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LA NOCHE EN QUE CUBA APAGÓ SUS CASAS

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Dormir con el cielo por techo: La noche en que Cuba apagó sus casas

El Malecón habanero transformado en dormitorio nocturno.

Al caer la noche, la arquitectura habanera sufre una metamorfosis tan absurda como trágica. Las casas de mampostería y techo de placa, sofocadas por doce, catorce o dieciocho horas continuas de apagón, expulsan a sus habitantes. El aire adentro es una masa densa y pegajosa; afuera, la oscuridad de la calle promete al menos la ilusión de una brisa marina.

En los portales de Centro Habana, en las plazas del interior de la isla y sobre el concreto del Malecón, la escena se repite en bucle desde los primeros meses del año. Familias enteras arrastran colchones raídos, sábanas y almohadas hasta las azoteas o la acera. La vida privada se desborda sobre el espacio público no por vocación comunitaria, sino por pura desesperación térmica.

El pulso de la calle y las redes

Los testimonios que circulan en plataformas digitales y reportajes independientes pintan un paisaje de agotamiento colectivo:

  • El ritual del escape: Madres espantando mosquitos a mano sobre los cochecitos de sus bebés; ancianos sentados en taburetes en medio de la acera buscando un soplo de aire; jóvenes intentando arañar algo de batería en sus teléfonos mediante inventos caseros.

  • El costo del día después: La falta de descanso nocturno se traduce al alba en escuelas semivacías y centros laborales paralizados por el cansancio. El insomnio forzado se ha convertido en una forma silenciosa de desgaste biológico.

  • La desconexión total: En redes sociales, los reclamos ya no solo apuntan a la falta de corriente, sino a la pérdida de la poca comida que se logra conseguir, arruinada en refrigeradores convertidos en simples armarios.

Lo que la narrativa oficial vende como un «momento complejo de mantenimiento», la realidad diaria lo cataloga como un colapso sistémico. Las termoeléctricas del país —piezas de arqueología industrial soviética operadas al límite— no resisten el embate del crudo nacional pesado, rico en azufre, que carcome sus entrañas aceleradamente.

Sin divisas para importar combustible diésel y con las patanas turcas operando a medio gas por impagos o desabastecimiento, la solución gubernamental oscila entre la improvisación y la retórica del aguante. Mientras los partes informativos de la Unión Eléctrica desgranan megavatios y déficits con frialdad matemática, la ciudadanía ha tenido que reinventar el acto fundamental de dormir, convirtiendo las azoteas de la isla en la metáfora más fiel de su presente: un pueblo al aire libre, esperando que amanezca para ver si regresa la luz.

Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-

rodriguezsluism9@gmail.com     https://teclalibremultimedios.com/category/portada

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