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PERÚ: LA DEMOCRACIA DEL «PAGUE POR VER»

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-De la banda presidencial al banquillo: el país donde sobrevivir al mandato es un deporte extremo-

Para entender la política peruana no hace falta un doctorado en Ciencias Políticas, sino un diplomado en gestión de crisis de 48 horas y, quizás, un curso intensivo de «Cómo sobrevivir a un lunes en el Palacio de Gobierno».

Desde que Ollanta Humala cerró la puerta de Palacio en 2016 —llevándose consigo el último mandato completo que registra la memoria colectiva—, el sillón presidencial peruano ha dejado de ser un cargo para convertirse en una estación de paso.

Aquí la crónica de una democracia que decidió vivir en el borde del abismo.

En Perú, el presidente no gobierna: resiste. La dinámica es casi de reality show: cada semana el Congreso vota para ver quién es el próximo «eliminado de la casa».

Desde 2016, hemos visto pasar presidentes con la frecuencia de quien cambia de suscripción de streaming. Tuvimos a PPK, que se fue antes de que lo echaran; a Vizcarra, que descubrió que el «apoyo popular» no sirve de nada si no tienes 87 amigos en el Congreso; y a Merino, cuyo mandato duró menos que una suscripción gratuita de Netflix.

Luego vino Castillo, que intentó cerrar el Congreso por televisión nacional y terminó detenido antes de que terminara el mensaje a la nación. Y Dina Boluarte, que aprendió que en política los relojes de lujo no solo dan la hora, sino que también adelantan el final de los gobiernos.

El gran culpable de este drama es una frase de la Constitución de 1993 que es pura poesía ambigua: «Incapacidad Moral Permanente».

Originalmente, los legisladores del siglo XIX pensaron en esto para presidentes que perdieran la razón (literalmente, la locura). Pero el Congreso moderno, con una creatividad digna de un guionista de suspenso, decidió que «incapacidad moral» es cualquier cosa que no les guste: desde un caso de corrupción hasta un mal manejo de las redes sociales.

La receta del caos es simple: Un presidente que llega con el 15% de los votos, un Congreso fragmentado en diez pedazos y un botón rojo llamado «Vacancia» que los legisladores adoran presionar cada vez que bajan las encuestas.

Que Ollanta Humala haya sido el último en terminar su mandato es la ironía suprema. Entró como el «cuco» que iba a transformar el modelo y terminó siendo el último bastión de la estabilidad institucional, quizás porque en su época la palabra «vacancia» todavía se pronunciaba con respeto y no como un saludo cotidiano.

A día de hoy, febrero de 2026, la política peruana sigue siendo ese deporte extremo donde el presidente se despierta, desayuna, y revisa el diario para ver si todavía tiene trabajo.

Con las elecciones de abril a la vuelta de la esquina y tras la estrepitosa caída de José Jerí por el «Chifagate», el Perú se pregunta si el próximo elegido comprará muebles para Palacio o si, por prudencia, mejor alquila un Airbnb cerca de la Plaza de Armas por unos meses.

Al final del día, el Palacio de Gobierno se ha vuelto el departamento de soltero más caro y precario del continente: todos quieren mudarse, pero nadie desempaca las maletas. Con la caída de Jerí por un escándalo que mezcla diplomacia y banquetes, el Perú confirma que su deporte nacional no es el fútbol, sino la vacancia express. La lección es clara: en Lima, el poder no se ejerce, se administra bajo la vigilancia de un Congreso que tiene el gatillo fácil y una Constitución que, de tan elástica, ya parece chicle.

El fantasma de Ollanta Humala recorre los pasillos como el último ejemplar de una especie extinta: el Presidentus Completus. Desde entonces, la política peruana ha operado bajo la lógica de un «pague por ver», donde las alianzas duran lo que un suspiro y las ideologías son apenas etiquetas en una botella vacía. La «Incapacidad Moral» ha pasado de ser un diagnóstico clínico a una herramienta de carpintería para serrucharle el piso a cualquiera que ose sentarse en el sillón de Pizarro sin una mayoría blindada.

Así llegamos a las puertas de abril de 2026, con un electorado que mira las urnas con el mismo escepticismo de quien apuesta en una carrera de caballos donde todos cojean. El reto del próximo inquilino no será transformar el país ni pasar a la historia por sus grandes obras, sino algo mucho más mundano y heroico a la vez: sobrevivir hasta el lunes. Porque en el Perú actual, terminar el mandato ya no es un deber constitucional, es un auténtico milagro de la ingeniería política.

-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-

rodriguezsluism9@gmail.com     https://teclalibremultimedios.com/category/portada

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