El anuncio de Delcy Rodríguez —en funciones de presidenta encargada tras los acontecimientos de inicio de año— sobre la firma de un histórico pacto petrolero a 25 años con la Casa Blanca de Donald Trump saca a la luz la verdadera matemática del poder global. En el teatro geopolítico venezolano, los discursos ideológicos caen frente al peso de 1.5 millones de barriles diarios. A continuación, desmenuzamos al puro estilo de TeclaLibre, qué es lo que hay detrás de este entendimiento, a quién le sirve la jugada y en qué rincón de la escena quedan marginadas las esperanzas de cambio democrático.
Pactos, barriles y realpolitik: La comedia geopolítica que nadie predijo
Por TeclaLibre
Hay días en que la política internacional decide quitarse el maquillaje y mostrar las costuras. El mensaje transmitido por Venezolana de Televisión (VTV) no fue una alocución oficialista más; fue el parte de victoria del pragmatismo sobre los dogmas. Delcy Rodríguez, luciendo la solemnidad del cargo provisional, le anunció al país y al mundo que Venezuela y Estados Unidos han quedado amarrados en un acuerdo petrolero de 25 años de vigencia. La meta: inyectar tecnología, desplegar a colosos como Chevron, Repsol, Eni, Shell y BP, y bombear más de 1.5 millones de barriles diarios.
En la jerga del poder, Rodríguez lo resumió como el sueño de ser una «potencia energética». En la jerga de la calle, es el desembarco formal de la realpolitik.
El reparto de fichas: ¿Qué significa este pacto?
Para la administración que encabeza Rodríguez, el pacto es aire puro y blindaje institucional. Tras el sismo político que sacudió la cúpula del poder, el Palacio de Miraflores cambió la épica del enfrentamiento imperialista por la calculadora fiscal. Asegurar una proyección de dividendos de más de 200.000 millones de dólares y el aval pragmático de Washington le permite al chavismo gobernante garantizar su gobernabilidad a corto y mediano plazo. Ya no se trata de resistir al «bloqueo», sino de co-administrar la riqueza del subsuelo.
Para la Casa Blanca de Donald Trump, es el triunfo rotundo del axioma «America First». Washington no necesitaba rehacer las instituciones de un país vecino a su imagen y semejanza; necesitaba asegurar el flujo de crudo pesado para sus refinerías, tomar control indirecto sobre gigantescas reservas estratégicas y mantener a raya las garras de China y Rusia en el patio hemisférico. En la visión de Trump, el petróleo es el lenguaje universal: si la producción fluye y las cuentas cuadran, los debates sobre legitimidad pasan a segundo plano.
Para la oposición —encabezada por figuras como María Corina Machado y Edmundo González—, la noticia cae con el peso de una losa helada. El tablero por el que bregaron durante años ha sido reconfigurado sin pedirles permiso. La diplomacia energética de las superpotencias suele marginar las actas electorales cuando hay contratos de un cuarto de siglo de por medio.
Para los observadores más agudos y los «mal pensados» de siempre, esta jugada expone con nitidez implacable tres certezas desnudas:
-
Las intenciones reales jamás fueron puramente democráticas: Washington no buscaba la restitución inmediata de un gobierno civil de transición, sino la estabilidad operativa de los yacimientos de crudo. La causa de la libertad institucional fue un argumento utilitario; el verdadero objetivo siempre se midió en octanaje.
-
La retórica ideológica era un decorado: El mismo aparato oficial que durante décadas calificó el capital privado y trasnacional como el «enemigo del pueblo», hoy le firma a las multinacionales occidentales condiciones de explotación por 25 años que envidiaría cualquier república bananera de inicios del siglo XX.
-
El verdadero poder no vota, cotiza: La real «potencia energética» de la que habla la retórica oficial no será el Estado venezolano con soberanía plena, sino el conglomerado de corporaciones anglo-americanas y europeas que tendrán la llave de la tecnología y el control del mercado global. Caracas aporta el subsuelo y la mano de obra; Houston y Londres dictan la pauta.
¿Y los que aún esperaban el cambio?
En este ajedrez de gigantes, María Corina, Edmundo y las bancadas que aguardaban la restitución del mandato popular han quedado relegados a la grada. Atrapados en una narrativa moral mientras las transnacionales firman convenios de operaciones en 17 campos estratégicos, su capacidad de presión política se diluye en la medida en que la chequera estadounidense valide al régimen de turno.
El convulso drama venezolano entra así en una etapa donde la ideología ha muerto, vencida por la transacción. Los ciudadanos que contaban los días para ver el retorno de las libertades formales descubren hoy que las decisiones determinantes no se tomaron en las urnas, sino en la mesa donde se cotiza la producción de barriles diarios.



