CAPÍTULO 4
LA DÉCADA DEL DESMONTE
Cuando CORDE se vació, el CEA se desangró y el Estado dejó de ser empresario… sin darse cuenta
Al llegar los años 80 y 90, la República Dominicana tenía un secreto a voces: el patrimonio estatal que “sobró” del trujillato había entrado en su última fase. No hubo funerales ni discursos solemnes. El Estado empresario no murió con un golpe; murió con susurros, acuerdos discretos y una larga fila de oportunidades privadas vestidas de buenas intenciones públicas.
El país había pasado de la concentración brutal del dictador, al reparto elegante de Balaguer. Ahora entraba en la etapa final: el desmonte, la fase en que lo público dejaba de ser de todos… para convertirse, curiosamente, en de alguien.
Y así empezó este capítulo: sin titulares, sin escándalos, sin marchas.
Solamente con la manera dominicana de hacer historia: dejando que las cosas pasen sin preguntar demasiado.
CORDE inició los años 80 como un paciente que respira, sí, pero conectado a máquinas. Los ingenios producían menos, los números no cuadraban, los almacenes parecían museos, y las oficinas estaban llenas de papeles viejos que ya nadie se atrevía a releer.
Era un elefante apoyado en sus propios colmillos. Cada año, alguna empresa dejaba de producir, otra dejaba de recibir inversión, otra entraba en “mantenimiento”, otra simplemente dejaba de funcionar porque sí. No había un plan de salvación ni un proyecto de futuro. Lo que había era inercia. Y la inercia es la forma más elegante de morir.
Mientras tanto, “administraciones temporales” se convertían en permanentes.
Y muchas de esas administraciones, curiosamente, estaban a cargo de empresas y figuras que, sin mucho ruido, empezaban a comportarse como dueños de facto.
El Estado seguía firmando recibos. Los otros seguían tomando decisiones. Y así, lentamente, lo público se iba privatizando sin decirlo.
Si CORDE fue la agonía lenta, el CEA fue la hemorragia amplia. Las tierras del Consejo Estatal del Azúcar tenían un problema estructural: eran demasiadas, demasiado dispersas, demasiado valiosas… y demasiado fáciles de “reubicar”.
En los años 80, el CEA ya no era un administrador de tierras; era un mapa lleno de tachaduras. Certificados que se emitían sin saber dónde estaba el terreno exacto. Parcelas que aparecían duplicadas. Límites que avanzaban o retrocedían según el ánimo del agrimensor.
Y alrededor de todo esto: empresarios, militares retirados, nuevos ricos y políticos que parecían tener el don de encontrar oportunidades justo donde el Estado tenía un vacío.
El CEA no se vació.
El CEA se evaporó.
Y lo hizo con una suavidad tan dominicana que, cuando el país despertó, miles de tareas habían cambiado de manos sin que nadie recordara cuándo ni bajo qué concepto.
Con la llegada del discurso económico internacional —ese que venía de Washington, del BID, del FMI, de los manuales que explican que el Estado no debe tener empresas— empezó una etapa nueva: la etapa de las privatizaciones con nombre propio.
Pero no nos engañemos:
el país ya se había privatizado por dentro antes de que llegaran los técnicos con corbata fina.
Lo que hicieron las privatizaciones “modernas” fue ponerle recibo a lo que en muchos casos ya funcionaba como privado. Ingenios subastados que ya eran operados informalmente por terceros. Fábricas vendidas cuyo valor real se había diluido por años de abandono. Tierras regularizadas para quienes ya las ocupaban.
Era como vender una casa que ya tenía dueño desde hacía veinte años, sólo que esta vez se hacía con firma, notario y acto público.
De repente, grupos económicos comenzaron a consolidarse. Las viejas familias de siempre se reforzaron… y nuevas familias entraron al club sin pedir permiso. El país veía nacer fortunas cuya genealogía no pasaba por élites tradicionales, sino por la capacidad de leer al Estado en voz baja.
Al final de esta década del desmonte, el Estado dominicano no sabía con certeza qué poseía. No sabía qué había vendido, qué había arrendado, qué había cedido o qué se había desaparecido por el camino.
El inventario del patrimonio estatal era un documento mitológico:
todos hablaban de él, nadie lo había visto.
CORDE era un cascarón con memoria.
El CEA era un mapa que no coincidía con el territorio.
Y lo que alguna vez fue un conglomerado gigantesco, testamento involuntario de una dictadura, se convirtió en un eco administrativo.
El Estado dejó de ser empresario sin decirlo. Y comenzó la etapa del Estado observador: ese que mira cómo los demás producen, negocian, ganan o pierden, mientras él firma decretos, supervisa con papeles en mano… y trata de recordar cómo llegó ahí.
Una conclusión incómoda
El país no perdió su patrimonio en un saqueo. Lo perdió tramo a tramo, década por década, decisión tras decisión. No hubo un villano central. Hubo un sistema, un estilo, una forma de administrar el silencio.
Porque en la República Dominicana, lo que se reparte con elegancia… nunca hace ruido.
Y lo que se desmonta sin escándalo… nunca deja culpables.
El capítulo final del Estado empresario no fue una tragedia.
Fue una ópera silenciosa.
Y todos asistimos sin darnos cuenta.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre- rodriguezsluism9@gmail.com https://teclalibremultimedios.com/category/portada

