El tablero se incendió en Ormuz (y las esquirlas cayeron sobre Jordania)
Todo empezó, cómo no, en una lengua de tierra y roca donde el agua de las petroleras se angosta hasta dar vértigo: la isla de Larak. Allí, justo en las tripas del estrecho de Ormuz, el Mando Central estadounidense decidió lanzar un «ataque preventivo». La versión oficial desde Washington no escatimó en adjetivos: se buscaba inutilizar lanzadores de la Guardia Revolucionaria que —según la inteligencia norteamericana— preparaban minas navales con ganas de estrangular el tráfico marítimo global. La versión de Teherán, en cambio, habló de soberanía violada y cuerpos recuperados bajo los escombros.
Pero si en la Casa Blanca pensaron que el manotazo en Larak mantendría a los iraníes acorralados en su costa, el cálculo duró pocas horas. Teherán no se limitó a la retórica del dolor; prefirió extender el mapa.
Primero fue un zumbido nocturno sobre la base de Al Minhad, en los Emiratos Árabes Unidos. El objetivo no era casual: el área de estacionamiento de los helicópteros y los alojamientos de las tropas estadounidenses. Y mientras los radares del Golfo asimilaban el golpe, desde los hangares del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica llegaba la confirmación del segundo movimiento, mucho más ambicioso.
Misiles balísticos y drones suicidas pusieron rumbo al noroeste, cruzando cielos árabes hasta encontrar las bases aéreas de Rey Huseín y Al Azraq, en suelo jordano. Es ahí donde la narrativa oficial choca contra el escepticismo de la calle: mientras Amman apresura comunicados asegurando que sus defensas interceptaron la mayoría de los proyectiles que violaron su espacio aéreo, Teherán proclama la operación «Castigo al Agresor» como un éxito inapelable que deja en evidencia la vulnerabilidad de las plataformas de cazas estadounidenses.
Detrás del intercambio de fuego se adivina una estrategia que excede el mero desquite. Al golpear en Jordania y Emiratos, Irán no solo busca a los soldados de Washington: le está enviando una factura a los Gobiernos anfitriones. La señal para las capitales de la región es transparente y amarga: prestarle la pista de aterrizaje al Pentágono equivale a firmar una diana en el propio suelo.
El conflicto ya no se juega solo en las aguas del petróleo. La pregunta que flota ahora entre las cancillerías no es cuántos misiles quedan en las bodegas de Teherán, sino cuánto tiempo más podrán los aliados árabes de Estados Unidos sostener este fuego cruzado sin que la crisis les devore la casa.


