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ESTADOS UNIDOS: LA DEUDA QUE FINANCIA AL IMPERIO

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Dólar, bonos del Tesoro, China, Trump y una superpotencia atrapada entre el poder militar y la aritmética

Estados Unidos acaba de cruzar una frontera simbólica que hace apenas unas décadas parecía propia de economías condenadas a las crisis: su deuda federal total ya supera los US$40 billones. La deuda en manos del público ronda el 101% del PIB y el déficit federal de 2026 se encamina hacia los US$1,9 billones.

Pero Washington no es Argentina, Grecia ni Venezuela. Tiene algo que casi ningún otro país posee: el dólar, Wall Street, el mercado de bonos del Tesoro y la capacidad de emitir la moneda que buena parte del planeta todavía necesita para comerciar, ahorrar y pagar sus deudas.

Ahí está la paradoja.

Estados Unidos está cada vez más endeudado, pero esa misma deuda continúa siendo uno de los pilares de su poder mundial.

Y ahora Donald Trump quiere utilizar ese poder para librar una batalla mucho más grande: impedir que China le arrebate el liderazgo económico, tecnológico, militar y monetario del siglo XXI.


La cifra que hace ruido: US$40 billones

La noticia no necesita adornos.

La deuda federal estadounidense superó en agosto de 2026 los US$40 billones, de los cuales aproximadamente US$32,3 billones corresponden a deuda en manos del público y unos US$7,8 billones son obligaciones intragubernamentales. La deuda total se ha más que duplicado desde 2017.

Pero la cifra realmente inquietante es otra.

El Congressional Budget Office calcula que la deuda federal en manos del público equivaldrá al 101% del PIB en 2026 y podría llegar al 120% en 2036. En una proyección de 30 años, podría alcanzar aproximadamente el 175% del PIB.

Es decir: Washington está gastando dinero que todavía no ha producido.

Y lo hace mientras la economía estadounidense sigue siendo gigantesca, productiva y tecnológicamente dominante.

Aquí aparece la primera paradoja del imperio:

Estados Unidos no está endeudado porque haya dejado de ser poderoso; está cada vez más endeudado, en parte, porque utiliza su poder para financiar un modelo económico, social y militar extraordinariamente costoso.


El Tesoro: la máquina que convierte deuda en poder

Cada vez que el Gobierno estadounidense gasta más de lo que recauda necesita financiar la diferencia.

¿Dónde consigue el dinero?

Emitiendo bonos del Tesoro.

Los inversionistas compran esos títulos porque consideran que Estados Unidos es uno de los prestatarios más seguros y líquidos del planeta.

Y aquí ocurre algo extraordinario.

La deuda estadounidense es al mismo tiempo una obligación financiera y un instrumento de poder geopolítico.

Los bonos del Tesoro constituyen una de las principales reservas de valor del sistema financiero internacional.

Bancos centrales, fondos de pensiones, bancos comerciales, fondos de inversión y gobiernos necesitan activos denominados en dólares.

Por eso el gigantesco endeudamiento estadounidense no produce automáticamente una crisis.

Todavía existe una enorme demanda mundial por sus bonos.

Pero esa protección no es infinita.


El problema comienza cuando el acreedor empieza a exigir más

La lógica es sencilla.

Si Washington necesita pedir prestado cada vez más dinero, los inversionistas pueden comenzar a exigir mayores intereses para comprar esa nueva deuda.

Y cuando suben los intereses, aumenta el costo de financiar la deuda existente.

Entonces ocurre esto:

más déficit → más deuda → más intereses → mayor déficit → más deuda.

El CBO ya advierte que los crecientes costos de intereses son uno de los principales factores que empujan al déficit estadounidense hacia arriba. Para 2036, el déficit podría llegar a US$3,1 billones, equivalente al 6,7% del PIB.

El monstruo comienza a alimentarse a sí mismo.


Y entonces aparece la Reserva Federal

Aquí entra la Federal Reserve.

La Fed no controla directamente el déficit federal, pero sí controla las condiciones monetarias que afectan el costo del dinero.

Cuando las tasas suben, financiar nueva deuda resulta más caro.

Cuando bajan, Washington puede refinanciarse a menor costo.

Y cuando la Reserva Federal compra bonos del Tesoro —como ocurrió masivamente durante las crisis anteriores— aumenta la demanda por esos instrumentos y facilita las condiciones financieras.

Actualmente, el balance de la Fed todavía incluye alrededor de US$4,53 billones en valores del Tesoro, según sus datos de agosto de 2026.

Por eso la independencia de la Reserva Federal es un asunto mucho más grande que una discusión técnica entre economistas.

En Estados Unidos, las tasas de interés son también una cuestión de poder fiscal.

Y ahí aparece Trump.


Trump quiere tasas bajas, pero el mercado quiere garantías

Donald Trump ha criticado repetidamente las tasas de interés elevadas y ha presionado por una política monetaria que favorezca el crecimiento y reduzca el costo financiero.

El problema es que los mercados no obedecen necesariamente a la Casa Blanca.

La Fed puede reducir la tasa de referencia, pero si los inversionistas consideran que el Gobierno está acumulando demasiada deuda, pueden exigir mayores rendimientos en los bonos de largo plazo.

Y eso coloca a Washington ante una contradicción:

Trump necesita dinero barato para impulsar la economía, financiar inversiones y aliviar el costo de la deuda; pero el gigantesco déficit puede obligar al mercado a exigir dinero más caro.

Es una pelea entre la política y la aritmética.


El dólar: la carta secreta de Washington

Pero Estados Unidos todavía tiene un comodín.

El dólar.

La moneda estadounidense continúa ocupando una posición central en las reservas internacionales y en las finanzas globales. Y mientras gobiernos, empresas y bancos de todo el mundo necesiten dólares, existe una demanda estructural por activos estadounidenses.

Eso permite a Washington financiar déficits a una escala que sería mucho más difícil para cualquier otro país.

Pero aquí aparece una amenaza silenciosa: la desdolarización.

China, Rusia y otros países no necesitan destruir el dólar de un día para otro.

Les basta con reducir gradualmente su dependencia.

Comprar más oro.

Utilizar monedas nacionales en el comercio bilateral.

Crear sistemas de pagos alternativos.

Diversificar reservas.

Desarrollar mercados financieros propios.

No necesitan declarar la guerra al dólar.

Solo requieren necesitarlo un poco menos cada año.


China entendió el problema antes que muchos

China fue durante años uno de los grandes compradores de deuda estadounidense.

Pero Pekín ha reducido considerablemente su exposición a los bonos del Tesoro respecto de los máximos alcanzados en la década pasada.

Eso no significa que China esté abandonando el dólar.

Significa algo más sofisticado:

está tratando de reducir su vulnerabilidad frente al sistema financiero estadounidense.

Y eso es perfectamente lógico desde la perspectiva china.

Porque si Washington puede congelar activos, imponer sanciones, controlar sistemas financieros y utilizar el dólar como herramienta de presión geopolítica, mantener una enorme reserva en activos estadounidenses también implica mantener una enorme exposición al poder estadounidense.

China quiere conservar dólares suficientes para operar dentro del sistema.

Pero también quiere construir alternativas.


Y aquí aparece la verdadera guerra: no es solo comercial

Trump ha presentado la competencia con China fundamentalmente como una cuestión comercial, industrial y tecnológica.

Pero el conflicto es mucho más profundo.

Estados Unidos y China están compitiendo por:

semiconductores, inteligencia artificial, energía, baterías, minerales críticos, telecomunicaciones, cadenas de suministro, satélites, espacio, industria naval, biotecnología, sistemas de pago y poder militar.

Por eso la deuda estadounidense no puede analizarse separadamente del conflicto con Pekín.

Washington necesita invertir para mantener su superioridad.

Pero esas inversiones cuestan dinero.

Y buena parte de ese dinero sale de un presupuesto que ya presenta enormes déficits.


La paradoja militar

Aquí aparece quizá la contradicción más brutal.

Estados Unidos necesita contener a China precisamente cuando su situación fiscal exige disciplina.

Pero reducir demasiado el gasto militar podría afectar su capacidad de disuasión.

En 2025 Estados Unidos gastó unos US$954.000 millones en defensa, aproximadamente un tercio del gasto militar mundial. China gastó unos US$336.000 millones, según SIPRI.

Y para 2026, el gasto militar estadounidense aprobado supera el billón de dólares; SIPRI advierte que podría aumentar todavía más en 2027 si prosperan las propuestas presupuestarias de Trump.

Trump, además, ha colocado explícitamente a China en el centro de su estrategia de defensa.

Su administración ha planteado aumentar la inversión militar, fortalecer la industria de defensa y reconstruir cadenas de suministro críticas para reducir la dependencia extranjera, especialmente frente a la competencia de China.

Entonces tenemos una ecuación aparentemente absurda:

Estados Unidos se endeuda para conservar su supremacía.

Y necesita conservar su supremacía para mantener la confianza que hace posible financiar esa deuda.


China juega otra partida

Mientras Washington tiene una enorme capacidad militar y financiera, Pekín está construyendo una estrategia diferente.

China no necesita igualar inmediatamente cada dólar estadounidense destinado al Pentágono.

Puede utilizar otras armas:

producción industrial, infraestructura, comercio, minerales críticos, tecnología, inteligencia artificial, cadenas de suministro y expansión de su influencia económica.

China es el segundo mayor gastador militar del planeta, pero su verdadera ventaja estratégica puede estar en su gigantesca capacidad industrial.

La guerra del siglo XXI no se gana únicamente con portaaviones.

También se gana fabricando los componentes que necesita el mundo.


El gran dilema de Trump

Aquí es donde el proyecto Trump enfrenta su contradicción fundamental.

El presidente quiere:

  • reducir impuestos;
  • aumentar la producción nacional;
  • proteger la industria estadounidense;
  • imponer aranceles;
  • reforzar las Fuerzas Armadas;
  • contener a China;
  • invertir en infraestructura y tecnología;
  • mantener el crecimiento;
  • y, al mismo tiempo, controlar la deuda.

El problema es que esas metas no siempre son compatibles.

Si se reducen impuestos sin reducir suficientemente el gasto, aumenta el déficit.

Si aumentan los aranceles, pueden generar ingresos, pero también encarecer importaciones y provocar represalias.

Si se aumenta el gasto militar, aumenta la presión fiscal.

Si se pretende reducir las tasas de interés artificialmente, puede aumentar la preocupación de los mercados por la inflación o la independencia de la Fed.

Y si se intenta obligar a China a comprar más productos estadounidenses, el conflicto comercial puede terminar afectando las propias cadenas productivas estadounidenses.

La ecuación no tiene una solución sencilla.


¿Puede China derribar al dólar?

No parece probable en el corto plazo.

Y aquí conviene evitar el sensacionalismo.

El dólar continúa teniendo ventajas enormes: profundidad financiera, mercados de capitales gigantescos, liquidez, seguridad jurídica relativa, capacidad de emisión y una red internacional construida durante décadas.

El problema no es que mañana desaparezca el dólar.

El problema es que pierda gradualmente su monopolio de facto como moneda indispensable.

Porque si el mundo necesita menos dólares, también necesita menos bonos del Tesoro.

Y si necesita menos bonos, Washington tendrá que pagar mayores rendimientos para atraer compradores.

Ahí la deuda deja de ser solamente un problema contable.

Se convierte en un problema geopolítico.


La paradoja final

Estados Unidos todavía tiene algo que China no posee en la misma escala:

el privilegio de emitir la principal moneda de reserva mundial.

China, en cambio, posee algo que Estados Unidos necesita desesperadamente:

una capacidad industrial gigantesca y cadenas de suministro que Washington está intentando reconstruir dentro de sus propias fronteras.

Por eso la batalla entre ambas potencias no es simplemente por quién tendrá el mayor PIB.

Es por quién controlará las reglas del sistema internacional.

Washington apuesta al dólar, Wall Street, los bonos del Tesoro, la innovación tecnológica y el poder militar.

Pekín apuesta al comercio, la industria, las cadenas de suministro, la tecnología, los minerales estratégicos y una progresiva diversificación monetaria.

Y mientras ambos gigantes se miran de frente, la deuda estadounidense continúa creciendo.


La pregunta que nadie quiere responder

El problema de Estados Unidos no es que tenga deuda.

Todos los grandes Estados tienen deuda.

El problema es que Washington está llegando a un punto en el que necesita pedir prestado cada vez más dinero precisamente para pagar el costo de haber pedido prestado demasiado dinero anteriormente.

El CBO proyecta que la deuda pública pasará del 101% del PIB en 2026 al 120% en 2036.

Y mientras tanto, Estados Unidos pretende financiar una nueva carrera tecnológica, militar e industrial contra China.

La pregunta, entonces, no es si Estados Unidos puede pagar mañana sus US$40 billones.

Probablemente puede.

La pregunta realmente incómoda es otra:

¿Cuánto tiempo puede seguir utilizando la deuda como combustible de su poder sin que el costo de mantener ese poder termine debilitando precisamente aquello que pretende defender?

Porque hay imperios que caen derrotados en el campo de batalla.

Y hay otros que comienzan a perder fuerza cuando descubren que el costo de sostener el imperio crece más rápido que la riqueza necesaria para pagarlo.

Washington todavía está muy lejos de ese precipicio.

Pero por primera vez en décadas, la señal de advertencia ya está encendida en el tablero.

Y Pekín la está mirando.


-Redacción económica de TeclaLibre-

rodriguezsluism9@gmail.com     https://teclalibremultimedios.com/category/portada

 

 

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