Por Luis Rodríguez Salcedo | TeclaLibre
En Texas, los republicanos tenían motivos para sentirse en su casa. La noche del 3 de noviembre, los votantes les cambiaron la cerradura. La demócrata Gina Hinojosa derrotó al gobernador Greg Abbott, su partido ganó un escaño en el Senado federal y se quedó con la Cámara de Representantes del estado. En Georgia, Keisha Lance Bottoms ganó la gobernación. Y en Washington, según el recuento de Associated Press, los demócratas conquistaron las dos cámaras del Congreso.
Al partido que ocupa la Casa Blanca le suele ir mal en las elecciones de medio término. Hasta ahí, poca novedad. Lo que merece atención es que los republicanos perdieron incluso distritos donde Donald Trump había ganado por márgenes de dos dígitos apenas dos años antes. Cuando la derrota entra hasta la cocina, cuesta despacharla diciendo que soplaba viento en contra.
Trump volvió a la Casa Blanca con una promesa que cualquiera podía comprobar sin encender el televisor. Bastaba con ir al supermercado o llenar el tanque. Los sondeos recogidos por Reuters indican que los precios pesaron en la decisión de los votantes y que muchos responsabilizaron al presidente. Hay que tener bastante fe en una gorra roja para esperar que haga de descuento en la caja.
Ahí puede estar el principio del fin de MAGA. Trump conserva la presidencia y su movimiento tiene seguidores capaces de decidir candidaturas republicanas. Pero el partido acaba de descubrir cuánto le cuesta la obediencia cuando toca salir a buscar votos fuera de ese círculo. De aquí a 2028 veremos cuántos aspirantes se atreven a discrepar del jefe en público. En privado, después de semejante resultado, sospecho que ya son unos cuantos.
La sacudida cruzó el Atlántico. En Francia, Jordan Bardella cuestionó las consecuencias económicas de la intervención estadounidense en Irán. En Alemania, Alice Weidel recordó que Trump había prometido evitar nuevas aventuras militares. En Italia, Matteo Salvini habló de las guerras y del costo de la vida. La ultraderecha europea conserva sus votantes, pero ya se ve el golpe al prestigio de su socio en Washington. Qué rápido aprende a guardar las distancias quien hasta ayer sacaba pecho por la cercanía.
Si los republicanos quieren recuperarse, tendrán que volver a ser un partido donde se pueda discutir un presupuesto, cuestionar una guerra y escoger un candidato sin preguntarle primero a Trump qué le parece. Cambiar al hombre que lleva la gorra serviría de poco si todos los demás siguen obligados a ponérsela.
Y a la centroizquierda demócrata le conviene mirar bien la factura que le dejaron los votantes. Muchos fueron a cobrarle una promesa incumplida al gobierno. Ahora que los demócratas tienen más poder, también podrán cobrarles a ellos. Les toca demostrar qué pueden hacer con el precio de la vivienda, el salario y la compra de la semana. Si se pasan dos años celebrando que derrotaron a Trump, le habrán regalado a su próximo imitador el discurso de campaña.
En Washington ya saben quién perdió. En el supermercado se va a saber quién entendió por qué.
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