La piel fue la primera en dar la alarma. El color del rostro de Alberto Gutiérrez Reyes dejó de ser el mismo hasta adquirir un tono amarillento que inquietó a quienes compartían celda con él en el centro de detención para inmigrantes de Adelanto, California. Después llegaron el cansancio, la falta de apetito, el desánimo y el aislamiento. El mexicano, que llevaba apenas unas semanas bajo custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), dejó incluso de salir al patio. “Un día le dije: Beto, tú estás mal. Te voy a sacar para que llamemos a los médicos”, recuerda un migrante que convivió con él. Según su relato, Gutiérrez Reyes pidió varias veces que lo atendiera un médico, pero nadie acudió. “Cuando por fin lo sacamos, se le empezó a dormir el brazo y se desmayó”. Lo trasladaron de urgencia a un hospital cercano. Nunca regresó. Dos días después, murió.
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