Por Eduardo Leon
Él no es una causa; es una consecuencia.
La consecuencia de décadas de educación deficiente, de barrios abandonados, de un narcotráfico que ocupó el espacio que el Estado dejó vacío. Creció donde el estudio parecía menos útil que el tigueraje y las malas mañas para progresar.
Cometió errores. Ahí están las fotos.
Pero también tuvo una idea y la convirtió en negocio. Vio oportunidades, creció y acumuló riqueza. Tiene visión e instinto comercial; eso es innegable.
El problema es que terminó confundiendo dinero con sabiduría, popularidad con liderazgo y éxito económico con autoridad moral. Se volvió soberbio, se rodeó de aduladores y llegó a creerse intocable.
Millones lo ven como un ejemplo porque representa la posibilidad de escapar de la precariedad. No por sus ideas, sino por lo que aparenta haber logrado.
No tiene una ideología clara, pero se monta en una época que premia la estridencia, el insulto y los mensajes simples. Asume causas que no comprende y recibe apoyo por identificación tribal más que por reflexión.
Los políticos tradicionales, responsables de muchas de las condiciones que hicieron posible su ascenso, se le acercan. Lo temen. Saben que es un síntoma de algo más profundo.
Algunos intentan orientarlo. Otros creen que podrán controlarlo. La historia demuestra que eso rara vez termina bien.
Mientras tanto, la democracia exhibe su lado más frágil: multitudes dispuestas a respaldar cualquier cosa que diga su líder, movidas por el resentimiento, el desencanto o la sed de revancha.
Entonces el problema deja de ser él.
El problema somos nosotros.
Porque cuando una sociedad convierte la fama en autoridad, el dinero en virtud y la rabia en proyecto político, el resultado suele ser desastroso.
Y cuando llegue la factura, no la pagarán quienes aplaudieron. La pagarán nuestros hijos y nuestros nietos.
Si llegamos a tenerlos.


