Por Carlos Márquez Cabrera /
La jornada bursátil de este jueves 29 de octubre deja una señal que trasciende los movimientos financieros de Wall Street: la revolución de la inteligencia artificial está entrando en una etapa en la que los mercados exigen resultados económicos concretos, mientras las grandes potencias convierten el desarrollo tecnológico en un instrumento de competencia geopolítica.
El Nasdaq registró una caída del 1.38%, arrastrado principalmente por las pérdidas de grandes compañías tecnológicas.
Alphabet sufrió un desplome especialmente significativo, mientras Amazon e Intel también enfrentaron fuertes presiones de los inversionistas. El Dow Jones retrocedió 0.25%, el S&P 500 perdió 0.30% y el Russell 2000 avanzó 1%.
Esta diferencia revela una rotación de capital: los inversionistas están reconsiderando las valoraciones de las grandes corporaciones tecnológicas y exigiendo mayor correspondencia entre sus inversiones y sus beneficios.
El caso de Alphabet resulta particularmente revelador.
El elevado costo de desarrollar infraestructura de inteligencia artificial, unido a las incertidumbres sobre la evolución de su negocio publicitario, ha despertado dudas sobre la velocidad con que esas inversiones producirán rentabilidad.
Amazon enfrenta un desafío parecido. La expansión de sus centros de datos y de sus servicios de computación en la nube requiere desembolsos extraordinarios.
El mercado comienza a exigir que la inteligencia artificial deje de ser solamente una promesa de crecimiento y se convierta en una fuente demostrable de ingresos.
Sin embargo, limitar esta jornada a una interpretación financiera sería desconocer su dimensión geopolítica.
La inteligencia artificial constituye uno de los principales escenarios de competencia entre Estados Unidos y China.
La capacidad de producir semiconductores avanzados, controlar las cadenas de suministro, desarrollar modelos de IA y disponer de energía suficiente para alimentar los centros de datos se ha convertido en un asunto de seguridad nacional.
Washington busca preservar su liderazgo tecnológico mediante inversiones, restricciones comerciales y controles sobre tecnologías estratégicas.
Pekín, por su parte, procura reducir su dependencia de componentes extranjeros y fortalecer su propia industria de semiconductores e inteligencia artificial.
Esta rivalidad tiene consecuencias internacionales. Taiwán, por su importancia en la fabricación mundial de semiconductores, ocupa una posición estratégica en el equilibrio entre ambas potencias. También adquieren importancia Europa, Japón y Corea del Sur.
A ello se suma un factor fundamental: la energía. La expansión de la inteligencia artificial demanda electricidad, infraestructura y materias primas.
El control de los recursos energéticos y de las tecnologías para producirlos eficientemente también forma parte de la disputa por el liderazgo mundial.
La contradicción es evidente: mientras los accionistas reclaman beneficios, las potencias consideran que perder la carrera tecnológica podría representar un costo geopolítico mucho mayor.
La revolución tecnológica industrial no es solamente una transformación económica; es también una redistribución del poder mundial.
El capital, los semiconductores, la inteligencia artificial y la energía están definiendo las nuevas condiciones de la hegemonía internacional.