SANTO DOMINGO.— Hay un libreto harto conocido en la política dominicana: el del empresario exitoso que desembarca en la administración pública con aura de mesías técnico, para luego marcharse lamentando la «maldad» de un ecosistema que, según él, nunca llegó a comprender. Lisandro Macarrulla acaba de desempolvar ese viejo libreto.
En una reciente comparecencia en el podcast conducido por Henya Tejeda, el primer ministro de la Presidencia del gobierno de Luis Abinader decidió ajustar cuentas con su pasado reciente. ¿Su conclusión principal? Que aceptar el cargo en 2020 fue un «error de su parte», fruto de una insistencia cuyos autores prefirió —con calculada prudencia— mantener en la penumbra.
El mito del «tecnócrata arrastrado» al poder
Llama la atención la repentina ingenuidad que se atribuye a un hombre curtido en las cúpulas corporativas y gremiales del país. Macarrulla confiesa ahora que no estaba preparado para «la intriga política, la maldad política y la falta de visión». Sin embargo, resulta difícil digerir que quien fuera uno de los principales armadores del proyecto empresarial-político del Partido Revolucionario Moderno (PRM) desconociera las reglas del terreno que pisaba.
Decir que debió renunciar «el mismo día en que fue designado» suena más a un intento de lavado de imagen retroactivo que a una sincera autocrítica. En la fauna política local, nadie acepta un ministerio de la envergadura de la Presidencia por simple compromiso social o presión de pasillo, para luego descubrir, sorprendido, que los tiburones muerden.
“Yo no quería ser funcionario, fue un error de mi parte, pero me sentí un poco bien después, porque creo que aporté mucho en los peores momentos del Gobierno…” — Lisandro Macarrulla.
Para matizar el amargo sabor del «error», el ex-funcionario acudió de inmediato a la muleta favorita de los tecnócratas: las estadísticas de recuperación. Recordó el crecimiento de casi un 12 % en 2021 tras el desplome pandémico, atribuyéndose parte del mérito en la creación de las condiciones sectoriales para el despegue económico.
Lo que el relato ameno del podcast esquiva con elegancia es el verdadero detonante de su salida. Macarrulla no dimitió en agosto de 2022 por hastío de las intrigas partidarias ni por cumplir un supuesto «pacto de dos años» acordado en privado con el mandatario. La realidad institucional fue mucho más pedestre y dolorosa: el estallido de la Operación Medusa, donde la mención de su entorno familiar directo en los expedientes de supuesta corrupción vinculados al exprocurador Jean Alain Rodríguez volvió insostenible su permanencia en el Palacio Nacional.
El pase de factura de Macarrulla deja flotando varias preguntas incómodas: ¿A quién servía señalar la «falta de visión» de sus antiguos compañeros de gabinete? ¿Por qué callar los nombres de quienes le «insistieron» para ocupar la silla principal del Palacio?
Más que una confesión desinteresada, sus palabras revelan la incomodidad de la élite corporativa cuando comprueba que el Estado no se maneja como una junta de accionistas. Al final, Macarrulla se retira del debate con el clásico consuelo del incomprendido: atribuye los fracasos a la «maldad» del entorno y se reserva los éxitos de la coyuntura económica. Un relato cómodo, sin duda, pero que en el escrutinio político se lee con bastante suspicacia.
-Luis Rodríguez Salcedo para TeclaLibre-
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