Por Luis Rodríguez Salcedo
El telón ha caído definitivamente para Lionel Messi en la selección argentina, y lo ha hecho con la precisión milimétrica de una superproducción mediática. Tras 21 años de una relación pendular —que transitó desde el repudio de sus propios compatriotas hasta la divinización absoluta—, el astro rosarino dijo adiós. Lo hizo en Buenos Aires, su tierra, bajo una lluvia de aplausos, lágrimas de rigor y, como no podía ser de otra manera en el fútbol moderno, un guion que no dejó lugar a la improvisación.
A nadie sorprende que la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) haya elegido a Benín como el invitado de piedra para esta velada. En el ajedrez directivo y deportivo, se necesitaba un sparring inofensivo, un conjunto dispuesto a presenciar la fiesta sin estropearla. El 3-0 final es una mera anécdota estadística, un trámite burocrático para adornar la verdadera razón de la convocatoria: la catarsis colectiva de un país que se despide de su deidad futbolística contemporánea.
El penal de la cortesía y los 126 gritos
La suspicacia, indispensable en este oficio, nos obliga a detenernos en el minuto 70. Justo cuando el reloj marcaba el tiempo ideal para el clímax del espectáculo, llegó la infracción en el área. ¿Justicia poética, inercia del juego o una sutil complacencia arbitral para asegurar la foto de portada? Sea como fuere, Messi no perdonó. Con la frialdad que lo caracterizó durante más de dos décadas, transformó la pena máxima en su gol número 126 con la albiceleste. El broche de oro que el marketing y la tribuna exigían.
No se le puede restar un ápice de mérito a una trayectoria de 21 años soportando la presión asfixiante de una de las aficiones más exigentes —y a menudo implacables— del planeta. Messi cargó con la cruz de las finales perdidas y resucitó para levantar los trofeos que le demandaban para sentarse en la misma mesa que Diego Maradona. Sus lágrimas al final del encuentro no parecieron un truco de cámara; eran el desahogo genuino de un hombre que finalmente se quita una armadura demasiado pesada.
El vacío que deja el ídolo
Desde nuestra óptica caribeña, donde también sabemos de pasiones desbordadas y figuras endiosadas, observamos este retiro con una mezcla de admiración y escepticismo sobre lo que vendrá. La maquinaria mediática internacional ya está huérfana. Los noticieros perderán a su gallina de los huevos de oro, y la inevitable —y seguramente infructuosa— cruzada por encontrar al «nuevo Messi» saturará las portadas en los meses venideros.
Se despide el jugador, pero se cristaliza el mito inalcanzable. Este 3-0 ante Benín será recordado no por el fútbol desplegado, sino porque fue la última vez que el número 10 sudó la camiseta. Despedimos al genio, pero mantenemos los ojos abiertos: el fútbol-negocio nunca duerme, y ya debe estar imprimiendo los boletos para su próxima gran función.
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