InicioEDITORIALEDITORIAL: Gobiernos deben discutir advertencia de Aramco sobre pérdidas petroleras
EDITORIAL: Gobiernos deben discutir advertencia de Aramco sobre pérdidas petroleras
Carlos Márquez /
Hay guerras que se miden por territorios conquistados, ciudades destruidas o número de misiles lanzados.
Pero existen otras batallas, menos visibles y quizá más decisivas, que se libran en los puertos, las rutas marítimas, los depósitos de combustible, las cadenas de suministro y las reservas estratégicas.
La guerra entre Estados Unidos e Irán está entrando precisamente en esa dimensión.
El reciente reportaje de The New York Times sobre los problemas de abastecimiento del portaaviones USS Abraham Lincoln revela una realidad que merece mucha más atención.
Después de los ataques iraníes contra la instalación naval estadounidense en Bahréin, la Marina comenzó a utilizar Diego García como principal punto de recepción y distribución de suministros.
La importancia de este cambio no está solamente en el lugar escogido, sino en la distancia. Diego García se encuentra aproximadamente a 2 mil 200 millas de la zona donde operan las fuerzas estadounidenses.
Esto significa que Washington no ha perdido su capacidad militar, pero sí ha tenido que modificar parte de la arquitectura que permite sostenerla.
Y esa diferencia es fundamental.
Una fuerza militar puede disponer de los mejores aviones, portaaviones, misiles y sistemas de inteligencia del mundo. Pero todos necesitan combustible, repuestos, mantenimiento, municiones, alimentos, personal y transporte.
La guerra logística comienza cuando esos elementos dejan de llegar con la velocidad y regularidad necesarias.
Irán parece haber comprendido esa vulnerabilidad.
No estamos diciendo que Teherán haya destruido toda la estructura logística estadounidense en Oriente Medio.
Esa afirmación sería exagerada. Lo que sí puede sostenerse es que ha conseguido golpear nodos importantes y obligar a Estados Unidos a modificar rutas, aumentar distancias y trasladar parte de su retaguardia hacia el océano Índico.

Y mientras esa batalla logística se desarrolla, existe otra todavía más grande. Nos referimos, a la energética.
Aquí aparece el dato de la empresa Saudi, Aramco que, a nuestro juicio, debería ocupar el centro de la discusión internacional.
Amin Nasser, presidente ejecutivo de esa entidad, afirmó que el conflicto ha provocado la pérdida de más de 2.6 mil millones de barriles de petróleo del suministro mundial.
Pero su advertencia es todavía más significativa- aun si el estrecho de Ormuz se abriera inmediatamente, recuperar los inventarios perdidos podría tomar hasta 18 meses, a un ritmo promedio de 2.1 millones de barriles diarios.
Creemos que, esa apreciación cambia completamente la lectura de los precios del carburante.
El barril del Brent Brent, este miércoles se cotiza a 92 con 18, mientras el WTI alcanza los 86 dólares con 50 centavos por barril.
El mercado, superficialmente, podría interpretar esa cifra como una señal de que la crisis energética está bajo control. Pero sería un error.
Es que el precio del crudo no está reflejando toda la dimensión del problema.
La demanda mundial se ha debilitado. Existen inventarios que todavía permiten amortiguar parte del golpe.
Estados Unidos ha buscado rutas alternativas y ayer el presidente Trump declaró que Ormuz es poseción de Estados Unidos.
sin embargo, Irán insiste en que mantiene el control del estrecho y que solo, aquellos buques que ese país autoriza han podido cruzarlo.
Y debajo de esa realidad se está produciendo un fenómeno mucho más peligroso; y es el consumo de los amortiguadores.
La Agencia Internacional de Energía ha advertido sobre la magnitud extraordinaria de la interrupción provocada por la guerra y la reducción de los flujos a través de Ormuz.
Y existe otra contradicción.
Mientras el crudo permanece relativamente contenido, los productos refinados están sometidos a una presión considerable.
Gasolina, diésel y combustible de aviación pueden convertirse en el verdadero canal de transmisión de la crisis hacia la economía real.
Es decir, el ciudadano no necesariamente tendrá que enfrentarse primero a un petróleo de 150 dólares para sentir los efectos de esta guerra.
Puede sentirlos antes en la gasolina, en el transporte, en los alimentos, en los pasajes aéreos y en los costos empresariales.
Y entonces aparecerá la inflación.
Ahí es donde la guerra energética se transforma en problema monetario.
Si los precios de los combustibles permanecen elevados, la Reserva Federal tendrá menos libertad para reducir las tasas de interés.
Y si las tasas permanecen altas durante más tiempo, se encarece el crédito, se debilita la inversión y aumenta la presión sobre consumidores y empresas.
Por ahora, Wall Street sigue mostrando una sorprendente capacidad de resistencia.
Los mercados están apostando a que el conflicto encontrará una salida antes de que los inventarios se conviertan en un problema crítico.
Y, ¿qué ocurre si esa apuesta resulta equivocada?
Porque la guerra ya no está afectando solamente a los campos de batalla, afecta las rutas marítimas, las cadenas logísticas, los inventarios energéticos y la distancia de la logística militar estadounidense.
Por igual, está obligando al mundo a consumir reservas que después tendrán que ser reconstruidas.
Por todo ello, Teclalibre considera que, la importancia de la advertencia de Aramco no está en los 2.6 mil millones de barriles perdidos, sino, en el tiempo necesario para recuperarlos.
Estamos hablando de dieciocho meses.
Ese es el dato que debería preocupar a los gobiernos, los mercados y consumidores.
La guerra puede terminar mañana, pero las consecuencias logísticas, energéticas, inflacionarias y financieras de una guerra prolongada pueden permanecer durante mucho más tiempo.
Entonces el otro tema importante, no es quién posee mayor poder militar; es, quién puede sostener durante más tiempo el coste de utilizarlo.
Estados Unidos conserva una superioridad militar extraordinaria, pero Irán está demostrando que no necesariamente necesita derrotar esa superioridad directamente.
Puede intentar encarecerla, obligarla a desplazarse, tensionar sus cadenas de abastecimiento, afectar sus rutas energéticas y, puede accionar en interés de desgastar los amortiguadores.
Es que, mientras los mercados todavía sonríen y el petróleo, no alcanza niveles catastróficos, las reservas se consumen, las rutas se alargan y los costes aumentan.
En definitiva, la guerra todavía no ha quebrado al sistema, pero está consumiendo aquello que le permite resistir.
Y ocurre que, cuando esos amortiguadores desaparecen, el precio verdadero de la guerra comienza a emerger; sino, preguntenle al presidente de Aramco.