A la fecha, 16 de marzo de 2026, la tensión en el Golfo Pérsico ha alcanzado un punto de ruptura. El presidente Donald Trump se encuentra en una posición de creciente aislamiento internacional mientras intenta forzar la reapertura del estrecho de Ormuz, una arteria vital que Irán ha bloqueado parcialmente en represalia por la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel iniciada en febrero. A continuación, una crónica de la situación actual y la postura de los principales actores globales ante el llamado de Washington.
Redaccion de TeclaLIbre
El Pulso por Ormuz: Trump contra el «Unilateralismo»
Tras tres semanas de bombardeos sistemáticos, Trump ha proclamado haber destruido «el 100% de la capacidad militar» iraní. Sin embargo, la realidad en el agua contradice el optimismo de la Casa Blanca. El cierre de facto del estrecho ha disparado los precios de la energía y ha dejado a la economía global al borde de una crisis similar a la de los años 70.
En un tono que mezcla la exigencia con la amenaza, Trump ha instado a las naciones que dependen del petróleo del Golfo a enviar sus propios buques de guerra:
«Es apropiado que quienes se benefician del estrecho ayuden a asegurar que nada malo pase allí. Si no hay respuesta, será muy malo para el futuro de la OTAN», advirtió el mandatario.
La respuesta de las potencias ha sido un «No» Multilateral.
A pesar de la presión, la coalición internacional que Trump y su Secretario del Tesoro, Scott Bessent, intentan armar se desmorona antes de zarpar.
La jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, y líderes como Keir Starmer (Reino Unido) y Friedrich Merz (Alemania) han sido tajantes: no enviarán buques. Europa se niega a ser arrastrada a lo que consideran una «guerra de elección» estadounidense. Francia ha dejado claro que su portaaviones Charles de Gaulle permanecerá en el Mediterráneo, limitándose a una postura defensiva.
Si bien Trump ha sugerido retrasar su cumbre con Xi Jinping hasta que Beijing colabore, China ha optado por la vía diplomática directa con Teherán. Actualmente, los buques chinos son de los pocos que cuentan con «paso seguro» garantizado por Irán, lo que reduce su incentivo para unirse a una misión militar liderada por EE. UU.
Aunque es altamente dependiente del petróleo de la zona, Tokio ha calificado el umbral para una intervención militar como «muy alto». Su Constitución limita cualquier acción a tareas de vigilancia, evitando cualquier combate directo.
Moscú ha tomado una postura de apoyo logístico y estratégico a Irán, activando rutas alternativas vía Azerbaiyán y proporcionando ayuda humanitaria y técnica. Para el Kremlin, el conflicto es una prueba del «fracaso del unilateralismo» de Washington.
La alianza entre Donald Trump y Benjamin Netanyahu ha redefinido el conflicto en Oriente Medio. Lo que comenzó como una serie de ataques de precisión contra instalaciones nucleares y militares (incluyendo el estratégico centro de exportación de la Isla de Jarg), se ha convertido en una guerra de desgaste regional.
EE. UU. e Israel Buscan un «cambio de régimen» o la capitulación total de Teherán mediante la presión máxima.
Irán Utiliza el estrecho de Ormuz como su principal palanca, cerrándolo a los «agresores» mientras permite el paso a naciones amigas (India, China).
Hezbolá Ha intensificado los ataques desde el Líbano, obligando a Israel a iniciar operaciones terrestres limitadas en el sur de ese país.
Trump se enfrenta a un dilema: escoltar petroleros unilateralmente (una operación para la que el Pentágono ha admitido no estar totalmente listo) o aceptar que sus aliados no lo seguirán en esta escalada. Mientras Netanyahu presiona para profundizar la ofensiva sobre Teherán, el resto del mundo parece más interesado en una desescalada diplomática que evite un colapso energético total.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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