CRÓNICA URBANA / FARÁNDULA & PODER
Angelita Peña le puso el cascabel al gato y arremetió sin piedad contra Santiago Matías «Alofoke», avivando la eterna hoguera: ¿es su contenido un motor sociocultural o un floreciente imperio alimentado por la ignorancia? Entre el silencio por temor a engordar el algoritmo y el pánico a «caer en la boca» del magnate digital, TeclaLibre desmenuza la radiografía de un debate donde nadie sale limpio.
Hay peleas en el patio mediático dominicano que no necesitan campana, porque la audiencia ya vive con
los guantes puestos. Bastó con que Angelita Peña apretara el gatillo verbal para que los cimientos de la
farándula, la comunicación formal y la política criolla volvieran a crujir. El blanco de sus dardos: nada más y
nada menos que Santiago Matías, el autoproclamado dueño del «prime time» digital, el hombre que ha
convertido la controversia en moneda de curso legal y a quien Peña acusó, sin anestesia, de vender un
espejismo peligroso con tufo a retroceso social.
La comunicadora no anduvo con rodeos ni guardó las formas de la diplomacia institucional. Cuestionó sin
miramientos la utilidad del edén de contenido que despacha diariamente la plataforma Alofoke. ¿Su mayor
desvelo? El impacto –casi hipnótico– que esta narrativa de billetes, chisme de patio, altanería y choque de egos
ejerce sobre una juventud golpeada por la falta de referentes sólidos. Para Angelita, el modelo de negocio no es
ninguna hazaña empresarial digna de monumento; es, en sus propias palabras, el lucrativo arte de facturar a
costa de la ignorancia ajena y los dramas de la miseria social.
Pero en esta comedia de la vida real, el fenómeno no es solo lo que Angelita dice, sino lo que los demás
callan. Porque hablar de Alofoke en la República Dominicana de hoy requiere una dosis extra de coraje o una
absoluta desconexión con el entorno digital. Matías dejó de ser hace mucho tiempo un simple productor de música urbana para convertirse en un sistema de poder mediático con tentáculos en la política, el comercio y la
opinión pública.
Ahí es donde entra en juego el sofisticado y curioso «Efecto Algoritmo». Un nutrido grupo de analistas,
comunicadores «serios» y pulcros creadores de contenido prefieren tragar amargo y guardar un silencio
sepulcral. ¿La razón? Pura física digital: en las redes sociales, la indignación también cotiza en bolsa.
Cuestionar al gigante es regalarle interacción, mencionarlo es sumarle visitas y rebatirlo es alimentarle el
negocio. Quienes aplican esta táctica prefieren la indiferencia táctica, convencidos de que responderle a la
plataforma es hacerle el coro a la misma fiesta que dicen aborrecer.
EL PAVOR A «CAER EN LA BOCA» DEL INNOMBRABLE
Luego está la otra fauna, bastante más numerosa y visiblemente más asustada: los que no dicen esta boca es
mía por puro y duro pánico a «caer en la boca» del Innombrable. En el cibermundo criollo, entrar en el radar
del edificio de la 19 de Enero equivale a meterse de cabeza en una tormenta perfecta de descalificación
coordinada, troleo masivo y fusilamiento de reputación a escala nacional.
Nadie quiere ser la tendencia del martes por la noche ni la portada de un directo de medianoche. Enfrentar a
esa maquinaria implica arriesgar el pellejo digital, soportar que esculquen la vida personal y aguantar que una
horda de seguidores desfogue su artillería de comentarios sobre cualquier perfil personal o corporativo. En ese
escenario, la autocensura no es cobardía; en el manual de supervivencia de muchos, es simplemente
pragmatismo.
Mientras Angelita Peña lanza la piedra y destapa la caja de Pandora sobre la calidad ética de la oferta
mediática, Alofoke sonríe frente a los paneles LED, factura en dólares y coquetea con la boleta electoral. El
debate sobre si es un visionario de las masas populares o un catalizador de la decadencia cultural sigue
encendido. Lo único seguro en esta crónica es que, entre algoritmos hambrientos y bocas temibles, el circo
digital sigue su marcha y el público —fascinado o indignado— no deja de hacer clic.


