Por Carlos Claudio Marquez Hijo /
Entre algunos integrantes de la Fuerza del Pueblo se percibe un ambiente de triunfalismo prematuro, lo que popularmente se describe como “olor a poder” que, lejos de beneficiar, puede resultar perjudicial en el camino hacia las elecciones del 21 de mayo de 2028, cuando el pueblo dominicano decidirá quién dirigirá el destino de la nación.
Es cierto que la Fuerza del Pueblo cuenta con un activo político de gran peso: un expresidente con tres períodos de gobierno que, con luces y sombras, logró captar poco más del 28 % del electorado en las pasadas elecciones.
También es innegable la existencia de liderazgos emergentes con carisma, simpatía y potencial de continuidad; caso Omar Fernández. A esto se suma el desgaste natural del gobierno actual, los escándalos de corrupción y las denuncias de vínculos con el narcotráfico, factores que hoy alimentan el optimismo de muchos fuerzistas.
Sin embargo, confundir ese contexto con una victoria asegurada sería un error estratégico.
El poder no se hereda ni se decreta: se construye.
La recomendación es clara; es momento de seguir afianzando el trabajo político de captación y organización territorial, consolidar la disciplina política, relanzar el contacto permanente con la gente, al tiempo de enarbolar propuestas de gobierno atractivas que envuelvan una narrativa ética que conecte con las verdaderas preocupaciones del pueblo dominicano.
así, el triunfo no será resultado del desgaste ajeno, sino del esfuerzo propio.
La historia política dominicana ha demostrado que el triunfalismo anticipado crea confianza excesiva y la confianza excesiva descuida las tareas pendientes, lo que suele preludiar derrotas.

