Los 2,000 millones de dólares que ponen a Kushner bajo la lupa
Vanity Fair destapa una trama de presuntas cuentas secretas, espionaje internacional y negocios diplomáticos que salpica al yerno de Donald Trump. La investigación plantea una pregunta incómoda: ¿quién dirigía realmente la política estadounidense en Oriente Medio?
Por Luis Rodríguez Salcedo | TeclaLibre
WASHINGTON.— En los pasillos del poder, donde los apretones de manos suelen valer más que los tratados, una investigación de Vanity Fair acaba de colocar una bomba periodística sobre el escritorio de la familia Trump. Y esta vez, la mecha conduce directamente a Jared Kushner, esposo de Ivanka Trump y antiguo asesor presidencial.
El periodista Matthew Cole, en su libro Príncipes y ladrones, sostiene que Kushner habría tenido acceso a cuentas bancarias secretas vinculadas a Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, por aproximadamente 2,000 millones de dólares. Una fortuna capaz de financiar operaciones geopolíticas sin pasar por las ventanillas habituales de Washington.
La historia parece escrita para Hollywood.
Según Cole, agentes de inteligencia neerlandeses lograron acceder al teléfono de Kushner después de detectar una intrusión de espionaje ruso. Lo que presuntamente encontraron no fueron simples conversaciones diplomáticas, sino movimientos financieros relacionados con poderosos gobernantes del Golfo.
Una cuenta en Emiratos habría manejado unos 750 millones de dólares. Otra, vinculada a Israel, aproximadamente 1,000 millones. El autor describe además un tercer mecanismo financiero relacionado con compromisos de defensa entre Israel y Emiratos.
Los príncipes, los millones y Washington
Aquí aparece el verdadero problema político.
Mohamed bin Zayed, gobernante emiratí, y Mohamed bin Salmán, príncipe heredero saudí, figuran en el relato como protagonistas de unos acuerdos que, según el investigador, buscaban influir en decisiones estratégicas estadounidenses.
¿Se trataba de diplomacia paralela, de influencia extranjera o de operaciones legítimas tergiversadas por fuentes anónimas?
La investigación plantea las sospechas, pero todavía no ofrece pruebas públicas suficientes para convertirlas en conclusiones judiciales.
Kushner contraataca: ¡todo es falso!
El yerno presidencial niega categóricamente las acusaciones. Sus abogados denuncian la ausencia de documentos bancarios verificables y han amenazado con acciones legales contra los responsables de la publicación.
Trump también rechazó el reportaje, calificándolo de falso.
La controversia deja una cuestión institucional que trasciende los apellidos: ¿qué controles existen cuando un familiar del presidente participa en negociaciones internacionales de enorme trascendencia?
Si las acusaciones fueran demostradas, las consecuencias podrían alcanzar las normas sobre conflictos de intereses, declaraciones financieras e influencia extranjera.
Pero, mientras las pruebas no sean verificadas independientemente, Kushner sigue siendo objeto de acusaciones periodísticas que rechaza, no de culpabilidad establecida.
Y ahí está la ironía: en Washington, donde se presume que la diplomacia representa los intereses de una nación, Vanity Fair obliga a preguntar si alguna vez se confundieron los asuntos de Estado con los negocios de familia.
Porque una cosa es sentarse a negociar con príncipes. Y otra, muy distinta, es que los millones terminen sentados a la mesa.
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