-Rodrigo Paz: ¿continuidad dinástica o renovación política en Bolivia?-
Con una vida marcada por la política incluso antes de nacer, Rodrigo Paz Pereira —hijo del expresidente Jaime Paz Zamora (1989-1993)— ha dado un paso firme hacia el Palacio Quemado tras imponerse en la primera vuelta electoral y asegurarse un duelo en segunda vuelta con otro veterano de la política boliviana, Jorge “Tuto” Quiroga.
Paz nació en 1967 en España, mientras su familia se encontraba en el exilio, reflejo de los vaivenes autoritarios que atravesaba Bolivia. Su infancia y adolescencia se entrelazan con los episodios más turbulentos de la historia reciente del país: a los 12 años, presenció el drama de ver a su padre sobrevivir como único pasajero a un presunto atentado aéreo, episodio que dejó marcada la biografía de los Paz Zamora como símbolo de resistencia política.
Educado en La Paz, luego en Estados Unidos —con estudios en economía, relaciones internacionales y una maestría en gestión política en la American University de Washington—, Rodrigo Paz mezcla una formación académica global con un arraigo local en Tarija, región que lo vio forjarse políticamente.
Su carrera se afianzó en Tarija, el corazón gasífero de Bolivia, conocida como “la billetera del país”. Fue concejal, luego alcalde de la capital departamental y, en los últimos años, senador por la alianza Comunidad Ciudadana, bajo el liderazgo de Carlos Mesa. Ese recorrido explica su insistencia en un tema espinoso y atractivo a la vez: la descentralización.
El discurso de Paz toca la fibra de una vieja disputa boliviana: la concentración del poder económico y político en La Paz versus la demanda de mayor autonomía de los departamentos. Su bandera de campaña se levanta precisamente en esa tensión, prometiendo “más recursos para las regiones y menos burocracia centralista”.
El plan de gobierno de su Partido Demócrata Cristiano, bautizado como Agenda 50/50, es simple en apariencia y explosivo en su propuesta: dividir el presupuesto nacional en dos mitades, 50 % para el nivel central y 50 % para entidades territoriales y universidades públicas.
Según Paz, hoy el Estado concentra alrededor del 85 % de los recursos, asfixiando a regiones y municipios. El proyecto plantea una cirugía mayor al esquema fiscal boliviano, que podría entusiasmar a los votantes de las provincias… y al mismo tiempo generar temores en la élite centralista que históricamente ha controlado la hacienda pública.
El gran interrogante es si Rodrigo Paz representa un verdadero cambio generacional o simplemente una continuidad “con apellido”. La política boliviana no es ajena a los liderazgos familiares y a la nostalgia de antiguos presidentes que buscan prolongarse en sus herederos.
Con un electorado cansado de promesas incumplidas y de giros bruscos entre centralismo y autonomismo, Paz aparece como figura intermedia: joven para los estándares bolivianos de poder, pero con una biografía cargada de historia política heredada.
El duelo con Tuto Quiroga no será solo un choque de programas: será la confrontación entre la vieja guardia que ya ocupó la Presidencia y un heredero que promete una Bolivia “más equilibrada”, pero que deberá convencer de que su apellido no es la única credencial que lo sostiene.
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