-Haití sin Estado, la región en vilo: bandas, migración y la intervención que nunca llega-
Mientras Haití se hunde bajo el control de bandas criminales, la presión migratoria se expande por el Caribe y golpea con fuerza a la República Dominicana. La comunidad internacional evita una intervención directa. ¿Cálculo geopolítico, trauma histórico o simple falta de voluntad?
Haití atraviesa uno de los colapsos estatales más severos del hemisferio. Con amplias zonas de su capital bajo dominio criminal, el país se ha convertido en un foco de violencia, miseria y desplazamientos forzados que repercuten en toda la región. La pregunta —tan incómoda como recurrente— resurge: ¿por qué no una incursión internacional que desarticule a las bandas? La respuesta exige mirar más allá del lugar común del petróleo y adentrarse en la historia, la política y los fracasos acumulados.
En Haití, la autoridad pública se ha evaporado. Alianzas de bandas controlan rutas, barrios, puertos informales y hasta servicios básicos. La Policía Nacional carece de recursos; el sistema judicial está paralizado; la vida cotidiana se rige por el miedo.
“No es solo una crisis de seguridad, es un colapso de la capacidad del Estado”, advierte un análisis del Carnegie Endowment. La violencia sexual, los secuestros y el reclutamiento forzado se han convertido en armas de control territorial.
La violencia empuja a miles de haitianos a huir. La primera válvula de escape es la República Dominicana, que ha reforzado su frontera y endurecido políticas migratorias. El efecto dominó alcanza a Bahamas, Turks y Caicos y, finalmente, a Estados Unidos.
Para Santo Domingo, la crisis es doble: humanitaria y de seguridad. El Gobierno dominicano ha pedido una respuesta internacional coordinada, evitando —por razones históricas y políticas— cualquier protagonismo militar directo en territorio haitiano.
¿Por qué no una intervención “como en otros casos”?
La comparación con operaciones recientes en Venezuela alimenta suspicacias. Allí, Washington justificó acciones bajo el paraguas del combate al narcotráfico. Haití, sin grandes reservas de hidrocarburos o minerales estratégicos, parece quedar fuera del radar.
Sin embargo, expertos coinciden en que el problema no es la ausencia de recursos, sino el recuerdo de intervenciones fallidas. “Una intervención militar sin un plan político e institucional es una receta para repetir errores”, señala International Crisis Group. Misiones anteriores, incluida la MINUSTAH, lograron contención temporal, pero no reconstrucción del Estado, y dejaron una profunda desconfianza en la sociedad haitiana.
Además, las bandas no son ejércitos convencionales: operan en zonas densamente pobladas, se mezclan con civiles y se nutren de la pobreza. Un despliegue militar masivo elevaría el riesgo de víctimas civiles y de una ocupación prolongada sin salida clara.
Desde Cuba, el escenario haitiano se observa con inquietud. La isla interpreta la selectividad de las intervenciones como una señal política: donde hay interés estratégico, hay acción; donde no, predominan los comunicados. El precedente venezolano refuerza esa lectura en La Habana y en otros gobiernos del Caribe.
Haití carga con una historia de intervenciones externas, dictaduras apoyadas desde fuera y sanciones económicas que erosionaron su institucionalidad. Cada ocupación prometió orden; ninguna dejó un Estado funcional.
“La comunidad internacional ayudó a administrar la crisis, pero no a resolverla”, resume un exfuncionario de la ONU.
Analistas y organismos coinciden en que no existe solución rápida. Entre las propuestas más citadas están: Misión internacional limitada y con mandato claro, enfocada en proteger infraestructura crítica y apoyar a la policía haitiana, bajo liderazgo multilateral y con control civil.
Reconstrucción institucional: justicia, administración pública y policía, con financiamiento sostenido y supervisión internacional.
Plan social y económico de emergencia para cortar el reclutamiento de jóvenes por las bandas.
Cooperación regional para controlar armas y flujos ilícitos, reduciendo la presión migratoria.
Calendario político creíble, que devuelva legitimidad a las autoridades haitianas.
Haití no es una pieza menor del tablero caribeño: es el termómetro de una región donde la inacción también tiene costo. Mientras las bandas mandan y la gente huye, la comunidad internacional enfrenta una disyuntiva incómoda: repetir fórmulas fracasadas o apostar, por fin, a una reconstrucción real del Estado. El tiempo —y la región— ya no juegan a favor.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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