-Del triunfo al caos: la victoria del PSG desata la furia oculta de las calles francesas-
El triunfo del París Saint-Germain (PSG) en la Liga de Campeones debería haber sido motivo de orgullo y celebración para Francia, especialmente para los fanáticos del fútbol que llevaban años soñando con ese logro. Sin embargo, la realidad fue mucho más cruda y sorprendente: la noche se tornó violenta, caótica y trágica, con disturbios, saqueos, y hasta muertes. ¿Qué está pasando en Francia para que una victoria deportiva se convierta en un catalizador del desorden? Analicemos con suspicacia y asombro.
La primera pregunta que surge es: ¿realmente se trataba de festejos por el PSG o simplemente se aprovechó el contexto para encender la mecha de un descontento social latente? El prefecto de Policía, Laurent Nunez, no duda en culpar a “grupos organizados” que, más que celebrar, salieron a provocar caos deliberadamente. Esto es inquietante: parece que la alegría del deporte ha sido secuestrada por bandas violentas que vieron una oportunidad perfecta para atacar, saquear y desafiar el orden público.
No se puede obviar que Francia, como muchos países europeos, vive momentos de tensión social. Las tensiones raciales, el desempleo juvenil, el costo de la vida, la inmigración mal gestionada y la percepción de abandono de ciertos sectores por parte del Estado han generado un cóctel inflamable. Lo que debía ser una celebración se convierte entonces en una excusa para canalizar frustraciones. El PSG no es culpable de esto, pero su victoria actuó como chispa en un ambiente saturado de gases inflamables sociales.
El hecho de que, en plena capital francesa, se produjeran saqueos y actos vandálicos tras un evento tan previsible como una final de Champions, genera serias dudas sobre la eficacia del dispositivo de seguridad. ¿Fue suficiente? ¿Fue bien diseñado? Las críticas vienen desde la derecha y la izquierda, lo que indica que el malestar no tiene color político: hay una percepción de que el Estado no está sabiendo anticipar ni controlar estos brotes de violencia.
El saldo mortal es especialmente chocante. Que en una noche de festejos dos jóvenes pierdan la vida —uno apuñalado, otro atropellado mientras conducía un patinete eléctrico— es una muestra perturbadora del nivel de descontrol. Ya no hablamos sólo de daños materiales o enfrentamientos con la policía, sino de vidas humanas perdidas en un contexto que debería haber sido de alegría colectiva.
El hecho de que el fútbol —ese deporte que une a multitudes y despierta pasiones positivas— se vea asociado a caos y muerte plantea preguntas incómodas. ¿Qué tan frágil es la cohesión social en Francia? ¿Hasta qué punto ciertos sectores de la población ya no se sienten parte del mismo relato nacional? ¿Ha dejado de existir una narrativa común que una a los franceses incluso en los momentos de victoria?
Con suspicacia y asombro, lo ocurrido parece más síntoma que consecuencia. No es que el PSG haya provocado los disturbios. Es que la victoria del club evidenció una fractura profunda, una especie de “alegría envenenada” que sirvió de tapadera para que se expresaran pulsiones oscuras que están latentes bajo la superficie de la sociedad francesa.
Lo que pasó en París no es solo una anécdota futbolística: es un espejo de las tensiones que se viven en Europa y que, cuando encuentran una grieta, la convierten en abismo.
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