuz seguro y asegurar que Irán «no ve a sus vecinos como rivales», lanzaba un guiño a las potencias petroleras de la región, intentando romper el cerco que Trump pretende construir.
Advirtió, con la sutileza de quien esconde una daga en la túnica, que «las amenazas unen a la nación iraní» y que no inclinarán la cabeza ante las presiones contra su desarrollo nuclear.
Al final, cuando se apagaron los micrófonos, lo que quedó flotando en la sede de la ONU fue un espeso diálogo de sordos. Washington y Teherán utilizaron el mismo escenario, pero hablaron para universos paralelos. En este choque de trenes retórico, la diplomacia brilló por su ausencia, confirmando nuestra suspicacia habitual: en el gran teatro de las Naciones Unidas, los discursos de paz suelen ser, paradójicamente, las mejores declaraciones de guerra.
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