LA CRÓNICA DE TECLALIBRE
El fin de la tierra prometida: México y el giro continental hacia la expulsión haitiana
Por la Redacción de TeclaLibre
Hubo un tiempo —no tan lejano, apenas dibujado en las hemerotecas de la última década— en que México funcionaba como un pasillo abierto de esperanza. Una alfombra geopolítica donde miles de ciudadanos haitianos, huyendo del colapso institucional y la violencia de las bandas en Puerto Príncipe, caminaban con la mirada fija en el Río Bravo. México era el territorio de tránsito, la estación intermedia antes del sueño americano. Hoy, esa narrativa ha saltado por los aires. El gobierno mexicano ha apretado la tuerca migratoria. Lo que antes se gestionaba con una mezcla de tolerancia táctica, salvoconductos temporales y mirada esquiva, se ha transformado en un protocolo estricto de deportación forzosa. Autoridades del Instituto Nacional de Migración (INM) han confirmado lo que en las calles de Tapachula o en los albergues de Tijuana ya era un secreto a voces: los vuelos de retorno y los autobuses de contención no son la excepción, sino la nueva política de Estado. Si se toma el pulso a las redes sociales, los foros y el circuito de contenidos en video, el cambio de época es indudable. En la conversación digital sobre el tema se observa un patrón recurrente: La empatía inicial que despertó el terremoto de 2010 o la crisis política tras el magnicidio de Jovenel Moïse ha mutado. Hoy predominan tendencias cargadas de soberanismo, donde las demandas de «seguridad nacional» y «fronteras cerradas» ganan tracción impulsadas por sectores locales fatigados por la saturación de servicios públicos. El fenómeno se consume en formato de transmisión en vivo y crónicas urbanas. Creadores de contenido registran los operativos nocturnos en las fronteras, transformando la tragedia humana en piezas de consumo veloz, entre la denuncia social y el sensacionalismo. Analistas geopolíticos y defensores de derechos humanos debaten sobre el «efecto tapón». La tesis dominante en los programas de opinión es que América Latina ha externalizado las fronteras de Estados Unidos, convirtiendo a los países de tránsito en aduanas represivas.
Una sinfonía regional de cerrojos
México no está solo en este viraje; se suma a un concierto de naciones que han decidido cerrar la puerta. República Dominicana mantiene un ritmo de deportaciones sin precedentes a través de la frontera terrestre; las Bahamas y Jamaica aplican repatriaciones marítimas inmediatas, mientras que Estados Unidos no ha cesado en sus vuelos de devolución. La región caribeña y continental ha construido, en la práctica, un consenso tácito: Haití es una crisis demasiado compleja para ser absorbida, y la contención es la única respuesta presupuestada.«La solidaridad que antes se mostraba en discursos multilaterales se ha desvanecido. En su lugar, el continente ha implantado una arquitectura de expulsión que redefine el trato hacia el migrante caribeño.»
La mirada de TeclaLibre: Lo que revela el caso mexicano es la consolidación de un pragmatismo severo. México ha dejado de verse a sí mismo —y de ser visto— como un país de acogida o de libre paso para convertirse en el último filtro represivo. Al expulsar a miles de haitianos sin estatus legal, el Estado mexicano alivia la presión en su frontera norte, pero profundiza la herida humanitaria de un pueblo que ya no encuentra refugio en ninguna esquina del mapa continental.
La crisis haitiana ya no es un asunto insular ni un problema exclusivo de Puerto Príncipe. Es la prueba de fuego que ha hecho crujir el discurso de derechos humanos de toda América Latina.-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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