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«TENGO MENOS TRABAJO, PERO ME TENGO MÁS A MÍ»
El actor y director dominicano, acostumbrado a los reflectores, las alfombras rojas y los éxitos de taquilla, revela una transformación personal: menos compromisos, menos apariencias y una vida más sencilla. Detrás de su decisión asoma una crítica al culto de la fama, al dinero y a la necesidad de aparentar prosperidad.
Por Luis Rodríguez Salcedo | TeclaLibre | 28 de octubre de 2026
Del aplauso al silencio: cuando el éxito deja de ser suficiente
SANTO DOMINGO. — Hay quienes pasan la vida buscando los reflectores y otros que, después de conquistarlos, descubren que la verdadera riqueza consiste en poder apagarlos.
Eso parece estar ocurriéndole a Frank Perozo, uno de los rostros más reconocibles del cine dominicano, quien ha decidido cambiar parte del ajetreo de la industria del entretenimiento por la tranquilidad del campo, la austeridad y una relación menos exigente con la fama.
En una conversación con Irving Alberti en La Fábrica Podcast, el actor y director habló de una nueva etapa personal que, según sus declaraciones difundidas, lleva aproximadamente seis meses.
Su confesión tiene algo de manifiesto contra la ostentación: sabe vivir con poco, aprecia un desayuno de guineítos con huevo y no necesita exhibir restaurantes caros para demostrar que le va bien.
La frase que mejor resume su transformación es tan sencilla como contundente:
«Tengo menos trabajo, pero me tengo más a mí».
No es una declaración de bancarrota ni un anuncio de retiro definitivo. Es, por lo que cuenta, una reconsideración de sus prioridades.
Y en una sociedad donde demasiadas veces se confunde el éxito con el precio del vehículo, el restaurante de moda o la cantidad de seguidores, la reflexión merece algo más que un aplauso pasajero.
El hombre que conoce el precio de la fama
Perozo no es precisamente un recién llegado que intenta hacerse un nombre.
Nacido en Santiago de los Caballeros en 1977, Francisco Ernesto Perozo ha construido una trayectoria como actor, productor y director, con participación en producciones dominicanas e internacionales. Su recorrido incluye películas como La fiesta del Chivo, La hija natural y Jaque mate.
En 2013 protagonizó ¿Quién manda?, comedia romántica que contribuyó a consolidar su popularidad. Posteriormente dio el salto a la dirección con Colao (2017), una producción que conectó con el público y abrió nuevas posibilidades comerciales para el cine dominicano.
Después llegaron Qué León, Los Leones, La vida de los Reyes, Flow Calle, La trampa, Teacher Mechy y Colao 2, entre otros trabajos.
Su filmografía demuestra que no está hablando desde la frustración de quien nunca alcanzó notoriedad, sino desde la experiencia de alguien que conoce las exigencias de mantenerse vigente.
La industria de aparentar: mucho brillo, pero ¿cuánto queda?
La confesión de Perozo pone sobre la mesa una realidad incómoda del espectáculo: la fama no siempre equivale a fortuna.
Una película puede tener una excelente recepción, un actor puede ser reconocido en cualquier establecimiento y, sin embargo, eso no significa que sus ingresos sean permanentes ni que su patrimonio corresponda con la imagen que proyecta.
Hay gastos, temporadas sin contratos, inversiones, compromisos profesionales y una presión constante por permanecer visible.
Perozo no ha divulgado en estas declaraciones cifras de ingresos ni detalles patrimoniales que permitan evaluar su situación financiera. Lo que sí plantea es una diferencia fundamental entre ganar dinero, administrarlo y vivir para aparentar que se tiene.
Y ahí aparece la picardía de la historia: en la farándula dominicana, a veces parece más importante que crean que uno tiene millones que disponer realmente de ellos.
Perozo ha optado, según su relato, por una lógica distinta: reducir compromisos, administrar sus recursos y disfrutar de cosas que no necesitan fotógrafo ni publicación en Instagram.
El campo como refugio, no como derrota
Su acercamiento a la vida rural tampoco resulta completamente extraño en su biografía.
Años atrás, el cineasta había impulsado un proyecto de residencia en Río San Juan, vinculado con las raíces familiares en la costa norte. Aquella experiencia de alejamiento temporal de la actividad cinematográfica fue parte de una etapa anterior de su carrera.
La diferencia es que ahora su discurso parece menos relacionado con tomar vacaciones y más con una filosofía de vida.
No ha presentado el campo como una penitencia ni como una renuncia obligada a la industria. Más bien, lo describe como un espacio para recuperar tiempo, tranquilidad y autonomía.
Y hay una paradoja cinematográfica particularmente sugerente: el director que llevó al público la historia de un hombre del campo que buscaba nuevos horizontes en la ciudad, en Colao, parece estar recorriendo personalmente parte del camino inverso.
En la ficción, el protagonista abandonaba su mundo rural para descubrir otras posibilidades. En la vida real, el cineasta encuentra nuevas posibilidades alejándose del ruido urbano.
Una crítica cultural que va más allá de su propia vida
La conversación con Alberti no se limitó a la economía personal.
En informaciones publicadas el 24 y el 26 de octubre, se recoge otra preocupación expresada por Perozo: la necesidad de rescatar el teatro, la lectura y las bellas artes, incluso cuando esas manifestaciones no sean las más populares.
El actor defendió una formación cultural que comience en las familias y las escuelas, y recordó que la industria artística sostiene numerosos oficios, no solamente a quienes aparecen delante de las cámaras.
Es una reflexión relevante en un mercado donde la viralidad suele confundirse con calidad, y el número de reproducciones amenaza con convertirse en la única medida del valor artístico.
Porque una obra puede no llenar una sala y, aun así, enriquecer culturalmente a una sociedad.
Y un artista puede tener menos contratos sin haber perdido su talento, su prestigio ni su propósito.
El lujo de no tener que demostrar nada
Lo verdaderamente interesante de esta historia no es que un actor famoso se haya mudado al campo.
Tampoco que prefiera un sancocho a una cena sofisticada.
Lo interesante es la decisión de cuestionar un modelo de éxito que exige exhibición permanente, consumo visible y una agenda tan cargada que apenas deja espacio para vivir.
Desde luego, existe una diferencia entre elegir voluntariamente una vida sencilla y verse obligado a sobrevivir con pocos recursos. El minimalismo de una figura reconocida no debe confundirse con las dificultades económicas que afrontan miles de familias dominicanas.
Pero esa distinción no invalida su reflexión.
Frank Perozo parece haber descubierto que el tiempo, la tranquilidad y la libertad de decidir qué hacer con su vida también forman parte del patrimonio de una persona.
Y quizá su nueva etapa contenga una de las mejores lecciones de su carrera.
Después de dirigir historias para la pantalla grande, ha decidido prestar mayor atención al guion de su propia existencia.
Porque en el cine se puede fingir que uno es millonario, héroe o galán. Pero fuera del set, la paz no se alquila, el tiempo no se repone y la felicidad no necesariamente pasa por la alfombra roja.
Al final, puede que Frank Perozo no esté renunciando al éxito. Puede que simplemente haya dejado de confundirlo con el espectáculo.
Un dato adicional: Perozo no abandona el cine
Una información reciente permite matizar su nueva filosofía. En declaraciones recogidas por Radar del Espectáculo, Perozo habló de su décimo largometraje como director, La esquina está en candela, y defendió la calidad cinematográfica por encima de la cantidad de proyectos. También destacó la importancia del trabajo colectivo y de mantener los pies sobre la tierra.
Esto refuerza una interpretación: su cambio de vida no representa necesariamente una despedida del cine, sino otra manera de relacionarse con su profesión.
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