-Entre la frontera y la conciencia: el drama humano que no se detiene-
Nuevos operativos del Ejército de la República Dominicana dejaron 45 haitianos indocumentados detenidos en Montecristi y Santiago Rodríguez. Más allá de la cifra, el fenómeno expone una herida abierta: la migración forzada que interpela al Estado dominicano entre la solidaridad humana y la defensa de su integridad nacional.
En Monción, comunidad La Leonor, sector Los Barrancos de Meseta, efectivos de la Cuarta Brigada de Infantería detuvieron a 24 ciudadanos haitianos en condición migratoria irregular (21 hombres, dos mujeres y un menor). Horas después, en las inmediaciones del canal de Hatillo Palma, otros 21 haitianos (20 hombres y una mujer) fueron arrestados durante un control militar. Todos quedaron bajo custodia para los procedimientos legales correspondientes.
El tráfico y cruce irregular de haitianos no es un episodio aislado; es la repetición de una urgencia humana. Cada operativo confirma que, pese a controles reforzados, la presión migratoria persiste. Detrás de los números hay personas empujadas por un colapso estructural: violencia, hambre, desempleo y un Estado fallido al otro lado de la frontera.
Para la República Dominicana, el dilema es permanente y complejo. ¿Cómo conciliar el trato humano y solidario con la obligación de preservar la seguridad, el orden y la legalidad? El país ha sido históricamente receptor —por vecindad y por necesidad económica—, pero esa realidad choca hoy con límites materiales: servicios públicos saturados, mercados laborales informales, tensiones comunitarias y una frontera que exige control efectivo.
La respuesta estatal, centrada en operativos y repatriaciones, cumple la ley, pero no resuelve la causa. Mientras Haití no recupere mínimos de gobernabilidad y oportunidades, el flujo continuará. Y mientras continúe, cada detención volverá a abrir la misma discusión ética: la dignidad del migrante frente a la soberanía del Estado.
Se impone la humanidad sin ingenuidad. Garantizar trato digno (salud, protección de menores, debido proceso) sin abdicar del control fronterizo. También, orden con inteligencia, para perseguir redes de tráfico y corrupción que lucran con la desesperación.
Diplomacia activa, para impulsar soluciones regionales y cooperación internacional para Haití; y política integral, con recolección de datos y regularización selectiva donde proceda, para la aplicación coherente de la ley.
Cada arresto es un recordatorio de que la frontera no es solo una línea, es un espacio donde chocan la necesidad y la norma. La República Dominicana camina sobre una cuerda tensa: ser solidaria sin perderse a sí misma. El reto no es menor y exige algo más que operativos: requiere visión, coordinación regional y una política que mire el drama humano sin renunciar a la integridad nacional.
-Luis Rodríguez Salcedo para TeclaLibre-
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